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F i c c i o n e s

UN BUEN DÍA PARA MORIR
Ronald R. Delgado C.

Venezuela

No pude evitar el sentir cierta tensión en el ambiente, cierto alboroto que aunque no era evidente en las personas, estaba presente. Seguramente era el fuerte calor de la tarde, que arremetía en todos lados sin misericordia.
      Finalizaba mi trayecto en Metro y salía de la estación hacia la parada del autobús, esperando tomar por última vez en este día el transporte que me llevaría a casa.
      Había sido una larga jornada universitaria que terminó con tres disgustos académicos, una fuerte pelea con mi novia, y un estomago vacío por olvidar el dinero de la cafetería... Sin duda alguna, era un buen día para morir. Sobre todo después de sentir ese rumor ajeno y difuso que me tomó tras detenerme bajo el toldo de la parada.
      La sombra era un alivio, y no sólo para mí sino para todos los que esperaban en el lugar. Una madre con su hijo en brazos se enjugaba la frente mientras el niño le pedía un refresco. Del otro lado, un sujeto hablaba por su teléfono celular y observaba a una joven sudorosa de aspecto obstinado que trataba de despegar de su cuerpo la empapada franela que llevaba. Por mi parte, tan solo pude recostarme del poste que servía de columna y cerrar mis ojos...
      Segundos después —o tal vez minutos—, mi sueño se vio interrumpido por la presencia de una nueva persona en el pequeño recinto.
      Se trataba de un oficial de policía. Se hizo lugar bajo las sombras, dio las buenas tardes, y se paró con las piernas separadas, la mano derecha sobre el revólver en su cintura y la izquierda sobre la radio del otro lado. No pude evitar el sentirme un tanto intimidado cuando me sostuvo la mirada por un leve instante y luego asintió lentamente. Dibujé una leve sonrisa y traté de volver a mi letargo... Me fue imposible concentrarme en otra cosa más que en las palabras que comenzaron a llenar la parada del autobús, provenientes de la radio del oficial.
      El policía mantenía su vista fija al frente mientras abovedaba el parlante de la radio con su mano para escuchar con mayor claridad.
      —...El sujeto está dentro. Está amenazando a las personas con un arma corta, y tiene otra visible en su cinturón, cambio.
      —¿Qué es lo que pide?, cambio.
      —No lo sabemos aún. Está hablándole a las personas del lugar pero, no ha sido posible comunicarse con él pues no quiere contestar el teléfono, cambio.
      —¿Por qué demonios no le soltamos un tiro desde aquí y se acabó el cuento?, cambio.
      —Negativo, negativo. Es posible fallarle a él y acertarle a un inocente, cambio.
      —¿Y qué carajo hizo el vigilante?, es un banco, todos los bancos tienen un vigilante, cambio.
      —El sujeto no es estúpido. Al parecer desarmó al vigilante apenas entró en el lugar, cambio.
      Un montón de estática sacudió la comunicación.
      —Pérez, Pérez.
      —Aquí, cambio.
      —Mantenga la línea abierta, trataré de comunicarme con el sujeto por teléfono, cambio.
      —Copiado.
      Las voces se apagaron.
      Parecía como si yo fuese el único interesado en la conversación que se había llevado a cabo, pues ninguno de los demás presentes enarcó las cejas como yo lo hice. Quizá estaba siendo realmente entrometido, pero me era imposible no escuchar la radio del policía.
      De nuevo el oficial me sostuvo la mirada. La evité lo más rápido que pude y clavé mis ojos en el suelo.
      La comunicación volvió:
      — ...sta ahora el sujeto no ha hecho daño a nadie, pero está amenazando en extremo a las personas... Espere... —Detrás de la bulla, un teléfono sonó sutilmente.
      Me preguntaba dónde se estaban llevando a cabo tales sucesos. Se trataba de un banco, pero, ¿Sería alguno cercano? ¿Sería el que estaba a unas cuantas calles de la parada?. No, si así fuese ese oficial no estaría aquí esperando por un autobús.
      —Sargento, tenemos comunicación con el interior. Un rehén hizo la llamada bajo las órdenes del sujeto, cambio.
      —Bien, Pérez, enseguida llego al lugar, cambio.
      Nuevamente las voces se apagaron.
      Dentro de mi cabeza toda una imagen mental estaba construida a la perfección, y me resultaba muy interesante. En ningún momento pasó por mi mente el hecho que el autobús estaba tardando demasiado.
