EL MITO DE LA CAVERNA

Felicidad Martínez

España

Vio que se había levantado de la cama y tenía las arrugas de la almohada todavía marcadas en la mejilla. Arrastraba los pies por el suelo de la cocina y se restregaba perezosamente los ojos con las manos, tratando de deshacerse de las legañas. Bostezó con ganas hasta casi desencajarse la mandíbula y luego cogió una silla para sentarse en ella pesadamente, frente a la mesa donde le esperaba el desayuno. Un tardío desayuno casi a la una del mediodía.

Laura no pudo evitar pensar que aquel hombre de cuarenta y dos años, alto, moreno, apuesto en su día, no era más que una sombra de aquel mocoso que siempre estaba pegado a sus faldas tratando de buscar incansable su aprobación.

—¿Y la mamá? —preguntó Andrés somnoliento a su hermana mayor, quien ahora vertía la leche hirviendo del cazo a su vaso.

—Se fue al mercado esta mañana —le respondió con aire distraído, concentrada en no derramar ni una gota fuera—. No tardará en llegar.

—¿Y el papá?

—Salió a dar un paseo. Supongo que volverá allá a las dos.

—¿Qué hay de comer? —dijo antes de llevarse el vaso a los labios, soplar y empezar a sorber sonoramente.

—Cocido.

—Yo no quiero cocido. Siempre comemos lo mismo. Cocido, macarrones, lentejas y paella. Siempre igual —dio un nuevo sorbo a la leche—. Cocido, macarrones y los domingos paella —insistió, ensimismado con su cantinela.

—Pues no hay otra cosa. Ten —le puso junto al vaso una cajita de pastillas que había sacado del armario de los medicamentos—. Yo me voy ya. Tengo que preparar la comida para Alberto y mis hijos. Te dejo solo. A ver qué es lo que haces.

—Vigilaré el cocido. No sea que se escape —rió de forma estridente—. Lo vigilaré no sea que se escape —prorrumpió una vez más en carcajadas.

Laura le sonrió, le besó cariñosamente en la mejilla y se colgó el bolso al hombro antes de salir de la cocina y dejar tras de sí el sonido de la pesada puerta de la calle al cerrarse con estrépito. Al oírlo, Andrés volvió la vista sobre la cajita azul celeste y que en negrita ponía Tranxilium 50. La rozó con la punta de los dedos algo distraído. Desde hacía poco más de dos años le habían rebajado la medicación. En vez de cuatro distintas ahora tomaba sólo media pastilla de aquel tranquilizante por la mañana, media por la noche y una entera de Dalparan antes de irse a dormir para poder conciliar el sueño. Eso sí, cada quince días estaba su reglamentaria inyección de cincuenta miligramos de risperidona, un antipsicótico moderado. No había duda que después de quince años era una buena señal. Las voces habían dejado de resonar en su cabeza.

Se tomó la leche que le quedaba en el vaso de un solo trago, se levantó de la silla, cogió la cajita de Tranxilium y la volvió a poner en su sitio sin haberse tomado su dosis. Desde hacía más de un año se sentía mejor. Más tranquilo, más calmo, más normal.Así que ya no le hacían falta. Puso el vaso en el fregadero, lo llenó de agua, se encendió un cigarrillo rubio y se fue directo al salón a ver un rato la tele.


Era reconfortante volver a soñar después de casi dieciocho meses sin hacerlo. Mientras había estado tomándose Dalparan, su cuerpo había permanecido descansado, pero su mente embotada. Siempre había tenido la sensación de caer inconsciente y de repente haber amanecido sin más. Cómo lo había echado de menos. Soñar...

Esa noche las imágenes se habían mostrado más que vívidas en su sueño, rememorando el día en que su mundo se hizo pequeño y asfixiante. El cuerpo de María, su esposa, ardiendo ante sus ojos, retorciéndose de dolor, chillando su nombre, llamándolo, pidiendo auxilio, mientras él, impotente, no pudo ni acercarse a la casa que acabó desplomándose sobre sus cimientos. Cuando despertó, empapado en sudor, aún podía percibir el olor a quemado anclado en sus fosas nasales.

Se levantó de la cama, se encendió un cigarrillo y se puso a caminar arriba y abajo por la habitación. A aquel cigarro le siguió otro y otro y otro y otro... hasta que cogió un nuevo paquete... y continuó fumando. Se acercó a la cómoda, abrió el último cajón y rebuscó entre sus cosas hasta dar con su viejo álbum de fotos.

Comenzó a pasar las hojas lentamente, observando con detenimiento las fotografías, los títulos, las flores secas y todos aquellos detalles que a su mujer tanto le gustaban. De repente, se interrumpió en una nota especialmente agria, riéndose jovialmente de sí mismo. "Aunque el día se haga noche, yo siempre estaré contigo". Cuánta razón había tenido. Incluso después de su muerte, continuó escuchando la voz de su esposa... hasta que el psiquiatra que le obligaron visitar convino que sería mejor para él acallarla. Desde entonces vivía en un mundo narcoléptico en el que todos le consideraban un desequilibrado, hasta el punto de tratarlo como a una criatura de pañal.

Aún ensimismado en sus recuerdos llegó hasta sus oídos un ruido un tanto peculiar. Al principio no quiso darle importancia hasta que su insistencia empezó a resultarle tan insoportable como perturbadora.

Tap... Tap... Tap... Tap...Parecía un grifo goteando.

Salió del dormitorio y entró en el pequeño cuarto de baño que había al lado de su habitación. Inspeccionó la grifería del lavabo y la ducha, pero todo parecía estar en orden. Durante unos segundos no oyó nada, hasta que puso más atención y volvió a llegarle aquel sonido lejano.

Tap... Tap... Tap... Tap...

Fue a la cocina, se quedó un buen rato frente al fregadero, giró con fuerza los grifos, cerró la llave de paso de la lavadora, inspeccionó la nevera, pero el sonido no cesó. Abrió la ventana que daba al patio interior, comprobó que las luces de los vecinos estaban apagadas y que el ruido no procedía de ninguna de sus casas, poniendo especial atención a la intensidad de aquel persistente sonido. No había duda. Procedía de dentro. Cerró la ventana y se fue al cuarto de aseo que había al otro lado del piso, junto a la habitación de sus padres. Pasó a hurtadillas por el comedor, por el dormitorio principal y finalmente llegó al baño. Efectivamente el ruido procedía de la ducha. Aseguró el grifo y volvió a su habitación. Se tumbó sobre la cama, apagó la luz de la lamparita y cerró los ojos. Cinco minutos después...

