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No quedó títere con cabeza
Por Andrés D.

Aprovechando que AnaCrónicas no salió el mes pasado (habrán visto la nota aclaratoria si no estaban sintonizando algún universo paralelo), opté por hacer buen uso del rato de ocio arreglando algunos desperfectos en mi casa. Y para empezar, nada mejor que esa mancha de humedad de mi cuarto que, mirada desde cierto ángulo, guardaba un inquietante parecido con Willem Dafoe vestido de Caperucita Roja.
      Determinado a no escatimar tiempo ni esfuerzo en hacerla desaparecer, salí a recorrer la ciudad de punta a punta en busca de un poster adecuado para taparla. Finalmente di con uno de Gil Vil, acaso una de las mejores películas que jamás he visto y que probablemente no veré nunca. “Es justo lo que necesita —me dijo el vendedor—. Ya se ha usado para fines semejantes.” Y pasó a referirme un cuento rarísimo acerca de un contador preso.
      Ésta no es la historia del contador, ni del poster, ni de la mancha de humedad (aunque cualquiera de ellas sería de un gran interés humano). No, esta historia habla de otra cosa. Más precisamente, de la cosa que encontré en mi habitación al regresar.
      ¡Y qué cosa! Me llevó un rato darme cuenta de lo que era, pues a la mayor parte no la había visto en mi vida. Un par de pequeñas porciones de ella, sin embargo, volaron los pestillos de mi memoria y me retrotrajeron a los años de mi tierna infancia. Me llevaron a aquellas tardes de café con leche y pan con manteca pasadas frente al televisor, ese viejo Zenith blanco y negro que había que cambiar de canal con una pinza porque tenía rota la perilla. Tenía frente a mí a las mismas criaturas que ocupaban esa pantalla monocroma de dos décadas atrás. Las criaturas que fueron mis compañeros de tantos juegos no interactivos. Las criaturas que aun hoy me hacen despertar gritando en medio de la noche, empapado de sudor.
      —¡Hoooola, amiguito! ¿Cómo estás? —exclamó uno de ellos tras una enorme nariz.
      Así es: eran Napiardo y Semillón. Esos seres de trapo cuyo aspecto inocente sigue persuadiendo a los padres desprevenidos de dejarlos a cargo de sus pobres angelitos. Quedé petrificado: la peor y más oscura de mis fantasías se había corporizado en mi habitación. (Ahora que lo pienso: justo ésa tenía que ser, maldita sea.)
      Allí estaban, a pocos pasos de mí los dos. No mediaba ninguna mesa, ningún mostrador, ningún antepecho de ventana, ningún borde inferior de pantalla. Los vi de cuerpo completo, como nunca los había visto. Sin haberme repuesto aún de la sorpresa, advertí que estaban encaramados en los que, tras un somero examen visual, se revelaron como brazos peludos. Los brazos convergían en un bulto grande y fofo, oculto a la vista por una remera de los Rolling Stones. De la parte superior de la remera emergía lo que podría llamar una cabeza, si no hubiese sido en realidad una mata sólida de cabellos negros y gredosos, sin rasgos distintivos. Del borde inferior asomaba un par de piernas macizas que a duras penas elevaban la antedicha cabeza unos ciento cincuenta centímetros del piso.
      —¿Qué te pasa? ¿Te comieron la lengua los ratones?
      —¿Co... co... cómo entraron?
      —Millones de chicos nos dejan entrar todos los días en sus hogares...
      —Acá no hay ningún chico. ¡Digan la verdad!
      —Bueno... Semillón se masticó la persiana.
      El otro asintió con un jadeo entrecortado. Eso siempre me resultó perturbadoramente inapropiado.
      —Un momento... ¿Ustedes no estaban en el programa donde lo tenían secuestrado a Otis? ¿No los busca la cana?
      —Flaco, te aseguro que nosotros no sabíamos nada. Nos sorprendimos tanto como vos. Por eso vinimos. Queremos que nos acompañes a un lugar donde, según creemos, vamos a encontrar respuestas sobre Otis.
      —¿Qué lugar es ése?
      —Mirá, Semillón tiene una foto en el hocico.
      —A ver...
      —Grrrrr...
