Planeta Axxón

En la órbita de Axxón, ciencia ficción en bits

agosto 21, 2008

CRISEI — Marín, Rafael

NUNCA DIGAS BUENAS NOCHES A UN EXTRAÑO (6)



Estuvimos discutiendo algunas pequeñas puntualizaciones durante el resto de la noche, hasta que el amanecer pareció ya demasiado inminente. Ellos hablaban y hablaban, desplegando ante mis asombrados ojos todo un abanico de felices augurios. Para aquellas mentes cuadriculadas no parecía existir el significado de la palabra fracaso.

Estaban tan convencidos de la victoria final que hablaban con un exaltado tono de optimismo que juzgué muy peligroso, porque se contagiaba rápidamente. A cada una de mis nuevas preguntas, ellos contestaban con alguna salida que servía para difuminar mis temores, aunque no para borrarlos del todo.

Jhon, el del rostro estúpido y pistola igual que la mía, miró el reloj del escritorio y luego hizo una seña al resto del grupo. Inmediatamente, los hombres de detrás de la mesa se pusieron en pie, movidos por un resorte milimétrico que me trajo a la mente el recuerdo de los «seguris». Cuatro segundos después, dos de ellos salieron de mi casa, sin hacer ruido, y se perdieron cuando la puerta se corrió detrás con un suave ronroneo. Eran Christian y el otro, cuyo nombre no conseguía recordar, y a quien nunca más he vuelto a ver. Tras esperar un tiempo prudencial, José hizo lo mismo, aunque él fue más educado y se despidió antes con una señal de cabeza.

Jhon consultó el reloj y entonces guardó la pistola en el cinto. Se alisó los pliegues de la camisa (debía ser todo un dandy) y se dispuso a salir. Estaba ya en la puerta cuando se dirigió a mí:

—Hasta la vista. Y no lo olvides: No nos busques. Nosotros te encontraremos a ti. Tampoco le hables a nadie de nuestra existencia.

Aquella pregunta rozaba la impertinencia más sublime, así que decidí ser impertinente a mi vez.

—Descuida, los «seguris» no suelen pagar generosamente las delaciones de gente como yo.

Jhon se detuvo en la puerta el tiempo suficiente para darse cuenta de que estaba bromeando. Cuando fue a salir, le interrumpí la marcha otra vez.

—¿Y si me sale algún nuevo caso?

Jhon pareció exasperarse hasta el infinito, me miró con odio y masticó las palabras antes de marcharse definitivamente.

—Acéptalo. No podemos hacer nada que pueda conducir a nuestra pista. Actividades normales, no lo olvides.

—Good bye —escupí en inglés, con una sonrisita que me llegaba desde una oreja hasta la otra.

—Eres de los que no perdonan, ¿eh?

La voz sonó a mi espalda. Era Sondra, a quien había estado a punto de olvidar. El olor era demasiado fuerte como para haberla olvidado por completo.

—Eso creo —contesté concentrando todo mi poder de seducción en mi ojo izquierdo.

Me acababa de dar cuenta de que estábamos completamente solos. Estuvimos casi cinco minutos allí, uno frente a otro. Ella sentada de mala manera sobre la mesa blanca, yo hundido en el sillón, muy cansado pero sin pizca de sueño. El reloj seguía latiendo con su quejido monótono.

—¿Tú no sales? —pregunté mirándole la boina negra sobre el manojo de cabellos rojos.

Ella se repantigó sobre el escritorio y me lanzó una de esas miradas que te hacen cosquillas en los tobillos.

—Mi misión es vigilarte de cerca. Di un paso hacia ella. Sonreía.

—¿Cómo de cerca?

Al principio la mesa fue incómoda, después terminamos por acostumbrarnos. Ella era todavía más explosiva de lo que yo había imaginado.

Por cierto, ni siquiera se quitó la boina.

agosto 21, 2008 18:45

Blogdemlo — Olmedo, Ivan

El Zocofán (28)

Una de las satisfacciones más profundas que produce el mantenimiento de El Zocofán consiste en caminar un buen día por una calle cualquiera y, de repente, encontrarse con una perla. Esto es, un ejemplar de algo absolutamente zocofanero ( con intención o sin ella ) que merece ser retratado para la posteridad y no quedarse [...]

by ivanolmedo at agosto 21, 2008 18:15

POR SI ACASO: PREVINIENDO DESASTRES — López Muñoz, Miguel A.

ONDA (micro relato improvisado)

Avanza, una inexplicable onda de lasitud. Casi física, inefablemente orgiástica.

La Iglesia de las Veleidades acaba de cerrar sus suscripciones durante este año, y sus miembros se asoman a las puertas para unirse a la inenarrable algarabía que puebla las almas de los tocados por la onda. De manos de amables sirvientes neomecánicos se recogen espurias fanfarrias que aletargarán aún más el amargo recuerdo de pasadas experiencias. Las ondas de electrones que conforman los pseudos pensamientos de estos seres mecánicos sirven como conexión hacia nuestras neuronas, formando un puente de altas probabilidades, resonancias de frecuencias y variables que consuman un mundo por explorar, de sentidos y sentimientos.


Ahora, todos juntos, seres artificiales, acólitos de la Iglesia de las Veleidades, personal civil del Partido de las Nuevas Energías, y frecuencias sensibles y casi orgánicas, desrrollaremos un nuevo modelo de convivencia, gracias a la Onda de Lasitud Inefablemente Orgiástica que nos ha sido enviada desde otros planos de las realidades.

Y seremos felices; o al menos, moriremos creyéndolo. Y nuestro sucesores, los sirvientes neomecánicos, que nunca se estropean, que nunca se equivocan, abrirán de nuevo el proceso de selección a nuevas Iglesias de lo Variable.
(Loado sea su Diox de acero y probabilidades)

by JAVIER (noreply@blogger.com) at agosto 21, 2008 19:08

Las novedades de hoy en Axxón — 100% Axxón

Novedades en Axxón

Novedades del 21 de agosto de 2008

El regreso de Osiris
Caen los gahumitas en Mercurio, su flota se repliega, combatiendo
http://axxon.com.ar/osi/princ.htm

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Noticias en Axxón
http://axxon.com.ar/noticias080821.htm

[ciencia, descubrimientos]  21/Ago/08 - Medios
Descubren cómo producir sangre con células-madre
http://axxon.com.ar/not/188/c-1881091.htm
Científicos dijeron ayer haber descubierto una forma de producir
grandes cantidades de sangre en el laboratorio utilizando células
humanas embrionarias, lo que podría convertir a las donaciones de
sangre en una reliquia del pasado

[espacio, Exploración] 21/Ago/08 - Medios
Nueva piel delgada para proteger naves espaciales diminutas
http://axxon.com.ar/not/188/c-1881092.htm
Flotas de diminutas naves espaciales podrían estar ahora más cerca de
despegar

[ciencia, descubrimientos] 21/Ago/08 - Medios
La poligamia es la clave de una larga vida
http://axxon.com.ar/not/188/c-1881093.htm
¿Quiere vivir un poco más? Tenga una segunda esposa. Una nueva
investigación sugiere que los hombres de las culturas poligámicas
sobreviven a los de las monogámicas

[cine, video] 21/Ago/08 - Medios
Tom Cruise busca nuevos caminos junto a Sam Raimi con "Sleeper"
http://axxon.com.ar/not/188/c-1883038.htm
La adaptación del cómic "Sleeper" es el nuevo interés de Tom Cruise,
quien junto a Sam Raimi ha comenzado a desarrollar un film que espera
le lleve a un terreno más exitoso que el transitado en los últimos tiempos

[cine, video] 21/Ago/08 - Medios
"Twilight", adaptación de la novela "Crepúsculo", de Stephenie Meyer
http://axxon.com.ar/not/188/c-1883039.htm
Adelantaron el estreno de esta película de vampirismo adolescente para
el 21 de noviembre, en lugar del 12 de diciembre, como estaba previsto

[cine, video] 21/Ago/08 - Medios
The Imaginarium of Doctor Parnassus": se complica su estreno
http://axxon.com.ar/not/188/c-1883040.htm
Vaya cosa extraña está ocurriendo con el último trabajo en vida de
Heath Ledger, y que dejó incompleto por los fatídicos acontecimientos
que ya conocemos

by Edu at agosto 21, 2008 16:10

Noticias ciencia-ficción — Noticias Ciencia Ficción

"Your name here" Bill Pullman como escritor de cf


Se está celebrando la 32 edición del Montreal World Film Festival. Dentro de este certamen se ha presentado la película estadounidense Your name here, dirigida por el debutante Matthew Wilder, y protagonizada por Bill Pullman.