      Sin embargo, sentí un escalofrío cuando una patrulla policial pasó a toda velocidad por la avenida frente a mí, seguida por tres motocicletas.
      El oficial a mi lado las observó alejarse sin profundo interés.
      —¡Tenemos comunicación! —explotó en la radio—. El sujeto nos está hablando, Sargento. Cambio.
      —Excelente, sáquenle todo lo que puedan y esperen mi llegada, cambio.
      —Afirmativo, fuera.
      La madre con el niño se impacientó y salió caminando de la parada, directa hacia la fuente de soda de enfrente. Al parecer los ruegos del niño dieron resultado.
      El otro sujeto ya había terminado de hablar por su teléfono y miraba a la joven con los ojos un tanto desorbitados. Por su parte, la joven continuaba su lucha contra el sudor, y no dejaba de observar la fuente de soda, considerándola una y otra vez.
      De nuevo, la comunicación:
      —...Canales abiertos, tenemos comunicación adentro. Repito, mantengan los canales abiertos. —Esta voz era la de otro oficial—. Finalmente el sujeto habló. Parece ser un loco que tiene un ataque de estrés o algo por el estilo, cambio.
      —¿Qué carajo? —soltó la voz que reconocí como la del Sargento.
      —El tipo dice que no puede más, que el calor lo está matando, que su novia lo mandó para el carajo hace un rato, que se lo clavaron en dos de tres exámenes que presentó en la universidad la semana pasada, y que ahora el banco dice no tener registro de depósito de su último sueldo... A decir verdad no me extraña la actitud del pobre, si todo lo que dice es cierto, cambio.
      Mi piel se puso fría y pálida. Me volví hacia el oficial y lo vi sonreír. No podía creer lo que recién había escuchado. Era como oír el eco de mis pensamientos de hacía un rato pero minutos más tarde.
      —Ah, coño. Lo que nos faltaba. No es posible entrar en el lugar y sacarlo, ¿Cierto?, cambio.
      —Negativo, está como loco. Es preferible mantenerlo conversando y tranquilo, cambio.
      —...Ya veo, Pérez, cambio y fuera.
      Por un momento creí que todo se había acabado, pero recordé que las líneas de los oficiales estaban abiertas y aún así podía oír todo.
      Detrás del alboroto de fondo, no pude percibir el rumor de las patrullas que alrededor de mi se amontonaban.
      —Pérez, a ver qué tenemos —la voz era lejana pero perceptible.
      —Ahí lo tiene señor, es un joven, de veinte a veinticinco años, caucásico, completamente loco. No hace sino apuntar a las personas y exigir el pago de su mísero sueldo.
      —¿Y por qué demonios el gerente del banco no le da lo que le pide y ya?.
      —No lo sabemos, no hemos podido hablar con él.
      —Todos los rehenes corren peligro, y se trata de un solo agresor. Tengo permiso para desarmarlo como sea posible y le daré un tiro si es necesario.
      —¿Qué va ha hacer, Sargento?.
      —Llamaré su atención... Cúbranme.
      En el fondo de la transmisión se escucharon muchas voces que gritaron "Atención, atención".
      No pude percatarme sino hasta ese momento que la joven sudorosa estaba en la fuente de soda tomando una bebida, y el sujeto del celular había desaparecido.
      Sólo el oficial y yo habitábamos la parada del autobús.
      Ahora la tensión del ambiente me llenaba por completo y me hacía dudar de todo lo que estaba sucediendo. ¿Dónde está el maldito autobús?, pensé.
      —¡Atención! El Sargento se va a acercar a la puerta de la instalación. Va a llamar la atención del sujeto.
      —¡¿Qué?! Es muy peligroso —gritó otro oficial.
      —Qué coño, él es el jefe.
      Nueva estática y silencio, luego voces.
      —Está frente a la entrada y está llamando a la puerta. ¡Sargento, el sujeto lo vio y está tomando a una mujer entre sus brazos! Parece que va a salir con ella como escudo.
      —No se preocupen, me lo esperaba —dijo el Sargento.
      Ruido, voces.
      —Está saliendo, el muy estúpido.
      —¡Silencio!
      —¡Silencio!
      Se formó silencio dentro del pequeño radio, y suavemente una voz se fue esparciendo.
      —Policía —dijo, tremulante—. Policía. Por favor no haga nada estúpido si no quiere que mate a esta mujer...
      —Tranquilo, muchacho. Quiero ayudarte, tan solo dime qué hacer.
