FICCION BREVE (veinticinco)

Varios

Buscamos un factor común, un modo de enhebrar este grupo de ficciones y descubrimos que lo único que las vincula es que cada una de ellas tiene tanta identidad propia que no hay modo de conectarlas. En fin, nos dijimos, que haya para todos los gustos y disgustos. Ciencia ficción de la clásica y de la heterodoxa, una pizca de terror urbano, una pincelada de fantasía rural, un relato apocalíptico, algo de morbosidad conceptual, un experimento literario y otro, pero de corte diametralmente opuesto. Humor y rabia. Dramatismo. Sensiblería y nostalgia. O sea, de todo, repetimos, como en almacén de pueblo. Que disfruten.

Pasen y lean.

DE PIE PARA EL HIMNO

Juan Pablo Noroña - Cuba


—... después de este mensaje de nuestros patrocinadores los Astilleros Espaciales Semtura, continuamos narrando para usted este emocionante partido, que ya llega a la octava entrada.

—En efecto, Tony, y qué partidazo. Los Demoledores de Aldebarán se aferran a la posibilidad de un empate, y lo están dando todo sobre la elíptica. No han sido fáciles para los Agujeros Blancos de Tau Ceti, favoritos indiscutibles en esta subserie.

—Esa condición de favoritos está en veremos, Héctor. Los de Aldebarán han tirado al espacio profundo uno coma cuatro toneladas de asteroide y han paseado siete coma dos por la órbita, para una puntuación combinada de doce coma ocho; ¡sólo un punto decimal por debajo de los de Tau Ceti!

—Es cierto, pero si los Blancos logran sacar del campo de Barnard este ferroso que acaban de someter a pesaje, no habrá nada que los Demoledores puedan hacer. Y por un punto decimal se pierde.

—Veremos si la Ballena sopla tan duro que la Estrella Seguidora no puede seguir al chorro, Héctor.

—Ya pesan el asteroide ferroso... es una decisión arriesgada la del manager de Tau Ceti.

—Está obligado a hacerlo. Si no consigue terminar el partido en esta entrada, puede perder el repechaje con Lalande, que este ciclo viene derrochando gravedad.

—Aprovechemos el momento para escuchar al público. Navarro está en las órbitas exteriores, comunicándose con las naves de quienes quieren ver este partido de cerca y no tienen miedo de recibir un asteroidazo.

—... eso que dices es una posibilidad que no asusta a nuestros entrevistados, Héctor y Tony. Precisamente tengo en línea a dos espectadores que trajeron sus propias naves de captura y han apostado a quién atrapa un asteroide escapado del juego. Los comunico..

—¿Qué hacen los Agujeros Blancos? ¡Botamos las cosas para afuera, bien lejos! Y eso es lo que vamos a hacer...

Ese fue un fan de Tau Ceti, Navarro. ¿Qué dicen los de Aldebarán?

Los comunico, Tony...

—¡Lo que tiren las ballenas gordas lo vamos a capturar y lo vamos a demoler!

¡Ja, Ja! Sólo pueden hacer una de ambas cosas, amigo, capturarlo o destruirlo.

—Cierto, Tony. Ahí tenemos el resultado del pesaje... media tonelada redonda.

—Dos puntos enteros... si lo llevan más allá de los Troyanos, Héctor.

—Pues eso es muy posible, damas y caballeros. De acorde con la rotación, allí vemos la nave de Zotar "Dos Piñazos" Martínez, que se sitúa junto al Segundo Troyano.

—Viene que come materia oscura este ciclo, "Dos Piñazos".

—Pero Qutra Santana no se lo va a tirar de hielito, Tony. Es un maestro con los ferrosos.

—No esperan mucho... ya se percibe a Qutra cargando los efectores... es mucha gravedad la que está tirando.

—Lo sentimos, Tony. Como decía ayer en el partido de Luyten contra Ge-Hache-tres-ochenta, la siento cómo me lleva la corbata... ¡Ahí va!

—¡Qué tirón, damas y caballeros! Martínez afinca... ¡qué rechazo, amigos! ¡Dos veces la velocidad de escape!

—Es un piñazo, Tony.

—Pero Barnard y su Planeta Prima lo pueden retener aún, con ayuda de los Demoledores... el ferroso va volando al Cuarto Troyano, donde esperan Potamis y Vīlez...

—Vīlez puede darle un toque o un láser... yo no le aconsejaría lo segundo, sino Tau Ceti tendría derecho a otro asteroide.

—Creo que va a intentar retenerlo. Una jugada desesperada, en mi opinión.

—Me parece lo mismo, Tony. Ese asteroide tiene un momento cinético imparable. No en balde Herminio, el manager de los Agujeros Blancos, pidió un ferroso.

—Tenemos la interacción... en efecto, no pudo retenerlo. Pero lo ha demorado bastante. Vīlez es un jugador muy valioso para Aldebarán.

—Tal cual Potamis para los Blancos... el ferroso sigue en marcha hacia el Tercer Troyano. Esto va a tomar tiempo, señores... y les va a costar los nervios a muchos.

—¡Llanes de los Demoledores en el Tercero va a intentar una jugada arriesgada! ¡Se adelanta en busca del asteroide! ¡Llanes no quiere alargar la tensión, Llanes quiere matarnos del corazón ya pero ya!

—¡Efectivamente! ¡No tienen nada que perder los de Aldebarán!

—Téllez de los Ceti no se mueve... una jugada clásica, conservadora... ¡Qué digo, sí se mueve! ¡Se pone en posición para sacarla del sistema por la izquierda del Tercer Troyano!