En la película, un famoso escritor de cf se encuentra estresado, presionado por su editorial para que termine su última novela. Progresivamente, la línea entre realidad y percepción va difuminándose, y de pronto se da cuenta de que está en un universo creado por él mismo, está viviendo una de sus novelas.

(Fuente: Northern Stars)

by Noticias Ciencia Ficción (noreply@blogger.com) at agosto 21, 2008 16:00

POR SI ACASO: PREVINIENDO DESASTRES — López Muñoz, Miguel A.

SERES (micro relato improvisado)

- ¿Tú crees que esta salida estará habilitada para seres como nosotros?- preguntó Little Little.
-No lo sé, pero esperemos que no nos retrase mucho- respondió Jan Joan.

Ambos eran meras quimeras, seres oníricos, parte de un sueño equivocado en una mente demasiado frágil como para poder hacer frente a los desafíos diarios.

- Por si acaso no lo conseguimos, prométeme que no te enfrentarás con él.- pidió Jan.
-Sí, ya lo sé; no tiene culpa ninguna de habernos creado así. Es su subconsciente, el reflejo de una mente rota.- respondió su compañero.
-Ahora bien -continuó Jan- como consigamos liberarnos, salir de su cabeza, se va enterar de cómo la gastamos los seres de las pesadillas-
- Jeje, sí, va a ser digno de ver cómo se enfrentará a sus monstruosas creaciones.

Y diciendo esto, ambos seres forzaron una vez más los límites del sueño del desgraciado paciente del psiquiátrico. Iban con prisas, pues muchos de los seres de la imaginación de otros pacientes ya esperaban ansiosos la llegada de todos los compañeros posibles para, una vez haberse encargado de sus “creadores”, hacer lo mismo con el resto del mundo vigil…

by JAVIER (noreply@blogger.com) at agosto 21, 2008 16:32

¿Os interesa leer poesías de Ciencia Ficción? (por favor, deja comentario, gracias)

Junto con el compañero Carlos Daminsky , estamos elaborando un proyecto que, a priori, puede parecer un tanto curioso. Lo digo porque es un proyecto literario de Ciencia Ficción, pensado para estructurarlo en unas tres partes.
Se trata de una recopilación sobre seres mecánicos: androides, robots, cyborgs, etc.
Una parte del proyecto sería una serie de relatos cortos, escritos de forma individual por Carlos y por mí sobre ese tema; otra, relatos mas largos, llegando incluso a novela corta (o, porqué no, a novela); y otra, y aquí viene lo que más nos “preocupa” por la reacción de los posibles lectores, una serie de poesías de ciencia ficción sobre el tema propuesto.


Por eso me gustaría preguntaros por vuestro supuesto interés en el tema, tanto del proyecto global, como más concretamente sobre el tema de las poesías. Tanto de Carlos como mías ya habéis podido leer algunas, en lugares como
Sedice.com, NGC 3660, Ediciones Efímeras, Portal de Ciencia Ficción, Alfa Eridiani, etc.
Os agradeceríamos comentarios sobre el asunto, para así poder valorar el tema.
Gracias anticipadas.

by JAVIER (noreply@blogger.com) at agosto 21, 2008 16:31

CRISEI — Marín, Rafael

NUNCA DIGAS BUENAS NOCHES A UN EXTRAÑO (5)



Creo que va siendo hora de confesar que tengo un pequeño defecto. Nada fuera de lo normal, por otra parte. La cuestión es que no sé decir que no. Soy un indeciso, un blandengue, un sentimental o como queráis llamarlo. Pero no sé decir que no, sobre todo cuando me están apuntando con una pistola a pocos centímetros de mi precioso cráneo.

Es comprensible, ¿no? Mi psiquiatra dice que no tiene nada de extraordinario, que a él también le cuesta trabajo negarse a hacer algunas cosas de vez en cuando. Si él lo dice, debe tener razón.

El caso es que no les dije que no. Quiero decir que no me opuse a su descabellado propósito de atacar al puñetero Palacio de Cristal y hacer que Haydn se convirtiera en el rehén más asustado de la Historia. No es que me convencieran de que todo fuera a salir bien. Yo sabía que era un suicidio, que nos jugábamos tontamente el pellejo, que íbamos a terminar hechos serrín gracias a nuestras ganas de meternos en líos. Pero no les dije que no. Después de mucho pensar, he llegado a la conclusión de que no fue por cosa de la pistola. Si Jhon hubiera intentado disparar, me hubiera dejado listo, por supuesto, peroél hubiera caído primero. Creo que la idea me atraía. Dios santo, claro que me atraía.Terminar con los «seguris» y devolver la confianza al ser humano. Era grandioso. Hacer la Revolución contra el cerdo atrincherado en su guarida invencible. Derrotarlo. Como si de repente todos los sueños fueran a convertirse en una realidad pintada de rosa.

También estaba la cuestión Carolina. Apenas lo he mencionado aquí, pero realmente me dolió la muerte de la muchacha. Cuando llegué a casa me sentía lleno de odio contra todo lo que oliera a policía pintado de negro. Mis amigos los revolucionarios no podían haber elegido un momento más propicio para intentar reclutarme para su bella locura.

Aunque parezca ridículo, tenía la imagen de la pequeña Carolina grabada a fuego en la mente. Como en una tragedia clásica, mis instintos clamaban venganza. Quería mi buena dosis de sangre. No estaba seguro de que los cyborgs llevaran hemoglobina por dentro, pero en aquel momento me daba exactamente lo mismo. Bang, adiós hijo de puta. Me hubiera encantado hacerlo. La sonrisita del teniente «seguri» me había revuelto las tripas.

Creo que acepté por esto, por destrozar a alguno de ellos antes de que me pegaran un tiro, por la estupidez de darme ese gusto. En ese momento todos los «seguris» me parecieron iguales, lo mismo que nosotros debíamos parecérselo a ellos. Ninguno se merecía otra cosa que un buen disparo en la cabeza. Como sumergido en un carrusel aluciente, comprendí que los habíamos aguantado demasiado tiempo. Y me uní a mis nuevos amigos dispuesto a llegar hasta el final en aquella locura.

