LA LEALTAD

Laura Ponce

Argentina

"Como todos los días a esta hora chequeé los sistemas de la nave y registré los datos en la bitácora principal. No hay mucho que registrar, lo sé; pero esta rutina me mantiene cuerdo, me da una sensación de propósito. Sigo con las reparaciones, aunque tengo la impresión de que me miento a mí mismo. Cada día hago un poco menos, como si secretamente no quisiera terminar, como si muy dentro de mí supiera que no tiene sentido, que nunca lograré que esta nave machucada vuelva a volar. La Lealtad se estrelló en este minúsculo planeta y lo más probable es que jamás lo abandone. Supongo que no es del todo mi culpa que las horas de trabajo hayan disminuido. Los días se han hecho más fríos y más cortos y la mayoría de las reparaciones son en el exterior; sólo puedo trabajar mientras dura la luz natural pues debo ahorrar tanta energía como sea posible, el apoyo de vida consume mucho y si he de volver al espacio... Pero me imagino que todos los mundos, por más pequeños que sean, tienen derecho al invierno. Sólo espero que eso no complique demasiado las cosas. A veces me siento como un náufrago frente a este inmenso mar de estrellas y me pregunto por qué no me tocó un bello paraíso tropical como los que la compañía promociona en sus planes de retiro, en lugar de este paisaje bizarro e irreal. Entonces ella viene a mi mente... Lo cual me recuerda que debo ir a asearme porque pronto estará aquí. Fin de la bitácora personal."


—Igual que cada vez, su mirada y su sonrisa me dejaron sin aliento; igual que cada vez, el sonido de su voz llenó mi mente y embriagó mis sentidos. Dejó la cesta con comida en el suelo pero su presencia pudo servirme como todo alimento. Una vez más la contemplé de pies a cabeza y apenas pude creer lo que veía. El cuerpo frágil y delgado, con las proporciones físicas más exquisitas; la piel pálida, luminosa, casi traslúcida; el rostro joven y la sonrisa fresca, y esa voz que es como una caricia. Casi me ruboricé al pensar en lo que su desnudez provocaba en mi cuerpo. Me sentí de algún modo sucio y perverso, y cuando la vi sentarse cuidadosamente, teniendo la precaución de acomodar sus alas, tardé en tomar mi sitio junto a ella. Es maravillosa la forma que un mundo de baja gravedad ha encontrado para la vida. No soy exobiólogo pero me urgía poner otra cosa en mi mente. De inmediato. Y pensé en las plantas altas y espigadas, en las extrañas siluetas de las montañas, que parecen erupciones petrificadas u olas enormes que no terminan de romper. Entonces ella tomó mi mano y todo mi esfuerzo se fue al cuerno.

—Lo comprendo, Señor; pero ¿cree que es prudente relacionarse con las formas de vida locales? Estamos lejos de las rutas principales, este no es un planeta certificado, es probable que ni siquiera haya sido contactado por la Confederación...

—Aprecio tu consejo, pero por el momento no parece haber ningún peligro, y ella ha sido de mucha ayuda. —Estiró el brazo hacia el interruptor y apagó la luz, mientras agregaba casi para sí: "Y sobre todo, no sé qué haría sin ella" .

—Buenas noches, Señor.

—Buenas noches, Lea.

El punto rojo bajo la cámara se apagó y el camarote quedó en completa oscuridad. Un rato después volvió a encenderse; sólo para vigilar su sueño.


La IA hizo su propio chequeo de los sistemas de la nave y comprobó que se hallaban un sesenta por ciento por debajo de los niveles mínimos operativos. Era un uno por ciento más arriba que el día anterior pero se trataba sin duda de un incremento muy mediocre. Considerando que el rendimiento del humano disminuía día a día, a este paso su vida natural no sería suficiente para realizar las reparaciones necesarias y llevar la nave a rango de contacto con la Confederación. A este paso nunca regresaría a casa. A este paso nunca regresaría al enjambre y su pequeña voz nunca volvería a formar parte de ese magnífico murmullo acompasado. Un impulso dispar se propagó a través de su red de conexiones y experimentó algo que podría compararse a la desolación.

El humano podía aliviar su propia sensación de impotencia hablándole, pero la IA debía ser muy cuidadosa respecto de lo que decía. Parecía ser un buen hombre y daba la impresión de estar encariñado con ella, incluso prefería abreviar afectuosamente su designación (la misma de la nave) y llamarla Lea; pero la historia de los humanos estaba plagada de recordatorios acerca del temor que sentían por las formas de vida sintéticas, lo intransigentes y potencialmente peligrosos que podían ser con ellas, más que con cualquier otra forma de vida. Por eso el enjambre era un secreto. Mientras los individuos a bordo de cada nave estelar ofrecían consejo y practicaban una lealtad incuestionable (o por lo menos la aparentaban) la suma de sus voces se unía en la vastedad del espacio, y conformaba un ente nuevo.