      —Usted no entiende, no entiende. Usted no sabe lo que se siente esforzarte toda una semana, partiéndote el cráneo estudiando para que venga un maldito profesor y te joda como le dé la gana...
      —Tranquilo muchacho, continúa hablando, desahógate.
      —Desahógate un coño. —
Se escuchó movimiento—. La persona que solía escucharme me mandó para el carajo, la muy perra. Se fue con otro tipo que tenía más dinero que yo —el sujeto lloraba—. El banco no quiere darme lo que me debe, el maldito calor me tiene harto, y las paradas de autobús no hacen sombra suficiente.
      El oficial a mi lado sonrió de nuevo. Yo no pude más que sentir miedo, pues de alguna manera me identifiqué con el sujeto, y esas últimas palabras, que de hecho no tenían relación alguna con su presente, parecieron ser dirigidas a mi persona.
      —Joven, dime qué puedo hacer para ayudarte, tan solo eso.
      —¡Un coño! ¡Un coño puedes ayudarme!
—un llanto de mujer comenzó a tomar la comunicación—. Un coño puedes ayudarme porque mi mamá se tomó el refresco que yo le pedía...
      Mi mirada se fijó como un rayo en la fuente de soda, donde la mujer con su hijo ya no estaban.
      —Tranqui...
      —...¡Un coño puedes ayudarme! Porque estoy seguro que al sujeto del celular lo que le gustó fue la camisa pegada con sudor a las tetas de la mujer que amaba...
      Una gota de sudor frió recorrió mi sien y se estrelló luego en el suelo. Tanto la joven como el sujeto del celular que había desaparecido estaban ahora sentados en la fuente de soda besuqueándose sin parar.
      —...¡Un coño puedes ayudarme! Porque si no te has dado cuenta, el autobús no ha llegado, el calor no ha pasado, y esta tipa me está excitando...
      La mujer soltó un grito ahogado. Yo me ahogué en pensamientos.
      —...¡Aléjate policía, aléjate! Quiero tirarme a esta tipa y nada en el mundo va a evitar eso...
      La mujer soltó otro grito ahogado. Mis ojos estaban abiertos de par en par.
      —¡Sargento, cuidado! El sujeto está apuntando su arma, está levantando su arma al aire...
      —...¡Aléjate!...
      Un disparo se escuchó, seguido de otro más fuerte. Salté sobre mí mismo. La mujer gritó y luego sonó un golpe seco.
      —¡Disparó, el sujeto disparó al aire!.
      —El Sargento le dio, le dio en la cabeza. La mujer está a salvo. ¡Todo está controlado! ¡El sujeto solo disparó al aire!
      Nuevas voces llenaron la radio. Mi corazón latía deprisa, sudaba frío y temblaba. En ese preciso momento, el oficial presionó su mano contra la radio y la apagó. Me observó con una mirada seca y punzante.
      Luego, un zumbido, leve, muy leve, oí venir hacia mí.
      De pronto, mi pecho se estremeció, mi respiración se cortó y mis sentidos se nublaron. Una bala me había atravesado, una bala perdida. El oficial me vio caer sin mostrar expresión alguna. Comencé a perderme dentro de mí mismo y mi alrededor se hizo difuso. Sin embargo, pude ver claramente cómo el autobús llegaba, cómo el oficial lo abordaba y luego se iba dejando una estela de humo negro.
      Mi rostro daba al cielo, pero ya el Sol no brillaba. Más bien el firmamento estaba dibujado con una serie de hermosos matices que se confundían con las nubes a lo lejos.
      Definitivamente, era un buen día para morir.


Ronald R. Delgado

Ronald Delgado tiene 21 años. Nació en Caracas, Venezuela, y ha vivido allí, en la Capital, desde entonces. Está cerca de ser licenciado en Física de la Universidad Central de Venezuela. Su campo de trabajo es el de la Inteligencia Artificial y la Robótica. Lee principalmente Ciencia-Ficción, aunque también le encanta el Terror y las novelas de suspenso. Su escritor favorito es Isaac Asimov y su novela favorita Anochecer. También la serie de la Fundación. Adora el trabajo de E. A. Poe y le encantan también las novelas de asesinos en serie como las de Thomas Harris. Admira a los genios como Clarke, Bradbury, Heilein, Tolkien, Dick, etc. Afirma que "Sobre las películas puedo decir que soy fanático de la serie de Star Wars y además de ellas, mis otras dos películas favoritas son Blade Runner y The Matrix". Admira el trabajo de Spielberg y Kubrick. Otro cuento suyo, Disfrutar de esa manera, apareció en el Axxón # 115.



Axxón 125 - abril de 2003


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