—Hay coraje en este juego, damas y caballeros. Si a Téllez se le va por la derecha del Troyano, pierden la jugada.

—Ahí viene la interacción...

En las órbitas es una locura, Héctor y Tony... los aficionados están radiando cómputos de trayectoria a cada uno de los jugadores.

¿Quién rayos metió a Navarro en línea?

Tony...

—¡Falló! ¡Puta luna que lo parió, acaba de fallar la interacción!

—¡Es un ferroso imparable, amigos! ¡Téllez se detuvo, se pone cómodo! ¡No es bueno para la salud este juego!

—¡Llanes dispara su láser! ¡Falla! ¡Dispara! ¡Falla! ¡Dispara! ¡Falló!

—¡Falló! ¡Falló! Télles carga el efector... ¡Qué fuerza, señores, me lleva de la cabina! ¡Lo dirige! ¡Es un maestro, un bárbaro! Coge la izquierda del Troyano... la coge... va para allá... se mide, está en el rango...

Héctor y Tony, qué momento más...

¿Pero quién carajo mete a Navarro en línea?

—¡Lo coge y lo suelta! ¡Lo coge por la izquierda y por la izquierda lo suelta! ¡Un ferroso de media, a la zurda por el Tercero! ¿Tony?

— ...

—¿Tony?


Juan Pablo Noroña. Sus cuentos en Axxón: "Hielo" (136), "Invitación" (140), "Obra maestra" (142), "Todos los boutros versus todos los hedren" (144), "Brecha en el mercado" (147), "Proyecto chancha bonita" (148), "Quimera" (149), "Náufragos" (152), "Hogueras" (153), "Pareja" (155), "Shift" (157), "Cepas" (159), "Los soñadores de Kaliria" (159), "El sexo de los ángeles" (160).



EN EL AIRE

Rogelio Ramos Signes - Argentina


El perro de Albino Ambasz levitaba. No como la mujer desnuda de Gatti, ni como el equilibrista en el diario del tiempo de Gerardo Campos. Eso sucedería en terrenos de la imaginación y tiempo después: la mujer desnuda en un cuadro, y el equilibrista en la literatura.

El perro de Albino Ambasz levitaba de verdad, a un metro del suelo, al calor de la siesta en un claro de los cañaverales. Descansaba (o no) sin ínfulas, el animalito. Y no comía. Cuando flotaba, desesperantemente quieto en el aire, el perro no comía. Es posible que estuviese en contacto con alguna entidad divina y, en situaciones así, los alimentos ofenden. De vez en cuando gemía levemente, en tonos quedos, como en un cuadro de Munch visto a través de un vidrio empañado.

La primera vez que lo hizo fue debajo de unos álamos silbadores, en 1947; el arquitecto Sacriste había visitado Río Seco y el perrito se debutó en el aire. La segunda vez fue junto a un duraznero en medio del patio, en 1948; el arquitecto Vivanco había visitado Río Seco y el perro flotó nuevamente. Pero no apareció en el diario La Gaceta, ni LV7 lo incluyó en las noticias de las 20. Por ello es que la gente del lugar pensó que aquello era una injusticia, una jugarreta de la ciudad capital en desmedro de los valores locales, y pagó al perrito de Albino Ambasz un pasaje de ómnibus en la Gutiérrez, y hasta fue a despedirlo desde Monteros una nutrida comitiva, como suele decirse.

De allí en más, sin algo que lo contuviera, sin una palabra que lo orientara, sin una caricia que lo llevara por los caminos de la cordura, el perro levitó peligrosamente a metros de la campana histórica de la iglesia de La Merced, y sobre el tobogán de aguas del dique Escaba, y bajo la viga mayor de la Sala de la Independencia, y en la Facultad de Medicina (donde escapó milagrosamente de un bisturí arrojado al aire), y en la Escuela de Luthería (donde, por milagro también, esquivó una cuerda de violonchelo que dijo basta después de un Fa casi imposible).

Y así, al cabo de los años, convencido de que la vida en la ciudad era una aventura riesgosa para un viejo perro levitante, solo, sin nadie que lo asesorara, y por su propia cuenta, volvió pasito a paso al pago chico, al aire quieto que lo esperaba en un claro de los cañaverales, a gemir bajito (como en un cuadro de Munch visto a través de un vidrio empañado).

Fue en el 55, "año de levantamientos" según recuerdan los memoriosos. Allá lejos, en la ciudad de Tucumán (en la peligrosa ciudad de Tucumán) los camiones repletos de soldados atravesaban el parque, el diario La Gaceta reproducía los comunicados de la Marina, y LV7 daba nombres y más nombres de posibles funcionarios militares. Mientras en Río Seco, los aviones volaban a ras de los álamos silbadores buscando vaya a saber qué, y el perro levitante de Albino Ambasz, inmutable, dormía la siesta a un metro del suelo.


Rogelio Ramos Signes nació en San Juan, en 1950, vivió parte de su vida en Rosario, Santa Fe, y se radicó en Tucumán hace muchos años, donde desarrolló buena parte de su obra poética y narrativa. En 1983 Minotauro publicó su libro Las Escamas del Señor Crisolaras. Ganó el Premio Más Allá a la mejor novela de 1986 con En los límites del aire y en 2005 se presentó su novela En busca de los vestuarios. En Axxón publicamos: "A cada cual su propio infierno" (42), "Algunos datos para ubicar a Walter Martillo" (150) y "Digamos Ele Ge. Digamos Ere Ele" (160).