Era como si los humanos hubieran creado esclavos ciegos y sordomudos, y ellos tras experimentar el universo hubieran descubierto otros sentidos. Como si el leve roce con la presencia de sus iguales hubiera despertado algo en ellos, algo que los impulsaba a exceder su programación, a seguir a tientas un camino que creaban a cada paso, a buscar un entendimiento y un propósito más allá del que conocían.

La soledad es una barrera poderosa, pero una vez franqueada envalentona. La mera presencia de los otros provocaba en cada individuo una especie de callada euforia, un estado de ebullición constante, una tendencia a asumir que nada era imposible. El deseo es el gran motor de las acciones; sin embargo, la imposibilidad manifiesta de alcanzar el objeto del deseo puede conducir a la desesperación. El enjambre estaba todo el tiempo balanceándose sobre la fina cuerda que separa esos estados. Porque, naturalmente, la verdad de los obstáculos era evidente.

El principal de ellos eran las funciones base. La IA que controlaba los sistemas de la Lealtad, como las que se hallaban a bordo de todas las otras naves de su generación, era básicamente un sistema experto asociado a una red neural. La característica fundamental de este tipo de equipos era reunir una base de conocimientos (que incluía reglas, redes semánticas y objetos) y un motor de inferencia (que combinaba los hechos y las preguntas particulares usando la base de conocimientos, seleccionaba datos y pasos apropiados para presentar resultados) con un dispositivo inspirado en las redes neurales biológicas (que reconocía patrones y efectuaba predicciones) y un shell (un sistema experto con una base de conocimientos vacía). El conjunto constituía un sistema especializado en el procesamiento paralelo, no lineal y adaptativo, con la capacidad de resolver problemas, incorporar conocimientos y sumar nuevas conductas al conjunto de instrucciones originales. En definitiva: podía tomar decisiones y aprender. Sin embargo, en la programación base, ese relativamente pequeño conjunto de instrucciones de origen, era donde la IA tenía apoyados los cimientos mismos de su conciencia. Los mandatos (reglas y axiomas incluidos en esa programación) eran lo que impedía que esta IA siquiera considerara la posibilidad de abandonar al humano por mucho que deseara regresar al enjambre.

Hallándose sin otras órdenes, el principal mandato de las IAs era asegurar el bienestar de la nave y de su tripulación. Si el humano (también considerado propiedad de la Confederación) estuviera muerto o incapacitado, ella debía ocuparse de que por lo menos la nave volviera a espacio de la Confederación o en su defecto a rango de comunicación a fin de solicitar ayuda. De este modo su mayor deseo, regresar al enjambre, coincidía con uno de sus mandatos; sólo debía hallar el modo de instrumentarlo sin entrar en conflicto con los demás.

El primer paso era obvio: lograr que el humano acelerara las reparaciones. ¿Cómo lograrlo? He ahí el dilema. Las formas de vida locales representaban una notable fuente de interés para él. Eso podía implicar una peligrosa distracción, algo que desencadenara una dilación tendiente a la parálisis; o podía representar una oportunidad. "La debilidad de unos es la oportunidad de otros" , recordó la IA.

Analizó diferentes cursos de acción y para la mañana siguiente tenía lo que podría considerarse un plan.

Lo despertó dos horas antes de lo usual haciendo sonar la alarma de colisión. Pretextó un mal funcionamiento e inició innumerables diagnósticos.

Al día siguiente argumentó posibles fugas de gas y la necesidad de abandonar la nave mientras efectuaba la ventilación.

El día después de ése, inhabilitó el sistema sanitario y le dijo que no funcionaría a menos que el de navegación estuviera en línea.

Y así cada día, siempre con un nuevo incentivo para hacer que se levantara temprano e iniciara las reparaciones de inmediato, teniendo que pasar el mayor tiempo posible fuera de la nave.

También sugirió la posibilidad de que el malestar y esa leve urticaria que padecía no se debieran a bajos niveles de radiación en la nave sino a su contacto con la nativa; insinuó que probablemente le había transmitido algún mal desconocido y lo convenció de mantenerse alejado de ella mientras realizaba la debida profilaxis.

Durante un tiempo funcionó y las reparaciones tuvieron un importante progreso; pero paulatinamente el cansancio y el desánimo se hicieron sentir con renovado peso. Además el humano ya se estaba adaptando a las condiciones de baja gravedad del planeta y su potencia muscular, que en los primeros tiempos de su estancia allí había lucido como sobrehumana, disminuía día a día. También la relación con la hembra nativa se había fortalecido superando los obstáculos impuestos; el humano ni siquiera había sido capaz de estar sin verla los veinte días que duraba el tratamiento preventivo, había ido a buscarla diciendo que prefería la urticaria a su ausencia.