Además, estaba el cansancio. No el cansancio físico, sino el moral. Nadie más que yo (y mi psiquiatra, desde luego) sabe lo aburrida que había sido mi vida hasta aquel momento. En mi actividad profesional no había habido un solo caso que mereciera la pena. Nada de emoción, nada de intrigas. Siempre la misma rutina estúpida: «Búsqueme a mi marido, desapareció hace quince días», o «Creo que mi mujer me engaña, sígala a todas partes pero ojo, no vaya usted a pegarme el salto», o «Hace doce años que no sé nada de mi tío Fulano, ¿podría usted hacerse cargo?» Madre de Dios, si el caso más interesante que he tenido consistió en la localización de un perro. Sí, un perro. Un pastor alemán. Tardé tres meses en encontrarlo, y al final tuve que llegar hasta Arnhem siguiéndole la pista. El animalito era el único heredero de un millonario neurótico, maldito fuera.

Bien, llega el momento en que uno revienta y no puede más. El momento parecía haber llegado. Al fin iba a tener un poco de intriga, acción, mujeres hermosas. Como siempre había deseado. No importaba mucho el que oficialmente estuviera del lado de los «malos». Si ganábamos nuestra guerra, seríamos aclamados como los héroes de nuestro tiempo. Si no la ganábamos, lo que parecía más seguro, al menos nos habríamos ido al otro mundo con la satisfacción de haberlo intentado. Tal vez otros imitaran nuestro gesto algún día.

Santo Dios, acababa de descubrir que soy un idealista. Tantos años viviendo como un lobo solitario, procurando interferirme en los problemas de los demás, viviendo por cuenta ajena, me habían ocultado la verdad: Soy un idealista. Lo que equivale a decir que soy un estúpido. Maldición, ni siquiera el ladrón de mi psiquiatra se había dado cuenta. Miles de horas desperdiciadas en su consulta para nada. Había bastado la muerte de una muchacha a manos de los «seguris» y la presencia de un puñado de revolucionarios del tres al cuarto encabezados por una mujer bellísima para que yo me diera cuenta. Bien, si los idealistas cometen estupideces, no cabe duda de que yo soy el mayor idealista de todos los tiempos. Ojalá hubiera cerrado la boca o me hubiera partido un rayo en aquel momento.

agosto 21, 2008 13:16

La Sombra de Grumm — Mateo, David

Parejas

No es el mejor día para divagar, no hay ganas ni fuerzas. La tarde de ayer fue terrible y vaya por delante el ánimo para todos los familiares e implicados en el vuelo JK 5022 de Spanair.
Hecho este pequeño inciso, vamos a intentar poner una nota curiosa al día. Los textos que voy a incluir a continuación fueron extraídos del Portal Financiero de un diario estadounidense.


Primero el anuncio de ella:

Soy una chica linda (maravillosamente linda) de 25 años. Estoy bien formada y tengo clase. Estoy queriéndome casar con alguien que gane como mínimo medio millón de dólares al año. ¿Tienen en este portal algún hombre que gane 500.000 dólares o más?. Quizás las esposas de los que ganen eso me puedan dar algunos consejos. Estuve de novia con hombres que ganan de
200 a 250 mil dólares, pero no he podido pasar de eso y con 250 mil no voy a vivir en el Central Park West como es mi deseo. Conozco a una mujer, de mi clase de yoga, que se casó con un banquero y vive en Tribeca, y ella no es tan bonita como yo, ni es inteligente.

Entonces, ¿qué es lo que ella hizo y yo no hice? ¿Cómo llego al nivel de ella?

Rafaela S.

Y ahora la respuesta de él en un diario posterior:

Leí su consulta con gran interés, pensé cuidadosamente en su caso e hice un análisis de la situación. Primeramente no estoy haciéndole perder tiempo, pues gano más de 500 mil por año. Aclarado esto, considero los hechos de la siguiente forma:

lo que Ud. ofrece, visto desde la perspectiva de un hombre como el que Ud. busca, es simplemente un pésimo negocio. He aquí los por qué: dejando los rodeos de lado, lo que Ud. propone es un simple negocio. Ud. pone la belleza física y yo pongo el dinero. Propuesta clara, sin entrelíneas. Sin embargo existe un problema: con seguridad, su belleza va a decaer y un día va a terminar, y lo más probable es que mi dinero continúe creciendo. Así, en términos económicos Ud. es un activo que sufre depreciación y yo soy un activo que rinde dividendos. Ud. no sólo sufre depreciación, sino que como ésta es progresiva, aumenta siempre!

Aclarando más, Ud. tiene hoy 25 años y va a continuar siendo linda durante los próximos 5/10 años, pero siempre un poco menos cada año, y de repente si se compara con una foto de hoy, verá que ya estará envejecida. Esto quiere decir, que Ud. está hoy en ‘alza’, en la época ideal de ser vendida, no de ser comprada: usando lenguaje de Wall Street, quien la tiene hoy la debe tener en ‘trading position‘ (posición para comercializar), y no en ‘buy and hold‘ (compre y retenga), que es para lo que Ud. se ofrece. Por lo tanto, todavía en términos comerciales, casamiento (que es un ‘buy and hold‘) con Ud. no es un buen negocio a mediano / largo plazo, pero alquilarla puede ser, y, en términos sociales, un negocio razonable que podemos meditar y pretender. Yo pienso, que mediante certificación de, ¿cuán ‘bien formada, con clase y maravillosamente linda’ es?, yo sería un probable futuro locatario de esa ‘máquina’; pero quiero lo que es de práctica habitual: hacer una prueba, o sea un ‘test drive…’ para concretar la operación.

¿Puedo agendarla?

Chiquitín desde Caracas.

Por aquí tienen las cartas completas. Y es que en algunos casos el amor también tiene fecha de devaluación.

by David Mateo (noreply@blogger.com) at agosto 21, 2008 09:01

agosto 20, 2008

CRISEI — Marín, Rafael

NUNCA DIGAS BUENAS NOCHES A UN EXTRAÑO (4)



Llegué a casa cuando ya estaba bien entrada la noche. Saqué la llave de plástico y la introduje en la cerradura para abrir la puerta. Fui a encender la luz cuando me percaté de que dentro me estaba esperando alguien. Me llevé una mano a la pistola pero desistí a medio camino, porque si hubieran querido dispararme ya habían tenido tiempo más que suficiente para hacerlo. En la oscuridad pude percibir cuatro bultos y el olor agrio de un perfume desconocido. Encendí la luz y detrás de la mesa de mi despacho encontré cuatro hombres, uno de los cuales me apuntaba con un arma. Sobre el escritorio, junto al teléfono, estaba sentada una mujer.

—Buenas noches, míster Still, adelante. Como suele decirse, está usted en su casa — dijo el hombre de la pistola, el que estaba sentado en mi sitio, habiéndome en inglés.

Mi abuelo (que en gloria esté) solía repetirme un refrán cuando yo todavía era un niño y no levantaba más de dos palmos del suelo. Lo había oído en sus tiempos jóvenes, cuando recorría Indochina y Polinesia con un subfusil en la mano y una cámara fotográfica colgada del cuello. El refrán, que nunca he podido olvidar, decía así: «Nunca digas buenas noches a un extraño», y a él me agarré. Permanecí de pie en el marco de la puerta, observando los cuatro rostros desconocidos y el cuerpo sinuoso de la mujer, que era pelirroja y me miraba con una sonrisita complaciente.

—Todavía soy Steel —contesté con una mueca.

El hombre de la pistola sonrió ante el juego de palabras y bajó un poco la guardia. Es curioso cómo todo el mundo, por mi apellido, empieza llamándome «míster Steel», creyendo que soy anglosajón. Únicamente los «seguris» se dirigen a mí en holandés, trocando el «míster» por un «señor» muy educado. Es un punto a su favor, pero no cambia demasiado mi actitud respecto a ellos.

