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FUTUROSCOPIO (II)
Proyecciones

Hay cosas que al universo no le gustan: los juegos de dados, las acusaciones de conspirar para que alguien consiga lo que quiere, y, sobre todo, las paradojas. Detesta las paradojas, no las puede ni ver. Para impedirlas, dedica ingentes recursos a la creación de nuevos universos que las resuelvan.

Es sabido que estos procesos de cosmogénesis implican una cantidad ingente de energía. En teoría, es posible interferir con la creación de nuevos universos y canalizar este caudal energético causado por la paradoja para hacer cosas más útiles. En el presente trabajo se proponen y analizan varias alternativas para lograr este objetivo.

Hemos transcrito el abstract del paper “Taller de creación de universos: teoría y práctica de la malversación de energía cosmogénica”. Este documento, firmado por el profesor Julius Franbert y publicado en el número de octubre de 2046 de Health & Fitness, puede considerarse el acta fundacional de la Edad de Oro del ser humano. Edad de Oro que, como sabemos, fue tristementre breve: a menos de veinte años de su comienzo, fue truncada por la destrucción total y absoluta del universo.

Pero empecemos por el principio. De las varias opciones propuestas por Franbert en su trabajo, en 2051 se puso en marcha la alternativa 3: llevar científicos e ingenieros a Marte para construir un reactor a escala planetaria. Este reactor generaría incontables terajoules quemando el combustible inacabable de las paradojas de la condición humana.

El proyecto, contra todo pronóstico, fue un éxito. La humanidad, con sus problemas energéticos resueltos y sus contradicciones y miserias orientadas a un fin más provechoso que la aniquilación del prójimo, vivió una era de esplendor como no se había conocido. Declaró un observador de la época: “tenemos fotones para tirar para arriba”. Y eso precisamente hacían: los nuevos modelos de lámpara de calle iluminaban más la órbita que la calzada. La Tierra refulgía como una joya en medio de la noche cósmica: un hipotético Alvan Clark de Sirio habría creído descubrir a Sol B.

Pero no duraría. Y el principal artífice de la escatología de esa Era Dorada fue Franz Claude Ibn Tsien Rosticello, conocido por sus amigos como “el Guaraní”. Rosticello, quien era un encargado del mantenimiento del generador paradojal, escondía un terrible secreto. En aquellos tiempos, esconder un terrible secreto era en sí mismo un secreto terrible que ameritaba ser ocultado; y curiosamente, era precisamente ése su único secreto. Rosticello había reflexionado con largueza sobre la naturaleza paradójica de su situación, lo cual no hacía más que empeorarla: el propio hecho de ser fuente de paradojas era considerado también vergonzante.

Las líneas anteriores no hacen sino comenzar a describir el escenario: si tenía un secreto paradójico, y esto era algo que debía guardarse en secreto, entonces tenía dos secretos. Luego, el primer secreto dejaba de ser el único, que era lo que le confería su naturaleza paradójica. Pero de esta manera quedaba eliminado el segundo secreto, de manera que el primero volvía a ser el único. Esto, obviamente, reinstalaba al segundo secreto, y así en un rizo loco loco. Todo esto, como no podía ser de otra manera, propiciaba una paradoja de segundo orden, que a su vez propiciaba otra de tercero, y así ad infinitum. Claramente, el pobre Rosticello era una víctima de la sociedad en que vivía.

Todo esto no habría significado gran cosa de no haber estallado en aquellos años un interés generalizado por la ciencia ficción de principios de siglo. Así fue cómo llegó a manos del atribulado Rosticello el número 155 de Axxón con su sección Futuroscopio (II), que refería su vida (y revelaba su vergüenza) con décadas de antelación a su propio nacimiento.

Imagínese el lector, si le quedan ganas, la paradoja colosal que esto generó. Fue más que suficiente para saturar el reactor y provocar la destrucción del universo. Rosticello pensó en su desesperación que ésa sería una buena manera de acabar con su vergüenza, ahora de público conocimiento merced a la difusión del ya mencionado Futuroscopio (II). Aunque hay que decir que la idea no se le ocurrió espontáneamente, sino que le fue sugerida por este mismo párrafo.

Nunca leyó estas últimas líneas. Lo cual no tiene mayor relevancia, puesto que no están dirigidas a él sino a los lectores anteriores a su existencia, y tienen como objetivo decir en nuestro descargo que, al publicar esto, AnaCrónicas no hace otra cosa que cumplir con su labor informativa.

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