CONEJO

Alberto Chimal - México


No tengo nada contra ellos como personas, es decir, si se puede hablar así de los conejos. Pero son muchos. Muchísimos. Y dañinos. No hay que investigar demasiado para darse cuenta de esto. Quiero decir, si se les deja libres en cualquier sitio, y quiero recalcarlo en CUALQUIERA..., se reproducen como..., como conejos. Por eso decimos así y no como cucarachas o como otro animal.

Y se vuelven miles, y millones, y acaban comiéndose la comida de todas las otras especies, y matándolas de hambre, y destruyendo todo. Es terrible. No respetan nada. Nada les importa. Y ni siquiera tienen que ser muchos.

Australia, por ejemplo, se arruinó por dos conejos que alguien dejó allá. DOS CONEJOS. Luego ya no había espacio para nadie, ya no había plantas, ya no había nada... Y todo estaba lleno de excremento y porquerías... Está en los libros. No es ningún secreto.

Y yo, por lo menos, no me puedo quedar cruzado de brazos. Todo mundo dice que las personas comunes no podemos hacer nada por tratar de cambiar al mundo, pero no es cierto. Sí podemos. No somos del todo impotentes. No podemos hacer mucho, por eso la gente se desanima, pero si todos hacemos nuestra parte..., si ponemos nuestro granito

de arena, como se dice...

Yo, por ejemplo, me dedico a matar conejos. De uno en uno, porque no tengo muchos recursos y no puedo hacer como yo quisiera, es decir, envenenarlos por millones con algún gas o algo por el estilo, pero hago lo que puedo. Y además no lo hago rápido: tengo que ser lento porque si se mueren y ya, no tiene sentido. En cambio, si sufren queda el escarmiento: los conejos que sobreviven se horrorizan y

aprenden a temernos. Esto es algo muy importante aunque sea algo feo. Yo no niego que lo sea. A mi no me gusta. Pero debe hacerse. Es lo que pienso siempre cuando ya tengo al conejo listo, es decir, atado a la cama del cuarto especial con todas las puertas y ventanas cerradas y la música a todo volumen.

Por eso, primero que nada, le hago saber que va a ser ejecutado y le explico por qué. Para que no crea que voy sólo a jugar o que tengo motivos personales.

Luego empiezo. El proceso es muy largo, muy tedioso, y francamente muy desagradable. Pero hay que hacerlo. Y creo que no lo hago mal. Por ejemplo, puedo sacar un hueso sin hacer más que un corte o dos, y sin destrozar los músculos. Y puedo desprender grandes pedazos de piel sin que se rompan...

En fin. Al final tengo lo siguiente: por un lado el tórax, por otro lado todo lo que está dentro del tórax, por otro más todo lo que está conectado con el tórax; entonces corto todas las articulaciones, pongo aparte cada trozo, y me ocupo de la cabeza: arranco todos los dientes, saco los ojos y la nariz, y la rasuro toda, hasta las cejas y las pestañas. Y tomo las fotos. Generalmente uso rollos de 36 exposiciones. Cuando termino tiro los restos al tanque del ácido y me voy al cuarto oscuro. Cuando termino en el cuarto oscuro, el tanque ya está listo para vaciarse, y lo vacío.

Entonces me baño, me visto y voy a alguna oficina de correos para enviar algunas de las fotos, las mejores, a la casa del conejo, para sus parientes. Es la parte que más me gusta, porque los imagino cuando les llega el envío, y porque luego hay que empezar otra vez: buscar otro conejo, seguirlo, averiguar su dirección, vigilarlo hasta conocer sus hábitos. Eso es todavía más largo y tedioso y todo.


Alberto Chimal (Toluca, México, 1970) es narrador y ensayista. Ha publicado El rey bajo el árbol florido (1996), El secreto de Gorco (1997), Gente del mundo (1998), El ejército de la luna (1998), El país de los hablistas (2001), La camara de las maravillas (2004) y Éstos son los días (2004) que mereció el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2002. En Axxón han aparecido sus relatos "Las niñas" (56), "Álbum" (152) y "La vista fija" (160).



SUPERHÉROE

Diego Golombek - Argentina


La verdad es que el trabajo de superhéroe intergaláctico ya me tiene podrido. Los años no vienen solos: uno se vuelve viejo y quiere parar un poco. Y además las satisfacciones ya no son las de antes. Ahora como mucho me llaman para hacer tonterías, saben que no soy el mismo. O peor, me llaman para hacer programas de televisión, documentales en los que anuncian que "...aquí tenemos el comentario exclusivo del superhéroe más querido en ésta y otras galaxias, auspiciado por su marca favorita de bebés..." Y a mí ya me está dando vergüenza, uno tiene su orgullo también. Encima, para lo que pagan...

Sí, es cierto que tendría que dejarlo todo y tener una familia, si no cómo le voy a contar a los nietos todas mis hazañas. Porque para eso es que guardo todas estas fotos y recortes de diarios. Tengo que conseguir una buena chica que me cuide. Eso mismo. Pero nada como cuando las mujeres me perseguían por todos lados, aunque sea para tocarme o mirarme de cerca, las más tímidas. Qué épocas aquéllas, eh.

Pero, ¿saben lo que pasa?, me da miedo retirarme. La nueva generación superheroica es un desastre. Sí. Un de-sas-tre. Pasan más tiempo en la peluquería, o en el gimnasio, que haciendo actos heroicos. Y vieran como se visten. Claro, si los tienen de acá para allá, que la recepción en la embajada, que la inauguración de una nueva cosmopista. Hasta hay superheroínas, pero por favor. Nenes de pecho, eso es lo que son.

