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F i c c i o n e s

RECUERDOS PUNTUALES
Franco Arcadia

Argentina

Las alarmas comenzaron a sonar con insistencia. Por los distintos altavoces, una voz metalizada señalaba en forma monocorde:
      —¡Código DCV-342-MV! ¡Secuencia inicial masiva activada!
      El mensaje se repetía constantemente, mientras una inmensa pantalla mostraba planos de distintas imágenes que reflejaban un avión comercial en vuelo.

Entretanto Cristian, luego de abrocharse el cinturón de seguridad, volvió a observar por la ventanilla, para ver si podía llevarse más recuerdos de su querida "Buenos Aires".
      Una sonrisa nostálgica se dibujo en su rostro, llamando la atención de la señora que ocupaba el asiento contiguo.
      A Cristian le costaba admitir que llevaba menos de una hora de vuelo y ya extrañaba mucho la vida que dejaba al partir. Trató de conformarse imaginando cómo sería Madrid, pensando si le cambiaría el acento o adivinando si podría olvidar a Victoria alguna vez.
      Unas pequeñas turbulencias provocaron que la azafata tuviera que limpiar el jugo derramado por los niños de los asientos delanteros, pero no lograron distraer a Cristian, quien todavía buscaba una explicación para la actitud que había tenido Victoria el día anterior.

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Al mismo tiempo, la enorme pantalla que cubría una de las paredes de la sala vacía mostraba cómo el avión se aproximaba hacia un vasto frente de tormenta.

A medida que Cristian rememoraba una y otra vez la inmensa desilusión con la que había regresado a su casa esa noche, con las flores en la mano y la carta que había preparado en el bolsillo de su pantalón, comenzaba a reprocharse si debería haberle dado otra oportunidad a Victoria o, tal vez, contestarle los llamados.
      Pero, rápidamente, antes de que lo acechara el arrepentimiento, Cristian justificaba su decisión de viajar, basándose en que era el corazón de ella lo único capaz de anclarlo y de revivir en él sus esperanzas de no abandonar la lucha en su país.
      La voz del capitán lo trajo de nuevo a la realidad, mientras las turbulencias comenzaban a modificar los gestos despreocupados de los pasajeros, despertando a los que dormitaban y haciendo cerrar diarios y libros con preocupación.

Instantes después, en algún otro lugar, la enorme pantalla reflejaba, ante la gran sala vacía, las escenas del avión cuyas alas envueltas en fuego comenzaban a desprenderse en la vertiginosa caída, mientras, en el interior de la aeronave cundían los gestos desesperados de los pasajeros que luchaban por alcanzar una máscara de oxígeno o tratar de aferrarse a sus asientos.

Cristian se esforzaba, en vano, por tratar de librarse del terror paralizante que petrificaba su cuerpo y que no le permitía ni siquiera intentar ayudar a la familia que ocupaba los asientos cercanos. Un fuerte impacto en un costado del avión le hizo girar bruscamente su cabeza hacia la izquierda, donde la señora mayor dejaba caer sus lágrimas grises sobre el rosario que aferraba entre sus dedos.

Apenas un instante después del desenlace fatal, a medida que los parlantes se acallaban, la pantalla se oscureció totalmente y las luces de la enorme sala comenzaron a decrecer su intensidad, mientras emergían del piso varias hileras de una especie de cabinas horizontales de frío acero, casi idénticas entre sí. Cada una de ellas estaba ocupada por el cuerpo de uno de los pasajeros y tripulantes del vuelo estrellado.
      Los pequeños caracteres rojos de un cartel electrónico colocado en el frente de cada compartimiento indicaban los datos completos de su ocupante.

En la cuarta cabina de la segunda hilera, bajo el cartel de "Cristian Rey (24/11/1972 – 15/07/1993)", se encontraba su cuerpo desnudo, inmóvil, sin un solo rastro del accidente.
      Pronto los altavoces emitieron una señal casi imperceptible, al tiempo que surgió una voz metalizada que mecánicamente aseguraba:
      —Secuencia inicial masiva completada. Iniciando proyección individual específica.
      Las luces de la sala se tornaron de tonos casi violáceos, mientras los cuerpos parecían manifestar un suave y breve temblor.