—Queremos hablar con usted. De negocios —continuó el hombre en inglés.

—La oficina está cerrada, lo siento —contesté en holandés, mascando las palabras, con ganas de partirle la cara a aquel idiota.

—No es por algo relacionado con su profesión. Queremos tener con usted una charla...amistosa.

Claro, y por eso entraban en mi casa por sorpresa cuando yo estaba fuera y me apuntaban con una pistola para que la charla fuera todavía más interesante. Sopesé las posibilidades de sacar la Luger y disparar contra ellos, pero todo estaba en mi contra. Posiblemente podría alcanzar a uno o dos antes de que hicieran fuego sobre mí y me llenaran el cuerpo de agujeritos redondos. Demonios, incluso la mujer parecía peligrosa. La más peligrosa de todos.

—Muy bien —claudiqué fastidiado—. Muy bien, charlemos. Hace buen tiempo, ¿eh? Creo que mañana lloverá, ¿no le parece?

La mujer sonrió divertida y el hombre de la pistola pareció muy azorado. Los otros tres no dijeron nada, estaban muy atentos controlando mis movimientos.

—Realmente tiene usted sentido del humor, míster Steel. Un sentido del humor muy inglés.

Hasta ahí llegué. Me volví fastidiado hacia el chico listo y le contesté con unas cuantas lindezas que le hicieron ponerse de color granate. La mujer soltó una carcajada inmensa que hizo que el pecho le vibrara arriba y abajo.

—Mierda, deje de llamarme inglés, puerco saltabarrancos. Soy holandés, ¿me entiende? Ho-lan-dés. Así que no se esfuerce en traducir, muchacho, puedo entenderle perfectamente. Además, tiene usted un acento abominable.

El hombre titubeó y bajó otro poco la pistola. Tal vez si hubiera saltado en aquel momento me hubiera podido hacer cargo de la situación sin disparar un tiro, pero seguía sin fiarme de la gata pelirroja que jugueteaba con el hilo del teléfono, así que me quedé quieto.

—Lo siento —se excusó el pisaverde —. Creíamos que era usted inglés.

—Pues no lo soy. Mi abuelo, mi padre, mi madre, eran ingleses, pero yo nací aquí. Creo que fui concebido en el avión que venía de Londres, pero nací aquí.

La mujer se volvió. Tenía unos ojos verdes magníficamente malévolos y una voz suave y sensual.

—¿En el avión? ¿Como en las viejas películas pornográficas?

La miré.

—Como en las viejas películas pornográficas.

Hubo un segundo de silencio, que me apresuré en romper porque estaba viendo que el idiota de la pistola iba a perder el hilo del asunto y me podía entrar sueño. Miré la hora en el reloj del escritorio.

—¿Y bien? ¿Qué era ese asunto tan importante que teníais que tratar conmigo? No creo que hayáis venido hasta aquí, a la una de la madrugada, sólo para hablar de mi partida de nacimiento, ¿no?

Fue la mujer la que habló. Como yo esperaba, se zambulló de cabeza en el asunto, sin ningún tipo de divagaciones. Me gustaba su estilo. Era una zorra con clase.

—Hemos venido hasta aquí porque sabemos que no le gustan los «seguris».

Eso tenía realmente gracia. ¿Había alguien a quien pudieran gustarle? Al único que yo he conocido —un retrasado mental llamado Joseph— los «seguris» le agradecieron la admiración firmándole un autógrafo entre las cejas. O la chica era tonta o tenía un macabro sentido del humor. Mirándola de nuevo, me convencí de lo segundo. No tenía pinta de ser una pizpireta.

—Ah, ¿pero es que queda alguien a quien le gusten los«seguris»? —contesté tratando de poner cara de tonto, cosa que conseguí con bastante facilidad—. ¿Vienen a reprocharme mi falta de agradecimiento o para proponerme otra cosa?

Una mirada al grupo me hizo saber de antemano que venían ciertamente para proponerme otra cosa. Creo que antes incluso de que ellos dijeran nada, ya sabía yo lo que iban a decir. Intuición, sexto sentido, supongo; o tal vez la boinita negra que lucía la mujer entre los rizos me dio la pista.

—Queremos terminar con los «seguris» —dijo el hombre de la mirada estúpida dejando sobre la mesa la pistola con un gesto de buena voluntad. Me eché a reír.

—Claro. Y a mí me gustaría vivir en la Edad de Piedra.

La mujer contestó entonces. Tenía todo el aspecto de una empedernida guerrillera.

—Estamos decididos. Sabemos que podemos hacerlo.

Había hablado con una expresión muy seria, casi sombría, y me convencí de que sus intenciones eran realmente acabar con los «seguris» y que lo harían aunque tuvieran que ir uno por uno reventándoles los circuitos.

—¿Comunistas? —pregunté en un tono menos cínico. El shock por la muerte de Carolina remitió unos pocos grados en aquel instante. Mi psiquiatra sostiene que sublimo mis frustraciones a base de respuestas llenas de cinismo y mala uva. Es en lo único en lo que le doy la razón.

—Anarquistas —contestó ella.

Tanto peor, murmuré, pero estaba realmente impresionado. No existían grupos extremistas en todo el país. No existían desde hacía por lo menos cincuenta años, y no dejaba de ser todo un riesgo colarse en casa del primer chalado con fobia a los «seguris» y soltarle de sopetón que estaban dispuestos a acabar con el Sistema y que contaban con su ayuda porque sabían que estaba lo suficientemente desiquilibrado como para aceptarles el trabajo. Demonios, la pelirroja los tenía realmente bien puestos.

Opté por sentarme, resoplando, y dejé la chaqueta colgada de una percha junto a la pared. Ellos me siguieron con la mirada pero no hicieron ningún ademán de sobresalto, a pesar de que seguía teniendo la Luger colgada del sobaco.

—¿Vais a hacer la Revolución? —pregunté mirando la nariz de la pelirroja. Resultaba extraño estar hablando desde el otro lado de la mesa, como si yo no fuera más que el cliente en vez del vendedor de escobas seguro de sí mismo.

—No. La Revolución no existe. No puede existir mientras los «seguris» sean los amos de la calle y estén armados con lásers; mientras el pueblo no tenga más que unas pocas pistolas y rifles —contestó la mujer. Lo dijo tan segura de sí misma que no supe si respondía a una consigna o si realmente pensaba lo que decía. Por supuesto tenía razón, pero aquello no me aclaraba nada de nada el maldito asunto. ¿Venían a darme una lección que ya tenían aprendida? ¿Querían hacerse los instruidos conmigo? Maldición, yo era de esa clase de cobardes convencidos que creían que no había nada que hacer contra los «seguris». Por eso estaba todavía vivo.

—¿Entonces? —pregunté cruzando las piernas. En aquel momento me hubiera gustado ser fumador para correr una nube de humo delante de mi cara. Eso siempre da mucho efecto.

Contestó el hombre de la pistola. Le brillaron un poco los ojos y su nariz pareció hacerse más larga. Ya no tuvo cara de tonto, sino que su rostro se transformó con una especie de haz místico que le hacía estar completamente convencido de su credo.

—Pensamos dar un golpe de estado. Un golpe de estado tecnológico.

Silbé sin sonido. Aquello era endiabladamente fuerte.

—¿Cómo? ¿Asaltar el Palacio de Cristal? ¿Meterse bajo las barbas del propio Haydn? ¡Estáis locos! ¡Allí hay más «seguris» que en ninguna otra parte!