      —¡Semillón, dale la foto al señor! ¡Malo, malo!
      —¡Dame eso...! ¡Aahhh...! Ahí está.
      La foto me llamó la atención, y no sólo porque estuviera cubierta de baba de títere. Parecía una imagen satelital de un caserío rodeado por un anillo de asfalto, sobre el que se veían aviones y sombras de hangares.
      Traté de ganar tiempo diciendo lo primero que se me ocurrió:
      —Los tulipanes florecen en primavera.
      —¿Qué?
      Había ganado ya bastante tiempo, así que pasé a decir algo que tuviera alguna relación con lo que estábamos hablando. Examinando la foto, arriesgué:
      —Parece un pueblo con una pista de aterrizaje alrededor. ¿Qué es?
      —Es un pueblo con una pista de aterrizaje alrededor. Se llama “Mundo Anillaco”.
      —¿Y ustedes piensan ir ahí? ¿Y quieren que yo los acompañe?
      —Sí. Tenemos todo planeado. Iremos en un avión experimental que sale de la atmósfera y se remonta a la estratósfera, y en una hora y media estaremos aterrizando en esa pista.
      —Seré curioso... ¿Cómo se aterriza en una pista circular?
      —Con muchísimo cuidado.
      —Ajá... Parece peligroso.
      —Parece y es. Toda la misión estará plagada de incontables riesgos.
      —¿Cómo cuáles?
      —No podemos contártelos. Pero es por eso que estamos seleccionando a los tripulantes según su historial de suerte extraordinaria, para mejorar nuestras posibilidades. Ya tenemos una mujer que sale favorecida en las fotos carnet. Y un tipo al que los secadores de manos de los baños públicos le funcionan sin interrupciones.
      —¿Y yo? ¿También tengo suerte?
      —Vos tenés desde hace casi dos años una cuenta de Hotmail en la que nunca recibiste un solo spam.
      —Hmmm... No sé. Me da la impresión de que estaríamos confiando mucho en cosas mágicas.
      —¡De ninguna manera! El avión cuenta con medios de avanzada tecnología. Por ejemplo, tiene un compact colgado del retrovisor para hacerse invisible al radar.
      —De todas formas no estoy seguro... ¿Puedo pensarlo un poco?
      —¡No hay tiempo para pensarlo! Debemos actuar ahora, mientras la sombra que dominaba aquel sitio recobra fuerzas tras las montañas del oeste.
      —Bueno, está bien. Supongo que va a ser una buena cobertura para AnaCrónicas. ¿Dónde está ese avión?
      —Estacionado frente a la casa. ¿No lo viste? Mirá, se ve por la ventana.
      —Eh, un momento. Eso no es un avión, es una citroneta con alas de papel maché. Y el piloto es un Garfield de peluche pegado a la ventanilla. ¿Están tratando de engañarme? Esa cosa no va a llegar ni a cien metros de altura. Ya leí el artículo de esta misma entrega de AnaCrónicas.
      Los títeres guardaron silencio. Se miraron el uno al otro por un momento y echaron a reír sombríamente. Después se pusieron serios de vuelta.
      —Muy sagaz de tu parte, humano. Descubriste nuestro plan.
      —¿Eh? ¿Qué plan?
      —¿Qué plan va a ser? El plan de secuestrar uno por uno a todos los miembros del staff de AnaCrónicas para tomar el control de la sección y convertirla en un canal de cable. Se va a llamar “AnaCrónica TV”.
      —¡Por la Galaxia! Pero... ¿Por qué?
      —¿Por qué? ¡Ja! Por supuesto que preguntás por qué. Ustedes los “carnihuesitos” no tienen visión. Con el enorme potencial que tienen entre manos, se conforman con una seccioncita de morondanga. ¡Nosotros, en cambio, tenemos una visión distinta! ¡Una visión de futuro! Imaginátelo, humano; imaginátelo si tu minúscula imaginación te lo permite: ¡Venticuatro horas al día de titulares descontextualizados y escandalosos! ¡Siete días a la semana de autobombo imparable y desvergonzado! ¡Cincuenta y dos semanas al año de marchas militares resignificadas y cuentas regresivas que no llevan a ninguna parte! Dios mío, será divino.