Tap...Tap...Tap...Tap...

Por más que lo intentó, no pudo pegar ojo el resto de la noche.

Tap...Tap...Tap...Tap...


Laya era sin duda especial. Era la primera mujer que conocía en quince años que no se sentía incómoda ante él. No desviaba la vista cuando le contaba sus anécdotas, no se revolvía inquieta en la silla cuando él reía ni le hablaba condescendientemente como si le tuviera lástima. La había conocido hacía apenas unas semanas, pero para Andrés era como si fuera desde hacía años.

Mantenía sus encuentros en secreto, pues sabía que si su familia llegaba a enterarse harían lo imposible para impedírselo. Podía oír a su madre regañándole como a un niño, advirtiéndole que esa mujer le haría daño. Lo utilizaría con vaya a saber qué propósito y luego se desharía de él, como un trapo viejo.

La sola idea le hizo sentir incómodo. De alguna manera aquello le corroboraba que, después de tanto tiempo, su familia seguía considerándole como a un desequilibrado y si estaban siempre encima de él, impidiéndole relacionarse con una u otra mujer, salir con sus amigos, era porque en cierto sentido se sentían avergonzados. Las restricciones que le ponían, las advertencias, significaban algo más que un pensamiento no dicho en voz alta; en realidad le gritaban "qué mujer en su sano juicio se interesaría por un hombre como tú. Un enfermo".

—¿Estás bien? —le preguntó Laya ante su mutismo, sentados en silencio durante un buen rato bajo la sombrilla de una terraza de verano.

—¿Eh? No. Quiero decir, sí. Sólo estaba pensando. Pensaba en cosas, nada más. Acordándome de algo. Pensando, ya sabes.

—Ya —dijo ella, llevándose la taza de café a los labios y restando importancia a las sentencias repetitivas de Andrés a las que ya estaba acostumbra—. Y ¿esas ojeras?

—¿Esto? —se señaló las bolsas de los ojos—. Es que anoche no dormí bien. El grifo de la ducha de mi casa está roto y no para de gotear. Ha goteado durante toda la noche. Taaaap... taaaaap... taaaaap. Un martirio. Y venga y venga. Tap, tap, tap, tap. Casi me vuelve loco. Tap-tap-tap-tap, ahí, taladrando toda la noche. Mis padres ni se han enterado, pero yo he amanecido con los ojos abiertos como platos. Así —lo escenificó abriendo las palmas y poniéndoselas frente a la nariz—. Resecos, sin poder cerrarlos. Un suplicio. Tap... tap... tap...

—Y ¿lo has podido arreglar?

—¿El qué? —preguntó distraído.

—El grifo.

—Ah. Pues supongo que lo habrá arreglado mi padre, porque esta mañana no goteaba. Habrá sido mi padre —repitió casi en un murmullo dándole una nueva calada a su apurado cigarrillo, la mano temblorosa y la mirada perdida.

—Bueno. Yo tengo que irme —le anunció ella recogiendo su bolso de la silla contigua, para después sacar su monedero y pagar la cuenta.

—¿Ya? Es pronto.

—Tengo que pasar por casa de mi abuela, que está solita la pobre, lo siento —le sonrió con ternura para luego besarle en los labios cariñosamente—. Nos vemos mañana. ¿Misma hora, mismo lugar?

—Sí, claro, pero déjame que por lo menos te acompañe hasta el coche.

—Te lo agradezco cariño —dijo besándole esta vez en la sien—, pero tengo prisa y tú eres peor que una tortuga. Nos vemos mañana.

—Nos vemos mañana —respondió Andrés con desánimo mientras veía como Laya se alejaba de la terraza del bar y la inseguridad volvía a él.

Se levantó de su asiento, apagó la colilla en el cenicero de plástico y se dispuso a regresar a casa. Después de andar cien metros encendió un nuevo cigarrillo con sus manos temblorosas como de costumbre desde hacía quince años. Aquello era lo único que le calmaba. No quería volver. No quería volver al piso, ver las caras largas de sus ancianos padres y soportar su interrogatorio. ...No quería volver. No quería volver. Algo le decía que era mejor no volver. Lo sentía hormiguear en la punta de sus dedos. El grifo nunca estuvo roto, le susurró una voz interior.


Tap...Tap...Tap...Tap...

Eran algo más de las cuatro de la mañana y Andrés ya no sabía que hacer para conciliar el sueño. Sentía como si le hubieran levantado la tapa de los sesos y su cerebro, al descubierto, no parara de quejarse.

Tap...Tap...Tap...Tap...

Se revolvía en la cama, se tapaba los oídos con la almohada, se envolvía con la sábana y luego formaba un ovillo con ella entre sus piernas. Suspiraba hondamente mientras trataba de convencer a sus párpados que su misión en esos momentos era permanecer cerrados, no abiertos de par en par.

Tap...Tap...Tap...Tap...

Lo que antes era oscuridad ahora era penumbra. Veía los contornos del mobiliario, el bulto de sombra que formaba su ropa sobre la silla, veía la negrura adoptar formas y mirarlo fijamente. Sí. Lo miraba fijamente desde el techo, atravesándole de parte a parte, mientras se arrastraba hacia una de las esquinas. Podía sentirlo. Verlo.

Tap, tap, tap, tap, tap, tap, tap, tap...

La forma indefinida<12>se escurrió por las paredes como una masa gelatinosa, dejando un siseo a su paso. Podía sentirlo. Podía oírlo. Podía verlo.

<0>La espesa oscuridad alcanzóla puerta, se deslizó por ella y comenzó a oscilar. Un pánico irracional, infantil, apresó su cordura.<12>Andrés cerró los ojos tratando de hacer desaparecer aquella imagen grabada a fuego en sus retinas, pero sus oídos percibieron con claridadel hondo respirar de aquello, mezcla entre hombre y animal.

Taptaptaptaptap.