La mente de Cristian comenzó a correr el oscuro manto que la cubría, despertando, en su cuerpo inerte, la confusa capacidad de experimentar sensaciones.
      Pese a que sus párpados, como el resto de su cuerpo, permanecían absolutamente inmóviles, Cristian se sentía como si se encontrara en un largo y estrecho túnel que, pese a envolverlo de oscuridad, lo empujaba a perseguir el punto de luz que adivinaba lejano.
      Cristian trató por un instante de dominar su mente para forzarla a recordar quién era y en qué situación se encontraba, pero la sensación de paz que lo embargaba era tan intensa que pronto abandonaba su idea, totalmente relajado.
      Simplemente, se dejó llevar por las imágenes que iba percibiendo y deslizó sus sentidos en forma lenta hacia donde se vislumbraba algo, más allá de ese sombrío corredor. A medida que su mente avanzaba y la claridad invadía la escena, su inquietud iba creciendo.
      Pronto, al alcanzar y traspasar el final del túnel, la intensa luz produjo un agudo resplandor en su mente, y, sin que su cuerpo evidenciara movimiento alguno, sus sentidos se estremecieron.
      Observó con enorme sorpresa la escena que mostraba, sobre un fondo blanco, a un pequeño niño que, de la mano de un hombre, hacía sus primeros intentos en un viejo triciclo.
      Cristian percibió que la acción, paulatinamente, se fue completando con coches y calles que comenzaron a aparecer ante sus sentidos.
      —¡Papá! —gritó Cristian, sin que sus labios o un solo músculo de su cuerpo se inmutase.
      Asustado, se reconoció en ese pequeño y, como si sus recuerdos fueran un libro rescatado en un incendio, recibió fragmentos a los cuales trataba de encontrarle algún sentido.
      En forma insistente esa escena, ahora plena de sonidos, le arrojaba contra sus sentidos palabras o frase sueltas, tales como "Chacarita", "Plaza Los Andes" o "Avenida Lacroze", actuando, cada una de ellas, como disparadores de variadas emociones que Cristian percibía como suaves caricias.

Mientras tanto, en toda la sala, donde sólo se podía percibir un tenue zumbido de las luces que se reflejaban en los frentes de las cabinas, no existía el más mínimo movimiento o signo de actividad en ninguno de los cuerpos yacientes.
      Solamente la voz metálica de los altavoces quebró el silencio, indicando:
      —¡Fase de proyección individual iniciada! ¡Activando retroalimentación!

Otro fugaz relámpago sacudió la mente de Cristian, que divisó como se conformaba una escena que lo mostraba vestido con un pulóver y guardapolvo blanco, observando por la ventana de un departamento, tratando de entender el motivo por el cuál sus padres no participaban de los festejos que ocurrían en las calles.
      Una lluvia de imágenes sacudía su mente, donde aparecían, como en un torbellino, muñecos de un "gauchito" vestido de celeste y blanco que portaba una pelota de fútbol verde oliva, mujeres con pañuelos escritos cubriendo sus cabezas, una copa recubierta en oro, pero rebosante de gusanos, hundiéndose en las aguas turbias del Río de la Plata, regando de amargo sabor los sentidos de Cristian, quién luchaba por ordenarle a su percepción que volviera a arrojar los dados de los recuerdos.
      Intensos resplandores pasajeros encandilaron su mente, arrastrando hacia ella escenas que lo mostraban contento, aplaudiendo frente a una torta de chocolate, sobre la que posaban nueve velitas que aguardaban su soplido, ante la expectativa de toda la familia. Cristian intentó adueñarse de la cámara que le brindaba estas imágenes para poder notar, en la mirada triste de su madre, la certeza de que ése finalmente sería el último cumpleaños antes de que su padre se marchara.
      Por momentos, Cristian se tentaba de ordenarle a su mente que apagara esa vorágine de recuerdos que se veía forzado a revivir, pero el temor a que sus sentidos le obedecieran y lo arrojaran a un océano de oscuridad eterna le daba la fortaleza necesaria para volver a tirar del carretel de la memoria.