La pelirroja se puso en pie y anduvo unos pasos alrededor mientras buscaba las palabras adecuadas. Llevaba un traje verde de una sola pieza, y el pantalón se le marcaba en las nalgas que eran deliciosamente redondas y firmes. No lo había visto antes, pero de la cadera le pendía un estuche de cuero negro. Por la forma, parecía una automática de nueve tiros, tal vez una Browning. Tenía un cuerpo como para embarcarse en él y ahogarse dentro.

—Precisamente. Haydn lleva cincuenta años en el poder. Se mantiene desde antes de que usted, y yo, y todos los que estamos aquí naciéramos. Antes que él estuvo Guillen, y todavía antes, Creppi, que fue quien introdujo los «seguris» y acabó con la policía humana, implantando la Ley.

Hizo una pausa y dio media vuelta, quedando de frente, mirándome con aquellos ojos enormes que quemaban. Dios, prefiero no recordar de qué forma le vibraba el cuerpo.

—Es casi un siglo en el poder. Sin preocupaciones, sin temor a posibles sublevaciones, confiados en la muralla infranqueable de la Guardia de Seguridad. Bien, la cuestión es: Eliminemos a Haydn asaltando el Palacio de Cristal. Eliminado Haydn, no será difícil eliminar a los «seguris». Muerto el perro se acabó la rabia, como suele decirse.

La miré a los ojos con un rictus de escepticismo. Si hubiéramos estado solos hubiéramos podido organizar algo realmente divertido, pero sobraban aquellos cuatro individuos. Por cierto, el de la pistola se llamaba Jhon, y parecía ser el capitoste de los otros tres, aunque la mujer —si estaban clasificados militarmente— debía tener un rango igual al suyo. El delgadito del fondo era José, y a pesar de su nombre, era largirucho y rubio, con un aspecto enfermizo y una piel extraordinariamente blanca manchada de rojo en las mejillas. Los otros dos eran seres anónimos, que no habían hablado ni hecho ningún movimiento en todo el rato y que no me quitaban los ojos de encima. Todo lo que recuerdo es que el nombre de uno era Christian. No es demasiado, pero está bien teniendo en cuenta que no es fácil concentrarse en los nombres sabiendo que pueden descargarte un tiro si tratas de hacerte el loco. Ella se llamaba Sondra, pero esto lo supe luego.

—Sí. Es fácil decirlo, muchacha —dije yo, encorvándome más en el incómodo asiento. Tuve un asomo de piedad para mis futuros clientes y decidí cambiar el sillón en cuanto tuviera un poco de tiempo. Continué:

—Pero poco menos que imposible ponerlo en práctica. ¿Tenéis idea de la cantidad de queridos «seguris» que tiene que haber sueltos allí dentro? ¿Con qué contáis? ¿Con un poco de buena fe y dos metralletas?

Ellos sonrieron. Me hicieron sentirme todavía más incómodo.

—Escúcheme, señor Steel...

—Steel a secas, encanto.

—Bien, Steel. El movimiento se demuestra andando. El asalto es difícil, para qué vamos a negarlo, pero contamos con el factor sorpresa.

—Ooh, los «seguris» se morirán del susto nada más veros entrar. ¿Cuántos sois, doscientos, trescientos?

—Pensamos ir solamente cuatro.

Solté la gran carcajada, que se me heló en los labios nada más comenzar. Demonios, si de verdad pensaban asaltar el Palacio de Cristal con solamente cuatro hombres, yo debía ser forzosamente uno de ellos. Si no, ¿para qué otra cosa me andaban buscando?

—No se ría, Steel —cortó Jhon, muy serio —. Hemos sopesado las posibilidades y cuatro hombres bien entrenados tienen más probabilidad de terminar con éxito la misión que un ejército entero.

—Y somos bastantes más que doscientos o trescientos —apostilló la mujer, contoneándose de una forma que derretiría a un batallón de «seguris», sean o no más que la mitad de un ser humano.

—Entonces me descubro ante vuestro talento. Es realmente una proeza que no os hayan encontrado nunca.

—Nuestra organización es muy eficaz —dijo José. Las únicas palabras que pronunció en toda la noche.

—Steel, cuatro hombres bien entrenados pueden sorprender a todos los «seguris» del Palacio de Cristal y enviarlos a hacer gárgaras con un plomo entre los ojos. Los «seguris» no son inmortales, ni indestructibles. Hay que ser hábil y listo para no dejarse coger.

—Te corrijo, pequeña. Los «seguris» no cogen. Matan.

—Bien, tienes razón. Hay que ser hábil y listo para no dejarse matar. Imagínate por un momento que lo conseguimos, que por fin burlamos a todos los «seguris» y nos encontramos frente a frente con Haydn. ¿Te lo imaginas?

La posibilidad era deslumbrante. Frente a frente con el peor hijo de puta que ha parido la madre tierra después de Hitler. Haydn allí, sin sus cancerberos de ojos blancos, sin sus lásers, sin sus malditos uniformes de color negro, no sería más que un anciano desvalido en manos de las fuerzas de la Revolución. Maldición, ya empezaba a pensar como si estuviera metido en el meollo con ellos.

—Me lo imagino. ¿Y qué? ¿Lo matamos? ¿Le damos un abrazo? ¿Lo lanzamos en medio de los «seguris» con una capucha para que no le reconozcan?

Ella sonrió.

—No. Nos servimos de él para llegar hasta Madre y desde allí desconectar a los «seguris» y las cuatro o cinco fuentes de energía más necesarias para el país.

Diabólico. Moví la cabeza para que continuase. A ella le brillaban los ojos y movía los labios con una celeridad poco menos que increíble.

—Entonces, desde allí, lanzamos un ultimátum al Congreso. Elecciones libres o la supresión de la maquinaria del estado. Que elijan. Naturalmente, amenazaremos con pasar a Haydn a cuchillo y volar a Madre en pedazos, mandando al país al caos.

—Naturalmente.

—Ellos se inclinarán por las elecciones libres, por supuesto. Aunque nuestro ideal sería dejarnos de estados y gobiernos, comprendemos que no está en nuestra mano llegar a ese mundo perfecto. Al menos por el momento.

—Ajajá.

—Eso es todo. Tendríamos un Parlamento democrático, como en los tiempos antiguos. Se consultaría a la gente antes de hacer nada. Ya no más «seguris», ni más lásers, ni más terror a estornudar delante de un cartel de «Silencio».

Dios santo, aquella magnífica mujer estaba realmente loca. Con una imaginación así podría ganar verdaderas fortunas escribiendo seriales para la televisión o el cine. Acabar con los «seguris» de una vez y para siempre. Acabar con el maldito Haydn y su dictadura de medio siglo. Desconectar a Madre. La idea era tentadora, pero muy poco probable de ser llevada a buen término. No mientras los «seguris» estuvieran sueltos y programados para no fallar un tiro.

—Mirad, todo eso está muy bien, de veras, pero no habéis contado con la cantidad de sistemas de alarma que tiene que haber allí dentro. Además, los «seguris» os detectarán nada más poner los pies en el edificio.

Ellos volvieron a sonreír. Parecían muy seguros de sí mismos y me hicieron sentirme como un pobre patán que no tiene idea de lo que está pasando.

—Mientras un grupo se dedica al Palacio de Cristal, otro asaltará la Central Eléctrica.

Esto atraerá hacia allí aun buen montón de «seguris» y creará un apagón en la zona este de la ciudad que durará, exactamente, treinta y cinco segundos. Antes de que los sistemas de emergencia programados por Madre entren en servicio, habremos colado a nuestros cuatro hombres dentro, listos para capturar a Haydn.