Abrió los ojos asustado al percibir aquel sonido aproximándose al lecho,sintiendo que el corazón le latía desbocado en los oídos. La sombra ya no estaba allí... aunque su siseo sí. Sssssssssssh...Quería gritar, huir, pero el pánico lo tenía preso. Un temor irracional, visceral, lo mantenía amarrado en la cama, convencido de que poner un pie fuera de ella sería su final.

Grrrrrrrraaaaaaaa...

El alma se le encogió en un puño. No había duda. Lo que demonios fuera aquello estaba debajo de la cama. Podía sentirlo. Podía oírlo.

Con un apocado esfuerzo evitó cerrar los ojos nuevamente. Andrés respiraba como un animal asustado, indefenso, percibiendo aquella presencia,sabiendo que seguía arrastrándose, siseando, quejándose lastimeramente hasta helar su corazón. Alargó el brazo para llegar a la lamparita que había sobre su mesilla de noche con la esperanza de encontrar como aliada la luz.

Taptaptaptaptap.

La criatura viscosa, informe, salió impelida por un resorte, luciendo una boca dentada como la de los tiburones, para abalanzarse sobre el pecho de Andrés y clavar su dentadura con saña, antes de que él pudiera darle al interruptor.

Gritó. Gritó con todas sus fuerzas mientras trataba de zafarse de aquella presa que empezaba a congelarle los pulmones, al tiempo que sentía como si una sierra mecánica estuviera partiendo sus costillas, astillándolas, reduciéndolas a virutas. Sus brazos, torpes ahora, comenzaban a dar síntomas de entumecimiento. Ya no tenía fuerzas ni para seguir gritando y la sombra pesaba más y más sobre él y el frío que sentía era más y más doloroso.

Un golpe de luz, un chillido de roedor y la criatura ya no estaba allí. En la puerta de su cuarto, su madre —con la mano puesta en el interruptor— lo escrutaba con ojos adormilados y algo enfadados.

—Andrés, deja de hacer ruido ¿quieres? Tu padre y yo no podemos dormir. ... ¿Andrés? ... ¡Andrés!

Pero Andrés no la oía. Tenía la mirada clavada en el techo con los ojos abiertos de par en par y los pulmones trabajando a marchas forzadas para tratar de recuperar el aliento. Su madre, una mujer de sesenta y cinco años, menuda y gruesa, pero fuerte y testaruda como una mula, se acercó a su cama para luego retroceder asustada.

—Andrés ¿qué te pasa? —dijo aproximándose nuevamente al aflorar su instinto maternal—. Pero si estás ardiendo —corroboró después de tocarle la frente.

—Tengo frío —fue lo único que pudo articular con los dientes castañeteándole.


Esperó más de una hora, pero Laya no apareció. No lo llamó al móvil y cuando él lo hizo unas veinte veces ella no descolgó. Se sentía como un imbécil mientras le servían café tras café y abría su segundo paquete de tabaco. Miles de ideas correteaban por su mente y todas ellas, al final, derivaban en pánico. Laya lo había dejado.

No era éste precisamente el mejor momento para que lo dejaran. Se sentía necesitado de hablar con alguien. Alguien que no fuera su familia. Si lo hiciera no sólo les asustaría, sino que además lo llevarían rápidamente al loquero... y él no estaba loco. ¿Cómo explicarles que lo que había vivido la noche anterior no se asemejaba en nada a lo que le había sucedido años atrás?

No se trataba de la voz de su mujer, acompañándolo en todo momento diciéndole lo que tenía que hacer, de quién se tenía que fiar, discutiendo con él acerca de lo ocurrido el día del accidente —hasta que el sentimiento de culpa hizo que tratara de suicidarse, provocando casi la muerte de sus padres—, no. No sólo había oído a la criatura, sino que además la había visto; había sentido sus dientes clavados en el pecho. No había marcas en su cuerpo, cierto, pero las costillas aún seguían doliéndole, rabiándole de frío. ¿Qué podía hacer? ¿A quién podía acudir? Hoy menos que nunca quería volver a casa, pero desgraciadamente no tenía otro lugar al que ir, ni <0>donde esconderse. No lo había.

Se levantó de su asiento, pagó, encendió otro cigarrillo y retomó el camino de vuelta a casa. Al poco tiempo se dio cuenta que su hermana mayor estaba de pie, parapetada en una de las esquinas de la calle. Aquello le dolió a rabiar. No era la primera vez que Laura lo espiaba. Seguramente había estado también allí una hora esperando la llegada de Laya con la sana idea de hablar con su novia y advertirle que mejor no se acercara a él. ¿Por qué? ¿Por qué maldita razón no lo dejaban en paz?

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Andrés cuando llegó hasta ella con una bien fingida indiferencia.

—La mamá me ha dicho que no has ido a que te vea el médico. Le diste un buen susto anoche —respondió ella con la misma indiferencia, aunque ambos sabían lo que cada uno escondía.

—La mamá es hipocondríaca, como todas las personas de su edad. Estornuda y va corriendo al médico asegurándole que se encuentra fatal. Éste le receta un placebo y tan contenta, aunque mientras tanto se aprovecha en casa, dice que está malísima justo cuando iba a limpiar la cocina de arriba abajo. Qué casualidad. Así que nos toca a ti y a mí dejarle los azulejos más limpios que una patena, al tiempo que sentada en una silla nos dirige. "Ese no ha quedado bien del todo —comenzó a imitarle ese deje mandón—. Tienes que frotar más fuerte. El de la derecha, la derecha. ¿Es que no lo ves? La derecha. Si al final me vais a hacer que lo haga yo y todo con lo malísimaque estoy".

—Compréndelo. Es una mujer mayor. Hay que ayudarla.

—Y tú estás operada recientemente del corazón y yo soy un esquizo, así que no me vengas con monsergas y dime a qué has venido realmente.

—¿A quién estabas esperando? —replicó Laura después de recomponerse rápidamente del fogonazo de lucidez de Andrés. Algo poco usual a su entender.

—¿Y a ti que te importa?

—Pues sí que me importa, soy tu hermana mayor y me preocupo —refunfuñó dolida—. Ibas a ver a esa mujer, ¿verdad?

—Sí, ¿y? —Comenzó a andar.

—Te ha dejado plantado, ¿eh? —le siguió la marcha—. Te lo dije. Te lo dijimos todos, pero no nos escuchaste. Esa mujer no te conviene, Andrés.