Entretanto, el cartel electrónico en el frente de cada cabina indicaba una fecha y hora que avanzaban a velocidades e intervalos irregulares.

Las voces de chicos entonando algo sobre un "manto de neblina" lo trasladaron a Cristian hasta su pupitre de cuarto grado, donde con irregular letra cursiva trataba de darle forma a la nota que incluiría dentro de un chocolate que nunca llegaría a alcanzar su destino austral. Cuando enfocó sus sentidos hacia el resto del aula, buscando algún rostro que le resultara conocido, se sorprendió al ver en el reflejo de una ventana la figura difusa de una anciana que no encajaba en absoluto con su recuerdo.

En el momento en que Cristian le buscaba alguna lógica a la llamativa aparición, el reloj digital que posaba sobre su cabina volvió a girar a máxima velocidad, aminorando su marcha a medida que la mente de Cristian lograba pincelar algún boceto.

Así, de pronto, se encontró en el interior de un cine con los que parecían ser sus compañeros de colegio, insultando, entre caramelos desparramados, el final previsible de la película, planteando, ante el asombro de sus amigos, que alguna vez podrían ganar los malos de turnos, fueran indios, negros o rusos. Un acomodador bastante mayor, asentía silenciosamente con su linterna desde el refugio que le daba la oscuridad, llamando la atención de Cristian, quien trató de distinguirlo, sin éxito, pese a sus esforzados intentos.

El silencio del enorme recinto sólo era alterado, ocasionalmente, por el sonido que provenía de una maquinaria en forma de esfera giratoria, ubicada en el centro de la sala, que en su base poseía múltiples conexiones dirigidas a cada una de las cabinas a través de un cable transparente, por el que fluía una sustancia de colores cambiantes.

Por un instante, Cristian percibió cómo se iban apagando sus sentidos, pero, mientras pensaba que su próxima imagen sería la del retorno al oscuro túnel, se encontró a sí mismo en lo que le aparecía un viejo baño de su escuela secundaria municipal, donde el humo de aquel recordado primer cigarrillo se entreveró en sus pulmones, y atrajo al preceptor de turno.

En la enorme y gélida sala, por momentos la esfera parecía disminuir su velocidad, pero bastaba con que uno de los relojes de las múltiples cabinas se normalizara para que la maquinaria volviera a girar impetuosa.

Mientras tanto, el reloj de la cabina de Cristian emprendió nuevamente su avance, hasta arrojarlo en medio de una fila de gente que, con los clasificados laborales bajo el brazo, aguardaba una oportunidad de trabajo. Sus sentidos le brindaron la ocasión de observarse a sí mismo, afligido frente al pulcro aspecto de los demás aspirantes, dudando de aguardar la entrevista o marcharse a su casa. Complacido, Cristian, recordó que la pregunta casual de una chica que se presentó como Victoria le hizo permanecer en la fila.
      Hubiera querido tener el poder de detener la acción en ese momento y para la eternidad, conservar el brillo de su mirada grabada en sus sentidos. Pero su mente, poco generosa, también le mostró unos ancianos que desde lo lejos parecían dirigirse hacia él.
      Cuando Cristian trataba de reconocerlos, un nuevo relámpago lo trasladó a la puerta del consulado donde, frustrado por la noticia del compromiso de Victoria con otro corazón y las escasas expectativas que presentaba la situación del país, intentó tramitar una nueva oportunidad en tierras lejanas.
      Cristian pensó en las ironías del destino, ya que aquel día, luego de reunir pasaje y visa para partir rumbo a Madrid, recibió un llamado de Victoria que, enterada de su decisión, le pedía encontrarse con él antes de que viajara, porque había estado pensando en esos sentimientos tan lindos que él le había manifestado; aunque quería conversarlo personalmente.
      Mientras el reloj del cartel electrónico avanzaba con lentitud hasta el mes de julio de 1993, reflejando los dígitos sobre el cuerpo inerte de Cristian, que yacía en el interior de la cabina, la escena lo llevó hasta la esquina de Juan B. Justo y San Martín, donde Cristian, aquella fría tarde de invierno, recordaba haber apretado su ilusión junto al ramo de flores, pensando en que si las cosas resultaban como él esperaba, le pediría a Victoria que lo acompañase a la aerolínea a cancelar definitivamente el pasaje.
      Los minutos transcurrían en la confitería de la concurrida esquina. Cristian recordaba con tristeza que, por el insomnio producto de los nervios de la noche anterior, se había dormitado un instante mientras aguardaba en vano a Victoria y había dejado caer el ramo de flores al piso. Una mano se posó sobre su espalda, sobresaltándolo, apartándolo del guión de su memoria.
      Al girar, comprobó con sorpresa que se trataba de una pareja de ancianos cuyos rostros creía haber visto anteriormente. Obligó a su mente a realizar un esfuerzo por recordar el porqué de esa sensación, percibiendo como respuesta una temblorosa y añeja voz con algún rastro de acento español, que le decía:
      —Cristian, nos conoces de la repisa de tu madre, de las fotos con las que jugabas de pequeño…
       —¡Abuelos, qué alegría de conocerlos! —exclamó Cristian, al tiempo que su mente percibía que los abrazaba.
      —La verdad —dijo el abuelo, tratando de despegar la vista del suelo—, nosotros no esperábamos recibirte tan rápido, pero cuando nos enteramos lo que te ha sucedido, pues te empezamos a buscar por todos lados…
      Cristian observó atentamente a su alrededor y comprobó con asombro que la escena que transcurría en esa esquina se había detenido, haciendo que transeúntes y automóviles se paralizaran.
      —Pero, no entiendo una cosa, ¿qué hacen ustedes en mi recuerdo? —preguntó Cristian confundido—. ¿Por qué son los únicos de la familia que me vieron?