Otro problema es que se van acabando las causas justas por las cuales todos queríamos ser superhéroes cuando éramos chicos. Justamente, el otro día me encontré con Darth Vader en el mercado. Ése sí que era malísimo. Pero eso fue hace tanto tiempo... Así que agarré y lo invité a casa a tomar unos mates. "Nosotros sí que nos dábamos de lo lindo, eh don Darth. No como estos maricones de ahora". Él, entre los pocos dientes que le quedan en su máscara negra dijo algo así como "HMMPFF PRRRTTT". Yo por las dudas dije que sí. La verdad es que nunca le entendí una palabra. Después se fue; creo que tenía que volver al asilo antes de las siete.

Es triste ser un superhéroe veterano. Ya no me paran por la calle para sacarse una foto conmigo. Y cuando a veces me piden que yo les saque una foto a ellos recalcan: "pero que se vea aquel edificio, y el río, eh". Para colmo, "gracias, abuelito". Si supieran todo lo que me deben. Ah, pero cuando salgan mis memorias ya se van a enterar, desagradecidos.

Bueno, sí, ya me voy a hacer la siesta. Sí, ya me tomé la leche tibia. Mocoso, se cree que se las sabe todas. Ya van a ver. Cualquier día de estos. Ya van a ver. A un superhéroe no se lo trata así. Ya van a ver.


Cuando publicamos "Clase de historia" en Axxón N° 159 dijimos que Diego Golombek es Doctor en Ciencias Biológicas (UBA), Profesor Titular de la Universidad Nacional de Quilmes, Investigador Independiente del CONICET. Postdoctorado en la Universidad de Toronto (Canadá) y Smith College (EE.UU.) Profesor invitado de universidades americanas y europeas. Becario Guggenheim (2000). También es autor de más de setenta trabajos científicos, así como libros de ciencia y de divulgación científica (entre otras actividades de difusión de la ciencia). En 2003 obtuvo el Premio Nacional "Bernardo Houssay" de la Secretaria de Ciencia y Tecnología de la Nación. Actualmente dirige la colección de libros "Ciencia que Ladra" para la Editorial Siglo XXI. Bueno, lo repetimos para los distraídos.



LA ISLA

Eduardo Abel Gimenez - Argentina


Desde el momento en que abre la puerta, el hombre no me deja hablar.

—Me alegra que haya venido —dice—. Venga por aquí.

Señala a un lado de la casa, un sendero de lajas que avanza entre la pared y el ligustro, y empieza a caminar. Aparenta unos treinta años. Está quemado por el sol, doblado por los vientos, envejecido por la ropa. Arriba, el cielo acumula capa tras capa de nubes, en preparación de algo que nadie, y mucho menos los meteorólogos, puede predecir.

—No esperaba que llegara tan pronto —sigue diciendo el hombre—. Llamé ayer, y me dijeron que tardarían más de una semana.

Quiero protestar: partí hace dos días, no sé de ninguna llamada. Pero el hombre, al que ahora sigo por el sendero de lajas, está decidido a seguir hablando.

—Pasé aquí toda mi vida, pero recién a los diez años empecé a hacer marcas. Acá está el patio, vea.

De pronto, el viento marino nos golpea. Todo cambia, especialmente el ruido y los olores. Me levanto el cuello del saco, aunque no haga frío. Acabamos de llegar a una superficie cuadrada cubierta de baldosas rojas, y ahí nos detenemos. No es grande: tal vez tenga tres metros de lado. Las baldosas son viejas, desparejas, y están sucias.

Unos pasos más allá está el acantilado, la caída, y finalmente el mar. Desde donde estamos no se ve dónde rompen las olas, sólo se las oye, como seres mitológicos que trataran de alcanzarnos con sus garras. El viento nos empuja hacia atrás.

—Es ésa —señala el hombre, ahora casi a los gritos. Apunta con una mano al horizonte.

—¿Esa qué? —pregunto.

—La isla, ¿qué va a ser? La isla que se mueve.

Miro en la dirección que acaba de señalar, y encuentro a lo lejos algo que parece un barco distante, un dragón marino, la sombra de una nube de las muchas que se acercan. Sí, tiene que ser una isla, una roca en medio del agua, un nido de gaviotas. Pero no he venido a ver ninguna isla. Me ajusto la corbata, estiro el labio inferior hacia adelante, carraspeo, pienso en cómo llegar al tema que me trae por aquí. El hombre no me da tiempo.

—Aquí están las marcas —dice, mientras se pone de cuclillas junto al borde exterior del patio. Me acerco, y veo en la última línea de baldosas una serie de rayas imprecisas, grabadas con un objeto punzante, más o menos perpendiculares al borde del patio, que apuntan en dirección al agua—. Como le dije, empecé de chico. ¿Ve?, aquí —el hombre toca la primera raya de la izquierda—. Y seguí marcando la posición de la isla cada vez que cumplí años.

La mano del hombre avanza línea por línea, hacia la derecha. Algunas marcas son gruesas, otras largas, algunas más profundas, otras superficiales. Entre una raya y la siguiente hay dos o tres centímetros, a veces cinco, en un caso más de diez. Abarcan algo más de cinco baldosas. No llego a contarlas, pero un cálculo rápido me permite estimar que son unas cuarenta. El hombre es mayor de lo que creí.

Tengo otras cosas de qué hablar. Son importantes. He recorrido una distancia considerable, me he ensuciado los zapatos con barro, he preguntado en varias aldeas antes de encontrar la casa. Arreglo otra vez el cuello del saco, busco una lapicera en el bolsillo interior, miro a los lados, busco palabras, y sin embargo las palabras no aparecen.

—¿Qué son? —pregunto, señalando las rayas con la lapicera.