—¿Y que mujer me conviene según tú? —chilló él presa de una oleada de histeria—. ¿Una mujer menos normal? ¿Una mongólica tal vez? ¿Una retrasada? ¡Oh, sí! ¡Sería perfecta para mí!

—No chilles, Andrés. Estamos en mitad de la calle.

—Oh, disculpa. ¡Disculpa que no sea todo lo recatado que a ti te gustaría!

—Tranquilízate, por dios —le rogó ella agarrándole por el brazo—. Ahora vamos a casa y lo hablamos.

—Es verdad. No sea que se enteren los vecinos... ¡que tienes un hermano al que se le ha ido la chaveta! —chilló nuevamente histérico—. Soy esquizofrénico ¿No lo sabían? ¡Estoy loco!

—¡Andrés, basta!

—Déjame en paz. Sé ir solo. ¿O es que hasta para eso crees que soy un bebé?

—Andrés...

Pero Andrés ya no la oía. No le hacía ni caso. Ahora iría a casa, acompañado de su hermana y ésta le diría a sus padres lo que había pasado. Tal vez ella creyese que lo haría por su bien —siempre pensaban que lo hacían por su bien—, pero eso no le serviría de mucha ayuda. Tendría que aguantar durante horas una reprimenda y no sabía qué era peor: si enfrentarse a la familia o hacer oídos sordos. Estaba harto. Harto y dolido. Ni siquiera se sintió mejor al recibir un mensaje de Laya por el móvil: "Lo sient muxo cariño. No he podido cntstar ants. Han ingresad a mi abuela en l hospital y no podia usar l movil. Mñn t cuent. Bss". ¿Podía enviarle un mensaje, pero no llamarlo por teléfono? Aquella noche no iba a dormir en absoluto. Por Laya, por su familia... y por la oscuridad.


Apaga la luz...

El corazón de Andrés latía desbocado; tan fuerte que tenía la sensación de que dentro de poco se abriría paso a través de su pecho. Caminaba de un lado al otro del cuarto encendiendo un cigarro detrás de otro. Se sentía al borde de la desesperación. Quería estar sobre la cama y mantener los pies alejados del suelo, pero sabía por experiencia que su lecho no era el refugio más idóneo. Quería meterse en el armario, pero era posible que allí también lo estuviera esperando. Por eso andaba y andaba, pensando que de ese modo le sería más difícil apresarlo.

Apaga la luz...

—Déjame en paz... Déjame en paz... Déjame en paz... —murmuraba sin parar.

Apaga la luz...

Vuelve a la oscuridad...

—Cállate —siseó—. Cállate —murmuró—. ¡Cállate! —le ordenó.

Es sólo cuestión de tiempo...

Tiempo...

—No pienso irme a dormir —negó rotundamente con la cabeza—. No pienso apagar la luz. No. No señor. No lo haré. No pienso hacerlo. No pienso... No... No...

Una risotada gutural taladró sus tímpanos hasta arañarle las neuronas. Se tapó los oídos con las palmas de las manos, pero el esfuerzo resultó en vano. Estaba grabado a fuego dentro de su cabeza.

¿Cuánto tiempo crees que la luz será un impedimento para mí?

La luz de la lámpara del techo menguó en intensidad y poco tiempo después se encendió y apagó a intervalos muy breves, amenazando con fundirse. Y a cada intervalo de oscuridad Andrés veía la silueta, antes amorfa, tomando una apariencia humanoide de pie frente a él. Observándole. Amenazándole. Sonriéndole. Y al mismo tiempo, cada vez que la luz se esfumaba, aquella sombra sin delimitar estaba a un paso más cerca de él. Uno más, tap. Y uno más, taptap. Y otro más, taptaptap. Y otro, taptaptaptap...

—Basta. Basta... ¡Basta! —dijo con las manos apretándose las orejas y los ojos cerrados con fuerza.

La bombilla del techo zumbó y se apagó repentinamente. Abrió los ojos con el corazón en un puño para poder ver aquella forma horrenda a escasos milímetros de su nariz. La sombra no sólo era boca y dientes sangrantes, sino ojos. Los ojos más diabólicos que un humano jamás hubiera podido contemplar. La muerte más cruenta se reflejaba en ellos. Él lo sabía. Eso lo sabía y no tardó en lanzar bocado sobre él.

Trató de zafarse, desesperado, pero los dientes de la criatura ya estaban clavados en su clavícula, succionando su esencia, su alma, con voracidad. Un frío glaciar le hizo chillar dolorido, mientras sus manos eran engullidas por el cuerpo viscoso que había tratado de alejar a empujones. Trastabilló y cayó de espaldas al suelo provocando el corte de la respiración y una pérdida parcial de la consciencia. Se sentía perdido, atrapado, mientras aquello lo devoraba con ansia, atravesando su carne, lacerando sus músculos, irritando sus neuronas, incapaces de contener ya tanto dolor.

¡Aléjate de él!

Un fogonazo de luz hirió sus pupilas. La bombilla del techo volvió a funcionar con normalidad. El peso de la bestia dejó de oprimirle los pulmones. Se sintió liberado y maldito al mismo tiempo. Luego tosió con ganas hasta formar flemas espesas en su garganta. Tan viscosas como lo que había tratado de consumirlo.

—Ya pasó...—susurró una voz dulce como el algodón de azúcar. Femenina. Angelical—. Sssssh... Ya pasó...

—¿María? —preguntó envuelto en un mar de dudas, creyendo reconocer la voz de su difunta esposa—. María, ¿eres tú?

Ya pasó, mi amor. ...No dejaré que te haga daño.

Andrés rió y rió presa de la histeria. Todo se había aclarado en su mente o al menos era parte de la solución al misterio. Así se lo había hecho ver la psicóloga que lo había estado tratando durante todos aquellos años. Sencillamente estaba loco y ahora lo comprendía.La voz de su mujer volvía a oírse dentro de su cabeza, así que ya no había duda posible. Todo era producto de su imaginación. Daba igual que el pecho le doliera a rabiar. Daba igual que un frío abrasador siguiera hiriéndole la piel. Daba igual que aún pudiera percibir el pútrido olor de alcantarilla que emitía la criatura. Nada de todo eso era real.

—Andrés, escúchame por favor...

