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El mapa de Utopía Pablo Capanna |
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Hace no mucho tiempo, el Centro era el punto fijo en torno al cual giraban no sólo los porteños sino muchos bonaerenses. Avatares de la megalópolis Leyendo El fin del trabajo, de Rifkin, nos tropezamos con la descripción de las megalópolis del futuro que imaginaban los entusiastas del progreso a principios de siglo. Se las concebía como enormes áreas urbanas y suburbanas (de más de mil kilómetros cuadrados) conectadas por caminos radiales a un Centro donde se asentaba el poder industrial. En The Milltillionaire, (1895) Albert Howard dividía los EE.UU. en veinte megalópolis, que funcionaban "con todo el poder de la electricidad". En su centro imaginaba cientos de rascacielos gigantescos, desde donde irradiaban amplias avenidas arboladas. La más famosa de las utopías socialistas, la Icaria de Cabet (1840) continuaba en cambio la tradición "política" de More. Se preocupaba más por señalar la espaciosidad y limpieza de las calles, o la sencilla elegancia de las viviendas, que por imaginar colosales proyectos centralizados. Pero la ciudad de Icara, capital de Icaria, era casi circular. Estaba dividida en dos partes casi iguales por el río Majestuoso, cuyo curso había sido rectificado y dragado para permitir el paso de los buques. En el centro, el río se dividía en dos brazos que encerraban una isla circular. La isla constituía la plaza central y en su centro se elevaba el palacio de gobierno, rodeado de parques. En medio del palacio había un jardín en forma de terraza, con una inmensa columna coronada por la estatua del primer revolucionario. En el fondo, se diría que la ciudad utópica de Cabet se parecía bastante a París, dividida por el Sena, con la Île de la Cité en el centro. Luego vinieron los escritores de ciencia ficción, muchos de los cuales no tuvieron mejor idea que imaginar inmensos Imperios galácticos inspirados en Roma, cuyo centro era una suerte de planeta-ciudad donde se centralizaba el poder. Isaac Asimov, que confesaba haberse inspirado en los subterráneos de Nueva York para escribir Las cavernas de acero (1953) y en Roma para Guijarro en el cielo (1950) imaginó la megalópolis de Trantor, sede del Imperio, como un planeta entero habitado hasta más de un kilómetro de profundidad, aun debajo del suelo oceánico. En su clásica Fundación (1952) describía así las impresiones de un muchacho que llegaba de un planeta provinciano a la majestuosa Trantor: "No pudo ver la tierra. La ocultaba la complejidad, siempre creciente, de las construcciones humanas. No pudo ver otro horizonte que el del metal sobre el cielo, extendiéndose a lo lejos en un gris casi uniforme. Sabía que así era toda la superficie del planeta [...] No había verde que ver, ni suelo, ni otra vida que la humana. En alguna parte de aquel mundo se hallaba el palacio del Emperador, que estaba situado en el centro de dos mil kilómetros cuadrados de suelo natural, verde por los árboles y cubierto con el arco iris de las flores. Nada nuevo, desde la ciudad mágica de Hermes. Pero el Palacio del Emperador podía recordar a la Casa Blanca, y los floridos parques evocaban al Central Park de New York. Hasta aquí, las ciudades que habitamos y las que somos capaces de imaginar, inspiradas por la utopía. Su decadencia comienza por el centro, como recuerda Sebreli. Pero ya existen ciudades como Los Angeles, que no tiene centro: se extiende en forma continua, atravesada por una cuadrícula de autopistas, como si fuera un símbolo posmoderno. La utopía de hoy está en los no-lugares de la globalización: "utopía" significa "no-lugar". Se dice que la utopía ha muerto. En la enciclopedia de Microsoft no existe la voz "utopía". No se menciona a los utopistas, aunque sí están Menem y Madonna. Estamos inmersos en la utopía de la globalización, y cualquier alternativa es tachada de utópica. Pero con la utopía ocurre lo mismo que con la historia: si nos empeñamos en desconocerla, termina por dominarnos. Originalmente en Página 12, 7 de abril de 2001 |
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