      —Hmmm... En ese caso, me parece que no voy nada.
      —Lo siento, ya sabés demasiado y no podemos dejarte vivir. ¡Chúmbale, Semillón! ¡Chúmbale!
      —¡Guau, guau!
      La verdad es que, a pesar de todo, el comuñe tenía razón: tengo suerte. Semillón hizo algunas muecas con su morro inexpresivo y luego se me tiró a la garganta. Pero lo hizo con tanto ímpetu que se vio desesperada e irremediablemente atrapado en una parábola balística que lo depositó sobre mi zapatilla. Sus fauces de paño lenci, desprovistas de las falanges que le conferían tonicidad, no fueron capaces más que de una suave caricia, imperceptible a través de la tela del jean.
      Napiardo quedó inmóvil, con el desconcierto dibujado con Sylvapen en sus ojos de cartón. Comprendí que no duraría mucho tiempo en ese estado; que pronto reaccionaría e intentaría algo innombrable en mi contra. Tenía que hacer algo.
      Sentí entonces el ancestral llamado del poster que aún llevaba enrollado en mis manos. Llámenme loco si quieren, pero me hablaba. Hablaba a la parte más antigua y atávica de mi ser; aquella que duerme bien en lo profundo de cada uno de nosotros y sólo despierta cuando estamos en un gran peligro, o cuando vemos películas de Tarantino. Casi sin advertirlo, levanté sobre mi cabeza el cilindro de papel y, empuñándolo como a una katana, de un certero golpe decapité al muñeco maldito.
      La gran nariz roja salió disparada, arrastrando a modo de estela el resto vacío del títere. Cual gallito de bádminton rebotó en la pared, en el techo, en el piso. Uno, dos, tres brincos de magnitud decreciente; y al fin quedó tendido cuan corto era, patética imagen de una bolsa de papas sin papas. Antes de quedar por completo exánime, alcanzó a abrir la boca y decir:
      —...
      Lo cual, supongo, es la manera en que un títere moribundo dice: “Esto no se ha acabado. Volverán a saber de mí. ¡Ja ja ja!”. O a lo mejor no. Qué se yo.
      La cosa con remera de los Stones se estremeció casi imperceptiblemente. Con movimientos lentos, irresolutos, accionó experimentalmente sus dedos, libres después de quién sabe cuánto tiempo. Luego se apartó el pelo de la cara (por lo que había debajo, habría preferido que no lo hiciera) y parpadeó ante la claridad. A continuación procedió a vaciar mis pulmones con un abrazo de oso.
      —Gracias, hermano —me dijo con lágrimas en los ojillos de sapo—. Ésta no te la voy a poder pagar nunca. —Y se marchó dando grandes zancadas, no sé si para disfrutar de su recién ganada libertad o por miedo de que intentara cobrarle de algún modo.
      Mientras tecleo esto, observo con orgullo el santuario que he montado sobre la cómoda. El poster reina en la pared frente a la ventana, iluminando la habitación con sus brillantes colores (y recluyendo a Caperucita en un oscuro y húmedo ostracismo). Y uno a cada flanco, como centinelas infatigables, se yerguen los monigotes vencidos, mantenida su posición firme por una estructura interior de bollos de papel de diario y una fina película externa de Studio Line.
      Sé, sin embargo, que este triunfo no es gratuito. Por él tengo que pagar un precio, y ese precio es la constante vigilancia. Sé muy bien que ellos no están muertos. Pues no está muerto lo que yace eternamente, ni toda la gente errante anda perdida (o algo así). Sé que desde su catatonia afelpada observan y esperan. Esperan el día en que algún incauto vuelva a meterles mano cándidamente, para regresar entonces a la vida y continuar con sus abominables intenciones mediáticas. Es por eso que he escrito, para la posteridad y sobre el poster, las siguientes palabras de recordatorio y advertencia a las generaciones por venir:

El títere está destitiriterizado. ¿Quién lo retitiriterizará? El retitiriterizador que lo retitiriterizare tendrá que vérselas conmigo.

Y bueno, ya está. No me queda nada que decir. Lo cual me parece una buena excusa para terminar acá. ¡Nos vemos!

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