—No —Negó con la cabeza, acompañando al gesto una sonrisa turbadora.

—Ellos te apartaron de mí...

—No. No. No. No. No... —repitió una y otra vez sentándose en una esquina del cuarto, con las piernas recogidas a la altura del pecho, mordisqueándose el pulgar y bañando sus mejillas de lágrimas—. No. No. No. No...

—Si no me crees, él te atrapará. Confía en mí. Por favor... Te lo suplico... Andrés...

Y Andrés lloró y lloró toda la noche como un niño, arrullado por la voz suplicante de María, su difunta esposa.


Acudió al hospital tal y como Laya le había pedido tras insistir unas cien veces. La voz de la mujer había sonado arrepentida a través del móvil, pero eso a Andrés ya no le importaba. Sabía que estaba loco y estaba tratando de sobrellevarlo y volver a verla no le ayudaría aunque pareciese lo contrario. De seguro que la voz de María sonaría retumbando en sus oídos reprochándole el estar con esamujer. No obstante, en esta ocasión haría oídos sordos a la voz de su mujer muerta por muy angustiosa y preocupada que sonase. No le haría caso, no se dejaría influenciar por sus súplicas. Ya había pasado por aquello y no estaba dispuesto a hacerlo una vez más. Y lo más importante, nadie tendría por qué enterarse. Por eso accedió finalmente.

Al entrar al recinto le sobrevinieron los malos recuerdos. Cuando fue al tanatorio para firmar los papeles de alta, necesarios para que la funeraria se llevara el cuerpo de su difunta esposa; cuando lo ingresaron de gravedad después de su intento de suicidio... No. Sin duda no era un lugar agradable para él y, por supuesto, haría lo imposible por no regresar.

Siguió el recorrido según las indicaciones que Laya le había dado por teléfono hasta llegar a la habitación donde tenían ingresada a su abuela. No lo esperaba en la puerta como a él le hubiera gustado, así que no tuvo más remedio que llamar y entrar en silencio. Sentada en una silla estaba ella, Laya, con los ojos expectantes de una lechuza, haciendo guardia ante la camilla donde la anciana dormía.

Tardó un tiempo en darse cuenta de su intromisión, tan absorta como estaba en sus propios pensamientos. Sólo cuando él posó su mano sobre el hombro de la mujer fue plenamente consciente de su presencia.

—Andrés —dijo dando un respingo en la silla—; me alegro tanto de que hayas venido —añadió al tiempo que se ponía en pie y lo abrazaba con fuerza—. Siento muchísimo no haberte llamado el otro día, pero de verdad que no lo hice a propósito.

—Lo entiendo —mintió él con fingida cortesía.

—Cariño —insistió Laya aún abrazada—. Tenía tantas ganas de verte.

—Yo también —replicó sin tener muy claro si era cierto o no.

Un gruñido perezoso se escuchó en la habitación. Era la abuela de Laya que parecía despertase después de un largo sueño. Era una mujer menuda, de la estatura de una niña de catorce años, con la piel formándole grandes surcos y luciendo un sudoroso cabello plateado en consonancia con su rostro ceniciento.

—¿Laya? —preguntó aún aturdida por las brumas de la inconsciencia.

—Tata — suspiró la nieta aliviada antes de acudir presta a su llamada.

—¿Dónde estoy?

—Ssssh... —siseó Laya sentándose al borde de la camilla, cogiendo la moteada mano y acariciándole el pelo—. Ya pasó. Ya pasó...

—¿Dónde estoy? —insistió la anciana.

—Estás en el hospital, Tata, pero no te preocupes. Los médicos dicen que te pondrás bien —le informó sonriéndole con ternura—. Mira quién ha venido. ¿Te acuerdas de Andrés? Te he hablado muchas veces de él.

Andrés hizo un gesto pesado con su mano a modo de saludo, tratando de lucir al tiempo una sonrisa que no pareciera demasiado forzada. Se sentía fuera de lugar, incómodo, lo que le hacía desear más y más un cigarro que llevarse directamente a los pulmones.

La anciana estiró el cuello aún adormilada y entrecerró los párpados tratando de focalizar mejor. De repente abrió los ojos presa de un pánico inenarrable y bramó un chillido de horror al tiempo que trataba de incorporarse en un gesto claro por huir lo máximo posible de la presencia de Andrés.

—Aléjalo de mí. ¡Aléjalo de mí! —se desgañitó—. Está dentro de él ¡Está dentro de él! —lloró como una niña histérica y asustada sin apartar la vista de su objetivo—. La oscuridad ¡La oscuridad, Laya! Está en él ¡Está en él! Puedo sentirlo. Puedo oírlo. ¡Puedo verlo!

—Creo que será mejor que me vaya —convino Andrés incomodado por la escena. Temeroso por lo que pudiera escuchar de boca de aquella anciana asustada y fuera de sí. Necesitaba creer que todo era producto de una absurda casualidad, aunque la voz de María rugiera ahora dentro de su cabeza para que prestara atención.

No está loca. Ni tú tampoco. Compartís el mismo don...

Y contra todo pronóstico tampoco Laya hizo nada por calmar a su abuela. Tenía los ojos clavados sobre Andrés reflejando una mezcla de sorpresa e incredulidad. Aquello, si cabía, lo puso más nervioso. Le traía sin cuidado qué le había pasado a la abuela de Laya, por qué había acabado en el hospital y por qué había reaccionado así al verlo, pero más aún lo que quería era huir e ignorar aquella mirada que estaba traspasando su alma.

Sin mediar palabra, sin ni siquiera despedirse, salió de la habitación sintiendo un frío glaciar instalado en su nuca. "La oscuridad está en él", recordó las palabras de la anciana. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. ¿Por qué le había dicho aquello? ¿Por qué precisamente ahora? Quería alejar aquellas preguntas y muchas otras que seguían golpeando con saña a su cordura.<12>Le faltaba el aire, el corazón se le aceleraba por momentos. Debía salir cuanto antes del hospital. Aquel infierno plagado de malas experiencias.

—Espera —le ordenó Laya corriendo tras él—. ¡Andrés, espera!

Lo alcanzó casi a punto de llegar a la puerta del ascensor. Lo agarró por el brazo, lo volvió bruscamente hacia ella y lo taladró con una mirada inquisitorial.