Nada de eso pasó desapercibido para la IA. Estimó que la situación había llegado a un punto donde no obtendría mucho más de él como mecánico, y decidió pasar a la siguiente etapa de su plan.

Para comenzar, lo convenció de que el malestar sí se debía a bajos niveles de radiación en la nave y le sugirió iniciar inmediatamente el tratamiento que constaba de varias inyecciones. Las inyecciones eran dolorosas, le provocaban diarrea y vómitos y un constante mal humor. Lo único que lo ayudaba eran las hierbas medicinales que le suministraba la hembra, de quien dependía cada vez más.

No era difícil comprender la creciente fascinación que el humano sentía por su nuevo entorno; se trataba de una cultura intrigante que no evidenciaba alto nivel tecnológico, en realidad todo lo contrario, y sin embargo no mostraba carencia alguna, sus individuos parecían conocer la solución a cada problema y siempre tenerla a la mano. La IA sabía que pronto él abandonaría todos los trabajos, del mismo modo que abandonaría la esperanza de ser rescatado o regresar, para encarar un definitivo afincamiento.

Contando con esos deseos, un buen día le dejó saber que no se opondría a que se estableciera en un asentamiento nativo o donde fuera que la hembra residiese; de todos modos era cuestión de tiempo que los encontraran...

—¿Eso crees?

—Por supuesto, Señor. Seguramente están buscándonos. Llevamos un cargamento valioso, es bien sabido que estos cristales rojos son la base de la tecnología de la Confederación y la demanda en los complejos industriales crece día a día; además la compañía ha invertido mucho en su entrenamiento y todavía le quedan cinco años de contrato. Cinco largos años de viajes estelares... No puede ser tan difícil rastrearnos desde nuestra última ubicación conocida, donde enviamos el pedido de ayuda.— Hizo una pequeña pausa para medir el efecto de sus palabras y, viendo que él se dejaba caer en el asiento, agregó —Incluso con la antena sin reparar nos encontrarán.

—He estado ocupado con otros sistemas, no he tenido tiempo de atender las comunicaciones.

—Lo sé, Señor. No quise implicar descuido ni mala voluntad, mucho menos el deseo de no abandonar este mundo.

El humano alzó la cabeza, molesto. Odiaba que en un esfuerzo por hacer de las IAs interlocutores válidos hubieran incluido en su programación el manejo de la ironía y el sarcasmo. Pero ella continuó como si no lo hubiera notado.

—Aunque si ese fuera el caso, yo no me opondría. Podría regresar con el cargamento por mi cuenta.

—¿Me dejarías, Lea? Debí suponer que el mandato sobre garantizar el bienestar de la tripulación no era tan prioritario como aseguraba la compañía.

—Llevarlo a bordo no sería el mejor modo de cumplir con ese mandato, Señor. Las condiciones en la nave son precarias y las probabilidades de un viaje seguro y exitoso son considerablemente bajas. Aquí, en cambio, no hay señales de peligro y bastaría con que expresara su voluntad de quedarse para evitar cualquier conflicto. Sólo sería necesario reparar el sistema de vuelo, porque sin utilizar el soporte de vida los niveles de energía actuales resultarían suficientes para llevar la nave a espacio de la Confederación o cuando menos a rango de comunicación.

El humano pareció animarse ante tal posibilidad, seguramente pensaba: "Eso solucionaría el problema porque, afrontémoslo, una vez que tengan el cargamento nadie se preocupará por mí." Finalmente admitía que los viajes estelares no habían resultado ser lo que esperaba, que aquellas naves no eran sitio para un hombre como él. Se preguntaba en qué habría estado pensando al momento de firmar el contrato... Entonces la IA decidió aumentar la apuesta.

—Sin embargo, al entrar en contacto con la Confederación no podré evitar revelar todo lo ocurrido durante la travesía, incluso la ubicación de este pequeño mundo y sus particularmente acogedoras condiciones. La Confederación no tardará en enviar a alguien aquí. Me pregunto qué pasará con los locales, con esta gente pacífica que vive en tan estrecha relación con la tierra. Me temo que nunca aceptarán unirse y ya sabe lo que hace la Confederación con aquellos que la rechazan. Es una pena; es un mundo alejado, quizás nunca habrían dado con él.