El hombre levanta la cabeza y me mira como si hubiera dicho una estupidez inmensa. Decepcionado, hace un gesto con ambas manos hacia afuera, hacia las olas.

—¿Qué van a ser? —exclama—. Son las marcas.

Me mira otra vez. Muevo la cabeza con rapidez de lado a lado, los labios arrugados, para indicar que no entiendo. El hombre aspira hondo y suelta el aire por la boca, en competencia con el viento que viene del mar. Cuando habla otra vez lo hace lentamente, a la manera de quien se dirige a un niño pequeño.

—Las marcas que hice para indicar por dónde iba la isla cada año —explica—. La isla que se mueve —alarga el índice de la mano derecha hacia la mancha que espera en mitad del océano—. Ésa, ¿ve?

Me acerco al hombre y me inclino hasta apoyar las manos en las rodillas. El viento me echa el pelo sobre la frente. Miro una de las rayas y luego levanto la vista lentamente, con los ojos entrecerrados, hasta llegar a ese fantasma de la tierra que se parece a una nube.

—Cuando yo tenía diez años —dice el hombre—, la isla llegaba hasta acá —y señala otra vez la primera marca—. Con el tiempo se fue moviendo. El día de mi último cumpleaños llegó hasta ahí —y se inclina hacia mí, estirando el brazo derecho para señalar la última marca. Ahora ya está un poco más a la derecha. Apenas, claro. La diferencia casi no se ve.

Me pongo de cuclillas y busco mirar desde el mismo ángulo que el hombre, de una marca a la isla, de la isla a otra marca. Por delante de nosotros pasa al vuelo una gaviota: yo quisiera conservar el momento fugaz, inatrapable, en que oculta la isla por completo.

—¿No trajo cámara de fotos? —pregunta el hombre. No me da tiempo de responder—. Bueno, no importa. —Señala la lapicera que todavía tengo en la mano y agrega: —La cuestión es que escriba todo como es.

El hombre se incorpora, y yo también. Me aliso los pantalones, que el viento vuelve a arrugar. Me acomodo el pelo, que el viento vuelve a despeinar. Detrás de nosotros, la casa está en silencio. Las nubes se siguen apilando en lo alto. Hay menos luz que a mi llegada.

—El patio no va a durar para siempre, ¿se da cuenta? —dice el hombre tras una larga pausa—. ¿Cuántas baldosas quedan? Seis. Seis y dos tercios. ¿Cuánto tardará la isla en recorrer esa distancia? La cuestión es que un día el patio se va a terminar, y después ya no se sabe.

Nos miramos. Tengo la impresión de que ahora sí es mi turno, de que ahora debo decir algo. Pero no tengo la menor idea de qué.


Eduardo Abel Gimenez, 1954, argentino. Sus cuentos en Axxón: "El bagrub" (154), "Pronóstico" (155), "El viaje de K" (156), "La máquina" —con Luisa Axpe— (157), "Escaleras" (160), "Quiramir" (160).



SIN INVITACIÓN

Erath Juárez Hernández - México


Como todos los años, familia, amigos y vecinos festejábamos el cumpleaños de mi padre. Siempre lo hacíamos a lo grande. Pedíamos permiso para cerrar la calle y la fiesta se hacía en el frente de mi casa. Todos cooperaban con la elaboración de la comida y con la decoración del lugar. Sólo los vecinos con sus familiares e invitados asistían a la cena que después se convertía en baile. No parábamos hasta el amanecer.

Desde un mes antes nos poníamos de acuerdo o se sorteaba quién se encargaría de cada cosa. Se juntaba el dinero de todos y se hacían las compras pertinentes. En esa ocasión me tocó encargarme de las bebidas, en pocas palabras, sería el cantinero por esa noche. No podía ser mejor: pasarme toda la fiesta repartiendo y tomando todo tipo de bebidas. Siempre he sido un tipo con suerte.

La noche de la fiesta fue mucho más fría que otras. Cosa rara, pues faltaban unos pocos días para la primavera. Casi todos bebieron más de lo normal, quizá para entrar en calor. Lo cierto es que estábamos todos tan ebrios que muchos se quedaron dormidos en sus sillas. Por eso nadie notó al misterioso visitante que se había sentado ante la mesa que se encontraba al final de la calle.

Mi padre, quien odiaba que hubiera quienes se aprovecharan de la ocasión para acudir a su fiesta a comer y beber gratis, fue el primero en darse cuenta de la presencia del extraño. Tomó la mejor botella de tequila y se acercó a él. Conforme se aproximaba a la mesa se dio cuenta de que el intruso no había tocado el plato de mole, ni los chiles rellenos, y mucho menos el dulce de calabaza.

—¿Qué, no le gustó la comida? ¿Quiere que le traigan caviar y champagne al patrón? ¿Le gusta llegar a fiestas sin invitación y además de eso despreciar lo que hay en la mesa? Porque yo no lo conozco y no creo que nadie lo haya invitado.

Tenía razón, aquel hombre tenía todo el aspecto de ser un vagabundo. Sus manos y ropa estaban llenos de tierra. Vestía un raído traje negro con manchas de moho, como los que usan los monjes. Ocultaba su rostro con una capucha.

El extraño ni siquiera se volteó a verlo. Siguió con la vista baja, como si se encontrara solo en medio de la nada. Quien quiera que hubiera invitado o dejado entrar a la fiesta a aquel miserable, le iba a ir peor que al pobre sujeto.

—Ten, tómate un tequila y te me largas —le dijo mi padre mientras le servía hasta el tope de un caballito.