Ambos ancianos se miraron, como decidiendo quién iba a intentar encontrar las palabras justas para transmitirle a Cristian las respuestas que aguardaba. Hasta que la abuela le dijo:
      —Es que nos puedes ver y escuchar porque estamos en el mismo estado que tú. Por eso los demás, los que todavía viven, no pueden salirse del guión de tus recuerdos ni tratar contigo.
      Mientras Cristian trataba de asimilar lo que había percibido, el abuelo asentía en silencio, para luego agregar:
      —Por ejemplo, Cristian, si tú quieres telefonear a alguien que todavía, digamos… eh, no ha venido por "estos pagos", cuando esa persona atienda el llamado, por más que le quieras decir algo con todas tus fuerzas, no va a poder escucharte en absoluto…
      —¡Con razón, tantas veces sonaba el teléfono y no era nadie! —exclamó Cristian—. Pero, ¿cómo es la "vida" acá?

El cuerpo inmóvil de Cristian no experimentaba ninguna anormalidad, nada que lo hiciera desentonar de los cientos de hombres, mujeres y niños que ocupaban el resto de las cabinas. Pero el reloj de su cabina continuaba detenido.

El abuelo se adelantó un paso hacia Cristian y le comentó con calma:
      —Mira, el tema es así: como habrás notado al llegar, te has desprendido completamente de tu cuerpo, que es el que aún se encuentra en el interior de la cabina de la sala, y tú, mediante tus recuerdos, estás accediendo mentalmente a situaciones o momentos que hayan sido importantes para ti. Y esos recuerdos son justamente los que te permiten estar percibiendo esto ahora, ya que —hizo una pausa para observar a la abuela— es para lo único que servimos aquí…
      La mente de Cristian se alteró al escuchar esa última frase:
      —¿Qué quieren decir? —preguntó Cristian deseando estar equivocado—. ¿Qué cuando se terminen mis recuerdos no podré verlos más?

La esfera continuaba girando con ritmo irregular, recibiendo, de cada una de las cabinas cuyos carteles no se habían apagado, corrientes que variaban de tonalidad en cada ocasión.