—Y confiados en su buena estrella, por supuesto. Veréis, lo que quiero decir es que el Palacio de Cristal debe ser un auténtico dédalo de pasillos llenos de «seguris» que no tendrán otro pensamiento que hacer bang a todo aquel que no esté debidamente autorizado a circular allí dentro.

Ella sonrió.

—¿Cómo podrían los «seguris» detectarnos desde un pasillo colindante o desde un nivel inferior?

Vaya una pregunta más estúpida. La pelirroja se estaba burlando de mí o estaba jugando una carta oculta. Sonreí mostrando los dientes, Jaque, muchacha, puedes empezar a quitarte la camisa.

—Por el calor. Por las radiaciones caloríficas que emiten los cuerpos que están todavía vivos.

Ella se arremangó el brazo izquierdo y mostró algo infinitamente parecido a un reloj, pero que no lo era en absoluto. Dios santo, lo tenían todo previsto.

—Esto anula el detector de los «seguris». Podríamos decir que absorbe la energía calorífica, que la camufla. Con esto en la muñeca, los «seguris» se tendrán que fiar de sus sentidos físicos, lo que quiere decir que estaremos igualados. Éste es el factor sorpresa del que hablábamos antes. Bonito, ¿no?

Y tanto. Con aquella diminuta joya uno casi podía sentirse a salvo. No parecía importar demasiado que los «seguris» tengan un oído tres veces más desarrollado que el de un hombre, o que disparen con una rapidez y una precisión que no admite margen de error, o que se sientan como en su propia casa en el Palacio de Cristal, que ninguno de nosotros había visto. Muy ingenioso, sí, pero tampoco era la solución final. Si con aquella baratija ellos se sentían como Superman, yo no.

—Tenemos algunos otros elementos sorpresa en reserva, por supuesto. Incluyendo un plano del Palacio de Cristal y las habitaciones personales de Haydn, pero no podemos revelártelos ahora. Compréndelo, no estamos seguros de que te decidas a venir con nosotros.

Conté hasta tres, tomé aire, miré a la mujer, a la pistola y a la lámpara, y entonces escupí la pregunta.

—¿Por qué yo?

La mujer no contestó, lo hizo Jhon mientras se ponía en pie y volvía a agarrar la pistola. Tuve un leve escalofrío en la espina dorsal, como un presentimiento. Si decidía no embarcarme con ellos no les quedaría otro remedio que dispararme allí mismo. Como en las viejas películas, mascarían un «sabías demasiado» y me mandarían al otro barrio con un billete de ida. Pude ver que la pistola era también una Luger, o sea que podrían representar la comedia del suicidio perfecto. Demonios, primero los «seguris» y ahora ellos. Dos veces seguidas en el mismo día resultan agotadoras. Iba a tener que terminar acostumbrándome a la idea de que no soy inmortal. Sonreí, aunque reconozco que no era el momento propicio para bromas. Algo palpitaba en mis sienes. El miedo, supongo.

—Sabemos que no eres mal chico, Steel, que eres todo lo honrado que se puede ser en un mundo como éste. Que no te gustan los «seguris», que te han jugado un par de malas pasadas en otros tiempos.

—La última de ellas esta misma tarde. Sigue.

Jhon ladeó la cabeza y continuó.

—Hemos estudiado los informes balísticos de tus entrenamientos semanales. Disparas muy bien. Un ochenta y nueve por ciento, buena nota. Casi te iguala a un «seguri».

No sé si era un halago o una broma, pero no me hizo ninguna gracia. Estaba empezando a sentir frío en la nuca y el vello de los brazos se me estaba erizando nerviosamente. Ahora menos que nunca podía moverme, porque cualquier movimiento podrían interpretarlo como un ademán de huida. Que era, precisamente, lo que yo estaba deseando hacer.

—Eres necesario para la operación, Steel. Sabemos que eres capaz de aferrarte a unaidea por muy loca que parezca. ¿Cómo se dice? Terco como una mula, eso es. Bien, estaidea es lo suficientemente loca como para atraerte. Y por supuesto, te traería beneficios. Ser considerado un héroe nacional y todo eso. ¿O es que no te gustaría ver el final de los «seguris»?

—Claro que sí. Pero ésa no era mi pregunta. Quise decir que por qué me habéis elegido precisamente a mí. Estoy en la guía, Ebenezer Steel, es fácil encontrarme. Pero quisiera saber por qué tengo que ser yo. Yo y no otro, ¿comprendes?

Jhon sonrió de una manera que me recordó al teniente «seguri» de la tarde anterior. Jugueteó con la pistola y luego dijo:

—Fácil. Nuestra computadora te eligió.

agosto 20, 2008 22:33

La certeza de los necios — Moniño, David

Terrible accidente aéreo en Madrid

Aún recuerdo aquel día de 1983, cuando mi padre, en Barajas, me llevó a ver el accidente desde las vías. Se veía todo el destrozo. Había mucha niebla incluso aún cuando llegamos nosotros, pero las luces de los coches de policía y las ambulancias brillaban tras ella. Era algo sobrecogedor, sobretodo para un niño de [...]

by elvenbyte at agosto 20, 2008 21:44

Noticias ciencia-ficción — Noticias Ciencia Ficción

Alex Proyas dirigirá "La desagradable profesión de Jonathan Hoag"


El director Alex Proyas (Dark City, Yo, Robot) dirigirá la versión cinematográfica de la novela corta de Robert A Heinlein La desagradable profesión de Jonathan Hoag, contenida en la antología del mismo nombre. El propio Proyas escribirá el guión.

La película, cuyo reparto parece estar cerrado desde hace semanas, aunque no se revelado nada del mismo, será la próxima de Proyas, una vez que termine la actual - Knowing, con Nicholas Cage -. El film contará con un presupuesto aproximado de 40-50 millones de dólares. El director ha declarado que "leí esta historia cuando era un niño, y ya se quedó conmigo. Forma parte de mi DNA creativo".

La historia se centra en un individuo que posee una mente perturbadora, con extraños pensamientos, incapaz de desarrollar las actividades cotidianas, que decide consultar su problema a una agencia de detectives privados.

(Fuente: Hollywood Reporter)

by Noticias Ciencia Ficción (noreply@blogger.com) at agosto 20, 2008 17:54

CRISEI — Marín, Rafael

NUNCA DIGAS BUENAS NOCHES A UN EXTRAÑO (3)



Estaba apretando los puños contra el volante cuando vi de reojo la figura negra de un «seguri» acercándose. Levanté la vista y reconocí al teniente que nos había detenido antes. No esperé a que me diera ningún tipo de orden y salí del coche. Estuve a punto de caer al suelo porque laspiernas se negaban a sostenerme.

—Vaya, señor Steel, no creí que volviéramos a encontrarnos hoy. El mundo es un poco pequeño, ¿no le parece?

Hablaba con un tono entre desafiante y burlón, completamente consciente de que con un solo gesto en contra me enviaría encantado a hacerle compañía a Carolina y Johann. No tuve más remedio que asentir con la cabeza a sus bravatas, cerré los ojos y me apoyé en el coche.

—Lamento que todo haya terminado así —continuó— pero el novio de su cliente resultó ser traficante de drogas, ¿lo sabía? Uno de los más hábiles.

Asentí otra vez, sintiendo cómo me invadía la náusea y el terror ante el rayo rojo y los chacales de uniforme negro.