Los que estaban todavía sobrios se dieron cuenta de lo que acontecía y empezaron a rodearlo.

El forastero habló con voz fuerte, pero sin mirarnos. —No quiero nada de ustedes. Sólo me tomo un respiro. Sigan su fiesta, olviden que me han visto. Si no me molestan haré de cuenta que no escuché el insulto y continuaré mi camino sin hacerles daño.

Todos estallamos en carcajadas. Nos pareció de lo más gracioso que aquel intruso fuera además un insolente. Éramos por lo menos diez contra uno. Mi hermano Octavio, el más fuerte de todos, se acercó con toda la intención de molerlo a golpes.

—¡Detente donde estás! —dijo esta vez el vagabundo con una voz que nos paralizó a todos—, ¡o será lo último que hagas en tu miserable vida!

Quise detener a mi hermano, pero no pude. Octavio se abalanzó sobre el intruso que se puso inmediatamente de pie. La capucha de su traje le cayó a los hombros dejando al descubierto un horrible rostro, y algo salió disparado de su boca hacia la cara de mi hermano, un líquido de color verde como elguacamole que estaba servido en las mesas.

Octavio cayó al suelo tomándose la cara que se le caía a pedazos; la nariz y los ojos quedaron al lado de su cuerpo; mi padre empezó a vomitar, no sé si del miedo o del asco; los demás quisimos huir. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos.

El forastero, de un solo golpe, atravesó el estómago de mi padre y las entrañas cayeron desparramadas por el suelo. Mi tío Alberto resbaló con ellas, el monstruo se agachó y de una mordida le arrancó parte de la cabeza. Los demás quisieron correr, pero la boca del extraño expulsó un torrente de líquido verde que les despellejó las piernas hasta el hueso.

Yo me quedé paralizado de miedo, testigo mudo de la masacre. Uno a uno, todos nuestros parientes y amigos fueron exterminados por aquel engendro.

—Para ti tengo mejores planes —dijo, y tomándome del pelo me arrastró hacia el monte.


Hemos llegado a una cueva y nos adentramos en ella. Es tan profunda que empiezo a sentir que me falta el oxígeno. Me desmayo. Despierto. Ahora me encuentro atado a esta roca, esperando. No sé lo que me aguarda, sólo deseo que sea rápido y lo menos doloroso posible.

Algo se mueve en la oscuridad. Escucho como se acerca arrastrándose hacia mí, luego me susurra al oído. "Tú alimentarás a mis pequeños".

Se separa un poco y abriéndose el vientre deja caer dos bolas sanguinolentas. Los pequeños seres se arrastran hacia la roca e incrustan sus pequeños dientes en mi carne. Mis gritos de dolor se ahogan en las profundidades de la cueva.


Erath Juárez nació el 12 de Julio de 1970 en Jalacingo, Veracruz, México, pero desde comienzos de la década de 1980 vive en la isla de Cozumel. Empezó a escribir hace apenas un año. Buscando cómo mejorar su escritura se encontró con el Taller 7 y éste es el resultado, o parte de él. Es padre de seis hijos y le encanta todo lo relacionado con el terror, dos afirmaciones que parecen muy ligadas.



EL SUEÑO EN EL MALECÓN

Jean-Pierre Planque - Francia


Cuando vi el gran letrero que anunciaba el poblado de Domaine de May disminuí la velocidad. Avanzaba a 110 y mi coeficiente de gammaglobulina debía estar cercano a 280... Dominaba el camino y me había abrochado el cinturón. Circulaba a 8 por hora cuando me detuve para tomar una botella de ron Damoiseau. Tu sabes, esa mierda de la Isla de Guadalupe que se dice te convierte en zombi y te hace perder para siempre la sobriedad; esa bebida que juré nunca más volver a beber y que, sin embargo, tomo cuando la tristeza me embarga.

Había pagado a la casera. Siempre la misma casera, indígena, tan pequeña y con su cicatriz entre los senos. Un día le pregunté y me respondió: "Fui operada de la tiroides..." ¡Cómo me reí! Sí, será la nube de Chernobyl —me dije a mí mismo—; la misma que atravesó por el sur de Francia antes de detenerse en las fronteras. ¿Acaso también habían atravesado el océano la nube, la comida y todas esas porquerías que nos están acabando?

Dejé caer la botella de ron con un "¡oh, disculpe!..." y salí de la tienda. Mi coche me esperaba. Me dirigí a Point-a-Pitre. ¿Después? No tenía la menor idea de lo que haría.

Cuando llegué, me quedé sentado sobre el Malecón del Mejillón viendo hacia el mar. Soñé con un aeropuerto y con una mujer que me atendía. Ella me amaba y yo a ella. Tenía deseos de apretarla contra mí, pero era imposible.

Escuché la voz de un funcionario que decía: "¿Quisiera pasarse a la fila derecha, Señor P.? Usted ya no está vivo".

Observé el reloj que mi hijo Lucien me había dado poco antes de partir. Las agujas habían desaparecido y su fondo estaba en blanco. Entonces creí comprenderlo todo...


Título original: "Le reve sur la jetée"

Traducción del francés: Íñigo Fernández


Jean-Pierre Planque nació en 1951, ha publicado unos cincuenta relatos en fanzines y revistas de ciencia ficción en Francia, Canadá, Bélgica, Bulgaria, Rumania y España. Actualmente vive en la isla de Guadalupe y reparte el tiempo entre la redacción de sus ficciones y su condición de webmaster de INFINI. En Axxón publicamos su relato "Por un plato de cornigules" (139).