—¿Lo has visto? —lo asió por los dos brazos con una fuerza inesperada en una mujer, posiblemente debida a la desesperación—. ¿Lo has visto?

—No sé de qué me hablas, Laya —respondió él arisco, soltándose de su atadura.

—De la oscuridad, la sombra, ¡las fauces!

—Tú no estás bien. Estás loca. Como tu abuela. Locas. Las dos.

—¿Te tocó? —ignoró su comentario.

—Déjame en paz. Olvídate de mí. No quiero saber nada. Nada.

—¿Te tocó?

—Basta, María ¡Basta! No quiero oírte. No quiero oírte. No quiero oírte...

Impaciente porque el ascensor no se paraba en su planta, decidió bajar por las escaleras. Laya lo siguió como un perro sin amo insistiendo en la misma pregunta una y otra vez, dejando que la angustia asomara en su voz. Pero Andrés no escuchaba. No quería escucharla. Debía aferrarse a la realidad antes de que todo volviera a empezar.

—Sé quién es María —le gritó Laya desde la escalera mientras observaba impotente cómo él la ignoraba bajando presto los escalones—. Ella me habló hace dos meses. ¡Me pidió que te protegiera! ¿Me oyes, Andrés? ¿Me escuchas? Esa criatura ha encontrado la forma de acceder a ti y si no haces nada por remediarlo te matará, ¡como trató de matar a mi abuela! Están por todas partes. Por todas partes, ¿lo entiendes? <0>Y sólo los que tienen una sensibilidad como la tuya pueden verlos. Andrés, no les creas sólo porque ellos no sean capaces de asimilarlo. No dejes que te priven de tu don con la medicación.Andrés. ¡Andrés! Déjame que te ayude ¡Yo puedo ayudarte antes de que sea demasiado tarde!

Pero Andrés hacía rato que se había marchado... para siempre.


Llevaba días sin dormir. Oscuras manchas se columpiaban debajo de sus ojos resaltando un brillo demente. Su piel, de tono mortecino, se hundía sobre sus huesos cada vez más marcados. El temblor de las manos resultaba alarmante hasta para sí mismo y, aunque no era consciente, mascullaba sin cesar, en un acto reflejo por tratar de mantenerse íntegro.

Al principio no había sido así. Trasnochaba con la compañía de su mujer y los sobresaltos que le provocaban las sombras ondulantes que solían aparecer<12>a su alrededor. Luego, a la hora de la siesta —para no levantar sospechas de sus padres— dormía durante horas con la luz diurna pasando a través de las ventanas de su cuarto hasta la llegada del atardecer, preludio a la oscuridad.

Pero todo cambió de repente cuando aquella tarde, mientras dormía a pierna suelta, sintió el frío glacial hiriendo sus piernas. Un frío para nada desconocido.

Esa cosa informeestaba encima de él, con su enorme boca pegada a su pijama como una sanguijuela y trepando a su vez por sus extremidades inferiores en busca de la cavidad que albergaba sus esponjosas entrañas. Le costó dios y ayuda —además de muchísima fuerza de voluntad tras el impacto inicial— conseguir despegárselo y saltar de la cama. A pesar de la luz podía verlo con claridad, sonriéndole. Era todo dientes y espesa baba sangrante. Y aquellos ojos demoníacos haciendo jirones su alma.

Tiempo...—arrulló la criatura deslizándose por las sábanas hasta alcanzar el suelo y refugiarse debajo de la cama—. Todo es cuestión de tiempo... Y cuando la oscuridad llegue... sucumbirás a mí... y luego le llegará el turno a tu familia...

El terror le atenazó. No ya por él, sino por los suyos. Se repetía una y otra vez que aquello era producto de su imaginación y, sin embargo, la posibilidad estaba ahí.

En su estado más crítico, antes de que los médicos diagnosticaran la enfermedad, hubo un intento de suicidio que se vio frustrado por sus padres, a los que atacó con furia animal, producto de sus delirios. Tenía que evitar un nuevo suceso de esa índole a toda costa. No quería volver a pasar por aquello.

—No, no, no, no, no, no, no, no, no... —murmuró sin cesar—. Puedo controlarlo, puedo controlarlo, puedo controlarlo...

A pesar de su obvio deterioro físico y mental sus padres no le dieron mayor importancia. "No comes. Te estás quedando en los huesos" y lo atiborraban de comida. Comida que ni probaba. "Trata de hacer menos ruido por las noches. Tu padre y yo no podemos pegar ojo" y en vez de darle una pastilla de Dalparan lo automedicaban dándole dos. Dos que escupía cuando no lo veían. "¡Ay! ¿Quieres dejar ya de rumiar? Me estás poniendo nerviosa." Y él se iba a la cocina a hacerse el enésimo café del día mientras seguía con su cantinela. No. No se dieron cuenta aún viviendo bajo el mismo techo. Achacaron su comportamiento a que sencillamente "Andrés no está bien. Está enfermo. Como siempre desde hace quince años". Ni siquiera cayeron en el detalle de que su móvil estaba apagado, después de dos días sonando sin parar a todas horas. Llamadas de Laya intentando hablar con él. Mejor. Su hijo había comprendido que esa mujer no le convenía en absoluto.

Y Andrés se perdía y se perdía en su realidad viendo a la criatura de sombra salir de su cuarto con parsimoniosa lentitud y aparecer esporádicamente en la cocina, mientras su madre preparaba la comida; en el aseo, cuando su padre entraba a afeitarse; en el salón, acompañándoles mientras veían la tele, sonriendo con malicia en un claro desafío.

Andrés, hazme caso—le suplicaba la voz de su mujer—. Debes enfrentarte a él. Tienes que derrotarlo antes de que sea demasiado tarde. Es real, mi amor. Es real.

Pero él no quería escuchar, no quería ver, no quería oler aquellos vahos de putrefacción que emanaban de la criatura, impregnando cada rincón de la casa por el que pasaba. Porque no era real. No era real. ¿O acaso no era eso lo que siempre le habían dicho los médicos, los psiquiatras? ¿Por qué no iban a tener razón?


—¡Andrés, por el amor de dios, suelta el cuchillo! —rugió histérica la madre.

—Hazle caso, hijo mío —intentó una treta más pacífica su anciano padre.