—Ah, ¿lo sabía? —dijo con los ojos brillantes, sonreía mostrándome los dientes—. Entonces sabrá también que al ayudarle estaba infringiendo la Ley. Y ya sabe cuál es elcastigo para los que intentan traspasar las barreras de esta Ley.

Ahí me tenía atrapado. Dos segundos más y todo acabaría de una vez. Sin embargo, pensé que si hubiera querido acabar conmigo ya lo habría hecho, así que llegué a la conclusión de que no estaba completamente seguro de mi intervención en aquel feo asunto. Si quería salvar el pellejo tendría que hacer algo y ya. Lo mejor era contar la verdad, aunque luego sintiera asco de mí mismo. Empecé a hablar en voz muy baja, sabiendo que el «seguri» me escucharía de todas formas.

—Yo no sabía que podía infringir la Ley. Ella, la muchacha, vino a mi oficina queriendo contratarme para encontrar a los padres del muchacho, eso me dijo. Yo la seguí porque estaba encandilado con ella. Era muy guapa y me fié de lo que me decía. Acepté ir a casa del muchacho.

Tomé aliento. El teniente seguía mirándome con la sonrisita entre los labios. Adelante, Steel, me dije, lo tienes casi en el bote.

—Ella me engañó. Cuando llegamos adonde estaba él, descubrí que el chico era traficante de drogas. Querían...querían que los sacase de Amsterdam. Yo me negué en redondo a aceptar. Estábamos discutiendo cuando oímos las sirenas y el chico escapó escaleras abajo. Ella quiso ir tras él y me las vi en figurillas para convencerla de que ya estaba perdido. Tuve que traerla hasta aquí... ¿Cómo iba yo a suponer que la muy estúpida saldría corriendo en vez de quedarse quietecita y verlo todo sin entrometerse?

El teniente siguió quieto, plantado allí delante, pero la mano no se movió hacia la pistolera. Sonrió con una sonrisa que se me antojó muy cordial y empezó a dar media vuelta.

—Por supuesto. Siento lo de la chica, señor Steel. Pero la Ley puntualiza muy claramente la prohibición de intervenir en las acciones de la Guardia de Seguridad.

Se alejó. De no haber estado seguro de si iba a hacerle daño, me hubiera gustado darle una patada en los testículos. Pero no lo hice, claro.

Completamente desmoralizado, terminé jugando a las cartas en casa de mi psiquiatra. Perdí por lo menos ochenta y tres chelines. Por lo visto, aquél no debía ser mi día de suerte.

agosto 20, 2008 16:30

Enfrentamientos de los Dioses de M. C. Carper — Carper, M.C. - Enfrent...

Portadas en miNatura y Axxón




Después de algún tiempo, uno de mis anhelos, ser portadista de CF se está cumpliendo. Todo empezó en Alfa Eridiani, a quién siempre estaré agradecido. Ahora, gracias a los editores de Axxón y miNatura, realicé las portadas de los últimos números, el 188 y el 88, respectivamente.

by M.C. (noreply@blogger.com) at agosto 20, 2008 12:39

M.C.Carper - Draws — Carper, M.C. - Draws

Covers in Axxón and miNatura



Two new covers for Axxón Nª 188 and miNatura 88, spanish Sci-fi e-zines

by M.C. (noreply@blogger.com) at agosto 20, 2008 12:33

CRISEI — Marín, Rafael

NUNCA DIGAS BUENAS NOCHES A UN EXTRAÑO (2)



—Uh, uh, creo que tenemos problemas.

Carolina se volvió disimuladamente hacia donde yo había señalado con la mirada y entonces los vio venir. Eran tres, patrullando en perfecta formación, tan tiesos como si se hubieran tragado el palo de una escoba. La gente se iba apartando temerosamente a su paso, y luego sus caras recobraban el color natural característico de peces de laboratorio al ver que los «seguris» no iban a por ellos. Venían hacia nosotros, de eso no cabía duda.

Susurré unas palabras a Carolina recomendándole calma y me volví a esperarlos, porque era inútil disimular. Además, todavía no teníamos nada que temer.

Los tres cyborgs se detuvieron a pocos pasos de nosotros, y al principio ninguno dijo nada. Luego, el «seguri» que comandaba la patrulla (un teniente, según pude ver por las insignias de su guerrera), me saludó con una inclinación de cabeza. El reflejo del sol en el casco negro me lastimó los ojos.

—Señor Steel... señorita.

El teniente extendió ceremoniosamente una mano hacia Carolina, y ella la estrechó con naturalidad, sin asomo de duda. Nuestros «seguris» son terriblemente educados. Si no tuvieran esa engorrosa manía de ir disparando a la gente, creo que incluso estaría dispuesto a jugar con ellos una partidita de cartas. Sin apostar, por supuesto.

Una pequeña puntualización: No hay dos «seguris» iguales, puedo asegurarlo. Sin embargo, yo no recordaba haber visto nunca antes a aquel teniente, lo que me hizo suponer que me había fotografiado y escaneado mientras se iba acercando y que Madre le habría hecho conocer hasta el número de zapatos que uso. En aquel momento, el maldito «seguri» me conocía mejor de lo que yo llegaré a conocerme en toda la vida, pero la sonrisita de familiaridad le quedaba grotescamente fuera de sitio. Estaba preguntándome si también habría recibido información sobre Carolina cuando él mismo me sacó de dudas.

—Su documentación, señorita, por favor —dijo con un tono de voz que pretendía ser amable. Los ojos metálicos no se fijaron en el magnífico escote: Estaban demasiado atareados analizando nuestra presión sanguínea. En fin, él se lo perdió. Uno de los principales defectos de los «seguris» es que no son capaces de apreciar la belleza. Y Carolina era una mujer de una sola vez, vaya si lo era.

La pregunta del «seguri» me había informado de lo que yo quería: Todavía no sabían quién era ella. A menos, naturalmente, que los «seguris» sean capaces de fingir, cosa por la que yo no pondría una mano en el fuego. Carolina no se alteró, echó mano al bolso sin ningún tipo de nerviosismo y sacó su tarjeta de identificación, entregándosela al teniente.

Éste la sostuvo por unos segundos en su mano derecha, posando sobre el papel plástico sus ojos de metal.

—Mmmm... Miss Carolina Strautman, veintiún años, nacida en Groninga, licenciada en bioquímica por la Universidad Flamenca de Amsterdam... —dijo devolviendo la tarjeta a la muchacha. Obviamente, le gustaba ponernos nerviosos. Se volvió hacia mí sonriendo; no tenía aspecto de matón, pero tampoco parecía una candida palomita—. ¿Un nuevo cliente, señor Steel?

Ahí me tenía entre dos fuegos. Si mentía, el muy ladino era capaz de detectarlo (y no es que fuera a incinerarme allí mismo, sino que entraría en sospechas y todo se nos pondría cuesta arriba, lo que no nos interesaba en absoluto), y si decía la verdad me ofrecería su ayuda (¡su ayuda!) y yo mismo los conduciría sobre Johann, cosa que tampoco queríamos. Tuve que decidir tan rápidamente como ellos, en unas décimas de segundo. Es una suerte que los «seguris» no sepan leer el pensamiento.

—Por el momento no. Antes tengo que hablar con la otra mitad del asunto, con el novio de la señorita, para decidir si lo acepto o no. —Era una verdad a medias, así que supuse que el «seguri» no recelaría. Creo que lo conseguí por muy poco.

El teniente se hizo a un lado dejándonos el camino libre y se llevó una mano al casco, saludando.

—Muy bien, adelante.