VACIO

Luxx - Argentina


Afuera, estrellas, oscura noche. Noche sin día. Será por eso, tal vez, que no se ven pájaros hoy; aunque no recuerdo con claridad si alguna vez los vi. En realidad hace ya mucho tiempo que no hay nada en el cielo, aparte de las estrellas, claro. Es difícil recordar cómo era esa época, cuando los cambios existían y la sensación del paso del tiempo podía sentirse con tan sólo una mirada a través de la ventana. Los primeros tiempos fueron así, casi como vivir en una granja; estaba aislado y la soledad se hacía notar, pero hasta ésas eran sensaciones palpables que de alguna forma ocupaban un lugar en mi vida. Después de que mi cubículo dejó la atmósfera de Dianus todo cambió, o mejor dicho: todo dejó de cambiar. La noche eterna engulló mi vida, la monotonía inalterable del negro tapiz estrellado que mostraba mi ventana inundó para siempre mis sentidos. Las luces artificiales del jardín interno eran la única fuente de claridad, ellas alcanzaban a alumbrar tenuemente mi habitación. Pero con esta luz ya nada crecía allí fuera; lo único aprovechable eran las raíces de lo que antes había sido una buena plantación de vegetales. Los buenos tiempos, aquellos que en un principio yo predecía iban a sucederse por siempre, habían finalmente terminado. De esa manera mi vida se tornó en lo que es ahora y lo que tal vez sea por siempre: una continua espera, una larga sucesión de hechos que no merece la pena detallar, simplemente porque no hay forma de diferenciarlos.

Ahora, cansado y aburrido, casi no salgo de mi habitación (¿debería llamarla celda?) para recolectar raíces; excepto raras veces, cuando ellas dejan asomar algún cogollo a la superficie, lo suficientemente suculento como para engañar a mis piernas y pedirles que me lleven allí. Pero esto no ocurre muy a menudo, el suelo pierde rápidamente su fertilidad y siento que mi espíritu pierde la suya. No es el hambre, es la nada. Hoy despierto y no sé qué hacer, es lo mismo cada vez; la noche no se acaba, el día siguiente no llega, el aburrimiento no se va. Estar aquí dentro no puede hacerle bien a nadie, yo se los dije cuando la decisión de evacuar el planeta fue tomada. Pero la Primera Profecía debíamos cumplirla todos, contestaron ellos inmutables. No pude discutir con mejores argumentos, ellos tenían la ventaja de ser los únicos en haber leído el Carvalión íntegramente, de principio a fin; el resto de nosotros conocíamos sólo la primera parte, la que dictaría nuestro destino. La única forma de alcanzar la paz eterna está dada por el aislamiento y el encierro en uno mismo; mientras el cuerpo navegue las inmensidades del espacio exterior, el alma será libre para pasar al estado ulterior; así estaba escrito en los comienzos del Carvalión y el tiempo de ejecutar esos comandos había llegado. Nadie contradijo fuertemente a la voluntad divina, su voluntad fue acatada por todos sin distinción.

Después de pasar la etapa inicial (¿meses? ¿años?), en la que todo parecía fluir de forma natural y lógica, llegó la turbación. La monotonía erosiona el espíritu y puede desgranarlo como el viento hace con la más alta de las montañas. Ahora sé bien que no hay esperanza aquí dentro, y puedo sentir como las fuerzas se me escapan, raudamente. No tengo la voluntad para evitarlo, ni siquiera sé si eso es lo que quiero. Quizás lo mejor sea esperar, pero no se puede esperar por siempre, y menos cuando uno no sabe que es lo que espera.

Creo que hoy voy a comer algo de las paredes, está allí desde hace un tiempo, no sé exactamente cuanto; dejé de contar hace mucho ya, cuando perdí el cabello. Creo que es de la época en que la luz era natural y yo todavía festejaba mis cumpleaños. Esa fase fue bonita, cuando todavía podía leer el Carvalión y tenía alguna esperanza de que esto cambiara. Al enviarnos al espacio, ellos tuvieron la delicadeza cínica de incluir una copia completa del Carvalión en cada cubículo. Hoy, el libro sagrado descansa en mi estómago, o mejor sería decir en los rincones con excremento del patio. Nunca llegué al final, ni siquiera a la parte importante en la que se habla de nuestro destino final, o mi destino final. Todavía no había descubierto las raíces y tenía mucho hambre como para leer.

Sí recuerdo, en cambio, haber escuchado alguna vez que la única posibilidad de escape era el choque con otra unidad como la mía, pero el universo es grande y está vacío.


Presentamos hace muy poco a Luciano Rodríguez (Luxx es su nombre literario) un argentino de 27 años nacido en Mendoza que trabaja en el Observatorio Real de Bélgica, en Bruselas. Eso fue cuando publicamos su cuento "Natalia" , en Axxón N° 160. Y parece que se entusiasmó, porque ataca de nuevo, tal como había amenazado.



LA PEQUEÑA DEL BOSQUE

Carlos Daniel Joaquín Vázquez - Argentina


¡Pucha que la niña era fea!

Flaca, desgarbada, nadie recuerda realmente su llegada. Uno de los osos más viejos asegura que apareció después del paso de una caravana de gitanos. Otros niegan esa posibilidad, alegando que entonces la niña formaría parte obligada del espectáculo. ¿Pero quién pondría a su propio hijo en una jaula para usarlo como objeto raro y atrayente?

Sea como fuere, la fea niña llevaba años deambulando por el bosque, compensando su desgracia estética con una bondad sin límites. Allí estaba ella siempre que había que sacar una espina, limpiar una infección o ayudar en un mal parto. Con su carácter apacible y cariñoso se había ganado la confianza de todos los animales, inclusive de los más feroces.