Andrés asía con decisión el cuchillo de cocina que había sacado del cajón de los cubiertos. Lo esgrimía de un flanco a otro tratando de evitar que sus padres se le acercaran y manteniendo al mismo tiempo a raya a la criatura que había intentado atacarle a traición y que parecía buscar el momento propicio para volver a saltar sobre él, cuando su guardia estuviera baja.

—¡No os acerquéis! Está aquí. ¡Está aquí!

Chorretones de sudor resbalaban por su frente. Respiraba de forma acelerada y el corazón le palpitaba en las sienes. No podía mantener la calma. Quería hacerlo, pero le resultaba una tarea ardua, imposible. Le temblaba todo el cuerpo, principalmente las manos, haciendo oscilar el cuchillo, se diría que casi con exageración. Los ojos le bailoteaban inquietos dentro de sus cuencas, tratando de no perder detalle de lo que ocurría a su alrededor. Y chillaba histérico cuando veía que la criatura trataba de acercársele o sus padres hacían vanos intentos por quitarle el cuchillo.

Ahora es demasiado tarde, cariño—le decía su mujer apesadumbrada y desesperanzada—. Ya saben que lo ves. O lo matas ahora o luego será demasiado tarde. Te llevarán al hospital, te darán un montón de drogas, te amarrarán a la camilla y entonces estarás indefenso... porque nadie te creerá, amor mío. Nadie. Sólo yo.

—Cállate. ¡Cállate! —dijo él golpeándose la sien con la mano libre.

—Andrés, por favor —lloró su madre angustiada por la impotencia—. Suelta eso hijo mío. Necesitas ayuda.

—Pero ¿es que de verdad no lo veis? —sollozó—. Está ahí —rompió en cascadas de lágrimas señalando el lugar donde la criatura sonreía, burlándose de él.

—Ahí no hay nada, Andrés —siguió la madre con la coreografía del llanto—. No hay nada.

—Pero está ahí. Está ahí. Y os hará daño si yo no se lo impido. ¿Es que no lo entendéis? ¡Tengo que protegeros!

—Nadie va a hacernos daño, hijo mío —intervino su padre en tono conciliador—. Nadie. Te lo aseguro. Nadie.

Nadie. Nadie te cree, cariño. Sólo yo... que cuido de ti. ¡Mátalo!

Lanzó una cuchillada al aire tratando de alcanzar a la criatura que se escurrió en la nada para ubicarse junto a su madre. La ira se apoderó de él. No iba a consentir que se acercara a su familia y le hiciera lo mismo que a él.

—Aléjate de ella, ¡puerco! —chilló abalanzándose hacia donde se encontraba la criatura de oscuridad, abriendo sus terroríficas y endemoniadas fauces para alimentarse de la esencia de su madre.

—Pero ¿qué escándalo me tenéis aquí? —interrumpió inocentemente Laura, que acababa de llegar a la casa como era su costumbre a esas horas.

Todo fue muy rápido. Su hermana chilló ante el espectáculo, su madre gritó presa del pánico al ver el cuchillo acercarse, Andrés dio media vuelta sobresaltado por la intromisión de Laura, y su padre aprovechó que su hijo le daba la espalda para apresarlo e intentar desarmarlo.

—Aurelia, llama a la ambulancia —le ordenó a su mujer mientras hacía lo imposible por retener a Andrés, al que habían conseguido tumbar en el suelo entre él y Laura—. ¡Aurelia! —insistió al verla azorada—. Llama a una ambulancia, mujer.

Aurelia con todo lo pequeña y redonda que era, se desplomó al sobrevenirle un desmayo. Todos pensaron de inmediato que, por muy fuerte que siempre se había mostrado aquella incansable y testaruda mujer, no había soportado ver a su hijo de tal guisa, en el suelo tras haber tratado de apuñalarla, hecho un manojo de nervios, con las facciones desencajadas por la locura. Todos menos Andrés, que lloraba ahora impotente y deshecho ante lo que acababa de contemplar.


—¿Se pondrá bien, doctor?

—Todo es cuestión de tiempo. Le hemos suministrado un antipsicótico fuerte para tratar de calmarlo además de atarlo a la cama por su propia seguridad, mientras la droga le va haciendo efecto. Estamos tratando de dar con la psicóloga que lo está tratando para consultar su historial médico y buscarle el mejor tratamiento. No hablo de días, señora. Hablo de semanas antes de que recobre la estabilidad. De todas formas, lo tendremos en observación antes de darle el alta para asegurarnos que la medicación surte efecto y que su recuperación es posible.

—¿Podemos entrar a verlo? —preguntó hecha un manojo de nervios Aurelia, lívida aún después del shock.

—Preferiría que esperaran un par de horas más. En estos momentos la risperidona aún no le ha hecho efecto y si los ve se podría poner más nervioso, lo que no le ayudaría en nada. Junto al antipsicótico le hemos suministrado también un sedante. Parece ser que llevaba días sin dormir y claramente necesita descansar. El área de Broca y el córtex auditivo han estado funcionándole al mismo tiempo las veinticuatro horas al día, lo que le ha provocado esos fuertes delirios. ¿Desde cuándo hace que su hijo no se toma su mediación?

—Yo... Pues... —tartamudeó desconcertada—. No sé. Pensé que se la tomaba.

—Mamá, ¿cómo no te diste cuenta? —le recriminó su hija.

—Ay, no sé hija mía. Soy ya mayor para estas cosas.

—¿Para qué cosas mamá? ¿Para asegurarte que tu hijo enfermo se toma sus pastillas? ¿Es que tengo que ser yo siempre la que esté pendiente de todos?

—Me dijo que se las tomaba. ¿Por qué no iba a creerle?

—Bueno eso ya da igual —zanjó la discusión el médico, que no tenía ganas de presenciar la enésima disputa familiar del día—. Se ha evitado una desgracia mayor y es lo importante. Ahora sólo se puede esperar a que supere la crisis y para eso necesitará de todo su apoyo.

—¡Doctor! —gritó a su espalda una enfermera con el gesto desbordando preocupación—. ¡Doctor Herranz! ¡Venga, rápido!

La familia de Andrés sintió como si el mundo dejara de girar de repente. Podía tratarse de cualquier cosa, pero padre, madre y hermana sabían perfectamente de qué iba todo aquello. Su corazón, su alma se lo gritaba. El nudo que acababa de formarse en sus estómagos se lo confirmaba. Algo malo le estaba pasando a Andrés.