La mirada de los ancianos se tornó aún más sombría, mientras la abuela agregaba:
      —El problema está en que cada día que pasa allá, la gente le va prestando menos atención a la memoria, no la ejercita, enloquecida con las cosas efímeras, sepultando sus recuerdos. Va a acostumbrándose a olvidar, entonces aquí los nuevos cada vez duran menos …
      —A veces —contó el abuelo con pena—, no los llegamos ni a encontrar a tiempo.
      —¿Pero y ustedes? —preguntó Cristian extrañado—. ¿Por qué todavía están?
      Una sonrisa iluminó el rostro de los abuelos, quienes aferraban sus manos con fuerza.
      —Porque vinimos juntos, estamos unidos y siempre que la memoria nos empieza a abandonar la provocamos, nos buscamos alguna anécdota para recordar. Cuando alguno ve que todo se empieza a apagar, resistimos, Cristian —repitió el abuelo, con firmeza—. Mientras queramos estar juntos, resistimos, pero sabemos… que no nos queda demasiado tiempo…
      La mente de Cristian no dudó un instante en responder:
      —¡Yo voy a resistir con ustedes, entonces! —exclamó, para agregar:— ¡Ni pienso entregar mi memoria así nomás!
      Ambos ancianos lo miraban con orgullo, comprobando que sus expectativas no habían sido en vano.

Pero pronto el cartel electrónico encima de la cabina donde yacía el cuerpo de Cristian, comenzó a titilar, al principio esporádicamente, aunque parecía que iba incrementando su frecuencia…

—¡Pero! ¿Qué pasa? —gritó Cristian con angustia a la imagen de los abuelos, que había parpadeado.
      La abuela se adelantó con dificultad hasta Cristian, para susurrarle:
      —Aquí los recreos tampoco duran mucho, querido, así que presta atención —hizo una breve pausa mientras Cristian esforzaba su mente, extremando su concentración para poder percibir la intermitente voz que continuaba—. A diferencia de donde tú vienes, los ancianos acá somos muy valorados, y si llegamos a cierta cuota de actividad —la imagen de los abuelos aumentó su intermitencia en la mente de Cristian— de generación de recuerdos, durante muchos años consecutivos… vamos acumulando, entre los dos, lo necesario para poder alterar por única vez, aunque sea mínimamente, algún suceso de allí…

Pronto, la frecuencia de pestañeo del cartel electrónico de su cabina comenzó a aumentar progresivamente …

Pese a que la imagen de los abuelos había comenzado a ser casi borrosa para la percepción de Cristian, sintió retazos de la voz de su abuelo que le decía:
      —Y… queremos antes de alcanzar nuestro túnel final… usar todo lo que tenemos y —las palabras del abuelo, ya casi resultaban imperceptibles para la mente de Cristian— …todo lo que nos queda, para cambiar algo que…

La escena se fue extinguiendo de los sentidos de Cristian, a la vez que en otra de las infinitas salas dos de las cabinas conectadas a una esfera giratoria, comenzaban a apagar sus carteles…

Inmediatamente, Cristian percibió que recorría, a una velocidad increíble, el oscuro y extenso túnel que había envuelto de oscuridad y confusión a todos sus sentidos.
      Mientras tanto, en la sala, su cartel electrónico comenzó a efectuar una veloz cuenta regresiva, a medida que la cabina se iba sumergiendo nuevamente en el piso, eliminando su conexión con la esfera.

—¡Che, galán! ¿Así cuidás las flores?
      Los ojos de Cristian se abrieron, encandilados, al escuchar esa voz:
      —¡Victoria…! ¿Qué pasó? —preguntó aturdido, sin saber cuánto tiempo llevaba en el bar.
      —¡No sabés, loco, por poco no vengo! —le dijo Victoria sonriendo mientras se sacaba sus auriculares—. ¡Por un segundo casi pierdo el subte y recién escuché en la radio que el que venía atrás todavía está atascado entre dos estaciones!
      Ante la atónita mirada de Cristian, que no sabía qué responder, Victoria acercó su rostro al de él mientras le susurraba sensualmente al oído:
      —¿Vos me hubieras esperado, no?


Franco Arcadia

Franco nació en Buenos Aires, Argentina, una brumosa noche de Mayo del '73. Desde su infancia se mostró atrapado por la música y la literatura, de los cuales nunca más logró librarse. Admirador de la delicada ficción de Bradbury tanto como del estilo marginal de Gorodischer, actualmente recorre laberintos donde persigue a la inspiración, con suerte dispar, para invitarla a sus cuentos.


Axxón 126 - mayo de 2003
Ilustró: Valeria Uccelli


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