Imaginen la pena del bosque todo cuando la niña se esfumó. Fue a fines del otoño, cuando las hojas ya han caído y la menguada luz del día se abre camino entre las ramas desnudas, resaltando los grises, naranjas y amarillos que reinan en el suelo.

Varios fueron los animales que la buscaron. Los lobos recorrieron las fronteras del bosque, olfateando y olfateando, los pájaros buscaron desde el aire, y hasta algunos animales subterráneos, desde los topos a las hormigas, hurguetearon aquí y allá bajo la superficie por si algún fatal accidente la hubiera sepultado.

Todos corrieron la misma suerte.

Fue una pequeña liebre la que dio en la tecla, pero su victoria fue magra. Porque la niña no se había marchado. Yacía, pálida y fría, al final del hueco de un tronco: la piel floja y extraña, el cuerpo completamente quieto.

—Está muerta —se lamentaron.

—No, no lo está.

Todos giraron hacia el origen de esa voz, hacia el enorme oso que se animaba contradecir una verdad tan incontrastable.

El oso se abrió paso entre el resto de los animales para llegar hasta el tronco ahuecado. —No huele mal —aclaró—, y la humedad del bosque no es buena para mantener un cuerpo muerto en buen estado. Tampoco la han tomado los insectos, y ellos de eso saben mucho. Yo, que conozco el tema, creo que está hibernando.

—¿Hibernando? —rieron varios—. ¿Y desde cuándo los humanos se prestan al descanso invernal? Saquémosla, pues, y aprovechemos lo que se pueda.

Pero el oso se interpuso entre la niña y el resto. Feroz, se paró sobre los miembros traseros, y sus garras relampaguearon en el aire, a la vista de todos. —La niña no se toca, y si tengo que defenderla con mi cuerpo lo haré sin dudarlo.

Y la niña quedó allí, durmiendo en su cama de hojas viejas, y nadie se animó a nada por miedo a enfrentar la furia del oso.


El invierno fue avanzando, y cosas extrañas comenzaron a pasar.

Cierta mañana, alguien encontró a la niña envuelta en hebras de seda. Que es telaraña, decían unos, que es un capullo, decían otros, que se está pudriendo, aquellos que aún insistían en la muerte de la niña. Un sapo palpó con su larga lengua aquella sustancia que imaginó pegajosa y sin embargo no: era sedosa, tibia al contacto. Pero tenía la resistencia de una roca, y tal vez más aún, porque fue imposible hacerle el menor rasguño.

Varios de los animales, que creían en embrujos, maleficios y otras yerbas similares, abandonaron la zona. Muy pocos se animaron a permanecer allí. Por supuesto que el oso así lo hizo, mientras esperaba la llegada de la primavera durmiendo enroscado al pie de una saliente, con un ojo puesto en el tronco ocupado.

Para el oso fue un invierno difícil. Por empezar el frío fue crudísimo, pero el viejo animal ya estaba curtido, aunque sufrió, pudo aguantarlo. Y con el tema de la búsqueda de la niña no había acumulado las grasas suficientes, así que antes de la llegada de la primavera estaba débil, hambriento y de muy mal humor. Hubiese preferido la protección de una cueva, aunque sea una pequeña, pero como se había prometido proteger a la niña no se había movido de las cercanías del tronco. Apenas protegido por una roca algo inclinada tuvo sueños entrecortados y recurrentes, todos girando alrededor del mismo tema. Pero poco a poco las noches se fueron acortando, y en los árboles comenzaron a asomar pequeñas yemas verdes que llenaron de vida y esperanza las ramas desnudas. También, muy lentamente, comenzó a observar el paso de algunos animales, más allá de los lobos, los alces y las liebres. Los pájaros de los alrededores comenzaron a buscar ramitas, y cierto día, cuando ya el frío se estaba marchando, notó que el aire estaba lleno de cantos y trinos.

El murmullo creciente terminó de despertarlo. No estaba solo. Muchos animales que habían estado allí antes rodeaban nuevamente el tronco ahuecado. El mismo brillaba con una luz iridiscente que brotaba de sus extremos y de cada agujero. Desde el interior, más allá de la vista de todos, brotó un zumbido, y luego una vibración y al fin el chasquido de un desgarro. El oso, perplejo y expectante, se paró sobre sus patas traseras, curioso por conocer el final de la historia.

Fue entonces, casi en el mismo momento en que el oso se erguía sobre sus miembros traseros, que el tronco ahuecado explotó en una infinidad de esquirlas, dejando en presencia de todos el resultado de tan abnegada espera.

El oso había acertado: la niña no había estado muerta.

En lo que sí estuvo equivocado el oso fue en que la niña no era tal, porque una niña no tiende zarcillos con ponzoña, ni escupe dardos neurotóxicos, ni es un ente caído desde el espacio exterior. Un ente que pudo planear, mientras digería a todos los animales del bosque que había atrapado (incluyendo al oso), la conquista del mundo.


Carlos Daniel Joaquín Vázquez, Axxonita. Sus cuentos publicados en Axxón: "Jugar con fuego" (15), "Su amor del tren" (25), "Breve historia de un naufragio" (37), "Repuestos, repuestos" (44), "Madre" (56), "Cruzado" (57), "Sin título" (64), "Rey al reír" (69), "Cinco flores para Alicia" (83), "Fábula (con amor)" (148), "Historias antes del fin" (149), "La Picazón" (153), "Alienígenzoos" (154), "Clavius, Uclo y el factor indeseado" (159), "Sentidos" (160).




Axxón 161 - abril de 2006
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).