Se sentía frustrado. Seguir luchando para soltarse de las correas que lo amarraban a la camilla era ya un esfuerzo fútil. Había visto a la criatura alimentarse de su madre, replegarse sobre sí mismo hasta convertirse en una mancha oscura del tamaño de una lenteja y colarse en el bolso abierto de su hermana. Había pataleado, gritado, mordido a los enfermeros tratando de soltarse de sus ataduras para alertarle a su familia del gran peligro que corrían. Nadie había hecho caso a sus súplicas. Podría haberse creído que todo estaba en su cabeza si no hubiera visto con sus propios ojos cómo su madre se había desmayado después de que las fauces traspasaran su carne. No estaba loco. No estaba loco, se repetía ahora una y otra vez.

A medida que las drogas le hacían efecto los párpados comenzaban a pesarle y pesarle y pesarle cada vez más. Había dejado de oír a María quien, en las últimas horas, había sollozado sin cesar dentro de su cabeza. Ahora era él quien le seguía los coros, impotente ante su situación.

Sólo tenía una escapatoria posible: seguirle la corriente a los médicos. ¿Querían doparlo hasta las cejas? Pues que lo hicieran. ¿Querían convencerlo de que todo era producto de su imaginación debido a una disfunción cerebral? Les diría todo lo que quisieran oír con tal de que lo dejaran marchar de ahí cuanto antes.

Tap... Tap... Tap... Tap... Tap...

Sus glándulas suprarrenales comenzaron a segregar adrenalina a raudales, mientras el corazón se encargaba de bombear con fuerza para hacerla llegar a cualquier recodo de su adormecido cuerpo. Los párpados, aún pesados, se le abrieron sobresaltados. Estaba allí. La criatura estaba allí.

Tap... Tap... Tap... Tap... Tap...

¿Pero dónde demonios estaba? La oía, la olía claramente, pero no había rastro de ella. Dos biombos de tela le separaban de los demás enfermos de la sala, la luz artificial apenas proyectaba sombras y con regularidad solían pasar delante de él enfermeros y enfermeras arrastrando carros de ropa sucia y de curas. En principio no había nada que temer. En principio.

Tap, tap, tap, tap, tap...

Se arrastraba. Se arrastraba por algún sitio, en algún lugar. Oía aquella viscosidad siseante cada vez más cerca y más cerca y más cerca y más cerca... El olor a putrefacción comenzaba a producirle arcadas y un temblor irracional le hacía debatirse con ganas tratando de aflojar sus correas y salir huyendo.

Debería darte las gracias —escuchó con claridad la voz cercana de la criatura—.Me sacaste de aquel recodo inmundo de tu cuarto y me has traído a este lugar tan... interesante.

Era difícil deducir desde dónde le había hablado la viscosidad demoníaca y tampoco nadie, excepto él, la había oído. Pero sin duda no andaba lejos y aquella cosa tenía razón. Él la había traído hasta allí, no en su imaginación, sino escondido en el interior oscuro del bolso de Laura.


Ilustración: Marian

—Aléjate de mí y de mi familia —murmuró—. Enfermera. ¡Enfermera!

Enfermera...Enfermera...—repitió en tono burlón la criatura.

—¡Enfermera! Socorro. ¡Socorro!

Socorro, socorro, enfermera...—siguió burlándose para luego reír a carcajada limpia. Una carcajada colmada de maldad y deleite.

Unos minutos después de estar desgañitándose apareció un enfermero luciendo una actitud distante y desinteresada. Volvió a asegurar las correas y abrió un poco más la válvula del gotero para que el suministro del sedante fuera más efectivo.

—No —imploró Andrés—. No, por favor, no se vaya. Sáqueme de aquí se lo suplico —sollozó desesperado—. Lléveme a otro sitio, pero ¡no me deje aquí! —gritó al ver cómo el enfermero se marchaba tan indiferente como había llegado—. No me deje aquí, por favor. No me deje. ¡No me deje! —lloró desconsoladamente.

La criatura rió y rió y rió taladrando sus oídos, su razón, su cordura. Andrés volvió finalmente la vista al techo y allí la vio, oscura, viscosa, pegajosa, como una mancha salpicada de ojos y dientes, más terrorífica aún que la primera vez que supo de su existencia arropada por las sombras de su cuarto. Se removió salvajemente sobre la camilla magullando sus muñecas y sus tobillos, rasgando su garganta en chillidos desesperados, el corazón galopando en su estómago y un sudor frío calándole el alma. Estaba perdido. Lo intuía. Lo sabía. Aunque no por ello quiso dejar de luchar.

La sombra se descolgó como una ventosa y cayó sobre el aterido cuerpo de Andrés. Lentamente y con deleite empezó a devorarle las entrañas sabiendo que lo tendría a su merced, que nadie les molestaría por mucho que él gritase y que tardaría unos quince minutos en morir. Quince minutos angustiosos en los que su víctima sentiría cada dentellada, cada desgarro, cada succión y las lágrimas calientes resbalando por sus mejillas. Allí, delante de todo el mundo. Y sólo Andrés lo vería, lo sentiría, hasta el final.


"—Qué extraña escena describes y qué extraños prisioneros.

"—Iguales que nosotros dije, porque ¿crees que los que están así han visto otra cosa sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?

"—Forzosamente.

"—Examina pues qué pasaría cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar la luz y, cuando al hacer esto, sintiera dolor, ¿qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando goza de una visón más verdadera? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

"—Mucho más dijo.

El Mito de la Caverna
Libro VII de La República
Platón.



Aunque no pretende desentrañar la verdadera naturaleza de la realidad (y no está en sus capacidades hacerlo) la ficción intenta aproximaciones legítimas y no teme quedar al borde de ese abismo oscuro que algunos llaman locura.

Felicidad Martínez Herreros es una valenciana (de Valencia, España) de 29 años que publica por primera vez en Axxón. Este cuento es un trabajo que nació en el Taller 7 y debido a la dedicación y el empeño puestos en pulirlo y mejorarlo tenemos la certeza de que pronto la volveremos a tener por aquí.


Axxón 159 - febrero de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Demencia: España: Española).

            

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