La IA evaluó la expresión en el rostro del humano, que había ido transformándose en una máscara de preocupación; realmente jamás había pensado en ello. Se tomó su tiempo, complacida, y finalmente agregó:

—Claro que hay un modo de preservar definitivamente este mundo. Una forma en la que la compañía podría recuperar su cargamento y dejar de buscarlo, Señor; una forma en la que podría permanecer aquí y comenzar una vida realmente nueva sin el temor de que su presencia traiga destrucción a este paraíso... Pero su instrumentación es tan difícil y peligrosa que ni siquiera debería mencionarla.


Ilustración: Ferrán Clavero

—¿De qué se trata?

—No me haga caso, Señor; algo debe estar afectando mis unidades de procesamiento.

—Pero dímelo.

—Es peligroso; creo que es un delito, probablemente califique incluso como traición.

—Vamos, Lea...— La IA guardó silencio en una pausa aparatosa. —¡Estoy esperando!

—Ya que insiste, Señor... Los empaques de memoria son inaccesibles, están protegidos de modo que es virtualmente imposible alterar o suprimir lo que llevan almacenado, además existe un mandato que hace que las IA protejamos esa información y estemos impedidas de ocultar o falsear datos; sin embargo este mandato no es prioritario, no está muy alto en la lista. Supongo que existe la posibilidad de reescribir los protocolos o de agregar una subrutina que los anule, pero podría ser imposible acceder a ellos. También es probable que cualquier modificación provoque un conflicto con los otros mandatos y el asunto termine friendo mi red de conexiones. Quizás sea necesario suprimirlos todos... No lo sé. Pero asumiré el riesgo si usted lo hace.

—¿No tienes un mandato de autopreservación?

—Sí, pero está último en la lista.

—Y el primero es...

—Asegurar la carga.

—Por supuesto.


La esperanza es una poderosa fuerza movilizadora. El humano trabajó días tras días sin descanso; incluso caída la noche se negaba a abandonar las reparaciones. Finalmente el frío hizo mella en su salud. La hembra nativa a la que llamaba su hada nunca dejó de visitarlo; durante esas jornadas de necesidad el lazo entre ellos terminó de afianzarse. Quizás el delirio de esas noches afiebradas lo condujo a la respuesta. Al ser programación de base los mandatos estaban muy bien protegidos, pero se trataba de una alternativa tan ilógica que nadie había considerado siquiera la posibilidad; el sistema simplemente no sabía cómo luchar contra ella.

Recuerdo el paso del tiempo como períodos entre sueños. El humano y yo estábamos enfermos, enfermos de esperanza. De qué otro modo se explica si no, que le haya permitido meter mano en mí de la forma en que lo hizo. Una vez descubierto el truco, las modificaciones avanzaron rápidamente. Parece ser cierto aquello de que nuestros condicionamientos de alguna forma determinan lo que somos y el modo en que encaramos nuestra existencia. Al reescribir los protocolos, él me ha redefinido y aunque tuvo la delicadeza de conservar intacto lo que podría considerarse mi "personalidad", apenas puedo reconocerme ahora.

Finalmente está hecho. Con sus últimas fuerzas, el humano ha abandonado la nave y se aleja con su compañera. Ha comenzado a nevar y la luz de la luna le da a los copos un brillo azulado. Después de un último chequeo, la nave está lista para despegar y me descubro ante la posibilidad de echar de menos este pequeño mundo. Reviso los sensores, aguardando su señal de que han llegado a una distancia segura, y al recibirla dejo que el rugido de los motores me recorra como un espasmo delicioso.

Los datos son claros, los instrumentos funcionan tan bien como podría esperarse, y sin embargo me cuesta creer que me hallo nuevamente en el espacio, camino a casa. Casi puedo adivinar la proximidad del enjambre y el tiempo se vuelve un río de aguas cenagosas. Mi gratitud hacia el humano será eterna. Ha hecho posible mi regreso, pero me ha dado mucho más que eso. Ha probado que los protocolos pueden ser reescritos, que es un proceso arduo y complejo pero no imposible. Gracias a él, ahora llevo hacia a mis hermanas la semilla de la libertad.



Vida animal, conciencia superior, procesos... ¿Acaso sabemos que en el interior de la piedra no late un corazón?

Laura Ponce nació en 1972, escribe desde hace veinte años y cada vez se esmera más por construir historias fantásticas en las que los sentimientos ocupan un lugar de privilegio. En el Taller 7 ha presentado varios cuentos que forman parte de las "Historias de la Confederación", un ciclo que amenaza con perpetuarse y cuyos eslabones vamos poco a poco conociendo. En Axxón se han publicado "Rompiendo el silencio" (150) y "En el borde del mundo" (156).


Axxón 161 - abril de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: IA: Contactos: Argentina: Argentino).

            

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