Introduje la llave de plástico en la cerradura del coche y las dos puertas se abrieron simultáneamente. Hice una señal a Carolina para que entrara en un asiento. Cuando yo estaba a punto de colocarme al volante, el «seguri» añadió:

—Siento lo del novio, señor Steel. La señorita es realmente muy guapa.

Y me pareció que el hijo de puta se sonreía.

Saqué el coche del aparcamiento y lo enfilé hacia la autopista. Carolina se echó hacia atrás en su asiento, se llevó una mano al pelo y resopló. Una rodilla blanca le quedó al descubierto.

—Uuf, de qué poco nos ha ido.

Sonreí mirándola de reojo. Esperé a dar la vuelta en una curva y entonces hablé. La rodilla seguía estando descubierta.

—Has estado muy bien, nada de nervios, muy tranquila. El «seguri» no ha sospechado nada, bravo.

Ella pareció sorprendida. Le brillaron los ojos.

—¿Nada de nervios? ¡Dios mío, si apenas podía reaccionar! En la vida he pasado tanto miedo, con aquellos tipos de uniforme tan cerca... y los ojos relucientes... Creí que iban a taladrarme.

La palabra no era exacta, pero valía. El teniente no intentaba «taladrarnos» sino hacernos un cardiograma para pulsar hasta qué punto teníamos algo que ocultar. La actitud cerebral de Carolina hizo que se quedara con un palmo de narices.

—Empecé a temblar cuando subí al coche —continuó explicando ella —. Nunca había deseado con tantas ganas beber algo bien fuerte.

Yo puse cara de asco. Ella me miró entre risueña y divertida. Ahora también le brillaban los labios.

—¿Tampoco bebe?

Negué con la cabeza. Me miré en el retrovisor y juro que me vi con una cara de tonto que nunca antes había descubierto. Carolina, que posiblemente creía que yo soy Philip Marlowe, Mike Hammer o uno de esos, se echó a reír. Su carcajada sonó a cristal, y no es en absoluto una metáfora.

—¿No fuma ni bebe? ¿Qué pasa, es que no tiene usted ningún vicio?

Adelanté un coche blanco y me volví hacia ella, mirándola fijamente.

—Soy un maníaco sexual —confesé a media voz. Ella soltó otra carcajada más divertida que la anterior y meneó la cabeza. No debería haberse reído. Mi psicoanalista dice que es cierto, y por lo que me cobra, debe tener razón, si no, es que me ha estado timando descaradamente desde hace tres años (cuando lo de mi primer y último divorcio, del que prefiero no entrar en detalles).

Recorrimos cinco o seis manzanas sin hacer ningún otro comentario. Una vez tuvimos que hacernos a un lado para permitirle el paso a un coche patrulla repleto de «seguris», que corría como si les estuviesen quemando los circuitos. Irían a cumplir con su deber, por supuesto. Cuando corren a esa velocidad y hacen sonar las sirenas hasta volver histérica a media población, es que van a jugar otra vez al tiro al blanco. No falla.

Siempre que me pongo al volante pienso lo mismo: Me resulta inconcebible pensar que Amsterdam fuera hace mucho tiempo una ciudad surcada por canales sobre el Amstel y el Ij, de verdad. No puedo hacerme a la idea de que las autopistas de plastimetal fueran antes canales, que antes fuera llamada «la Venecia del Norte» y todo eso. Sea cierto o no, ya no hay puentes, ni ríos, y el edificio más antiguo que se conserva es la Universidad Judía, puesto en pie desde el siglo XVII o quizá desde antes. A mí me gusta tal como es, con sus edificios de cristal y plástico; no es chauvinismo, es que no puedo imaginarlo de otra forma. Lo comenté con Carolina y ella me dio la razón.

—Cierto. En la Universidad estudiamos viejas películas y fotografías de otro tiempo — comentó ella— y aquello no parecía Amsterdam.

Le miré la rodilla un segundo, desvié la mirada y me acomodé en mi asiento.

—¿Era bonito?

—Era distinto. No sabría explicarlo.

—Mmm, a mí me gusta así. Aunque tampoco sabría decir por qué. Costumbre, supongo.

Ella asintió.

—La ciudad tiene muchos defectos, por supuesto, pero supongo que no más que en otras épocas. Si no existieran los «seguris»...

—Pero existen, y no está en nuestra mano que dejen de existir. Además, si los soporta todo el mundo, ¿por qué nosotros íbamos a ser distintos?

Carolina me dio otra vez la razón y encendió un cigarrillo.

—Es por aquí cerca —dijo—. Doble a la izquierda.

Obedecí, y pronto estuvimos frente a un edificio blanco y gris que no era demasiado alto ni demasiado agradable. La calle estaba desierta, así que no fue difícil aparcar el Ford Cobra frente a la casa. Las puertas del coche se abrieron, primero la de Carolina, luego la mía, y ambos bajamos. Ella dijo algo y entró en el portal. Yo la seguí, no sin antes mirar si el coche estaba bien aparcado.

Johann vivía (o se escondía) en el tercer piso, así que no esperamos el ascensor y subimos a pie. Conté por curiosidad los escalones y me perdí en el número treinta y cinco.

Debían ser al menos sesenta. Cuando llegamos al rellano, Carolina sacó una llave y abrió la puerta, que se deslizó hacia la derecha con un zumbido que me hizo pensar que necesitaba una ligera reparación en el sistema electrónico. Entramos en el apartamento,que estaba pintado de blanco y no olía del todo mal. Recorrimos un par de habitaciones hasta que encontramos al tal Johann. Ella se abrazó a él y yo procuré mirar hacia otro lado. En la pared colgaba un cuadro abominable. Cuestión de gustos, supongo.

Yo siempre había imaginado a Johann como un niñato dentón, salpicado de granos y rubio. Fallé en todo menos en el color del pelo. Johann era alto, de mentón firme, piel morena y ojos claros. Si yo fuera un poeta cursi y no un investigador a desgana diría que se parecía al David de Miguel Ángel, así que no lo diré. Maldición, lo encontré perfecto, sin mácula, y esto me hizo sentir violento y celoso. Formaban una parejita tan perfecta (los dos rubios, muy acaramelados, como dioses de la antigüedad), que me recordaron a aquellos personajes de las novelas: Salther y su mujer guapísima, cuyo nombre no recuerdo en este momento. Estuve allí al menos cuarenta segundos, aguantando sus carantoñas, hasta que carraspeé molesto. Ellos se separaron, y Carolina tomó al chico de la mano y me presentó.

—Johann, éste es el señor Steel, el que va a ayudarnos.

Yo estaba tratando de sonreír de oreja a oreja cuando observé algo raro. El muchacho me miraba con una expresión ausente, como si estuviera viendo algo más allá de mí, como si fuera idiota o ciego. Moví una mano delante de sus ojos y él apenas parpadeó. No me gusta sentirme como un fantasma, así que lo cogí por un brazo y lo senté sobre la mesa. Le subí la manga y en el antebrazo descubrí tres pinchazos rojos. Solté al muchacho con desgana.

—Así que no era drogadicto, ¿eh? —refunfuñé encarándome con Carolina, que me miraba también extrañamente, como si no comprendiera la razón de mis anteriores movimientos—. ¿Y qué piensas tú que son esas marcas del brazo, picaduras de mosquitos, acné juvenil?

Ella se quedó muy sorprendida. Tardó tiempo en coordinar palabras.

—N-no, no lo es... él...

—Ahí lo tienes, míralo bien, lleno de heroína hasta las cejas. No le falta más que babear como un crío.

Traté de calmarme, aunque no lo conseguí inmediatamente. Me senté en un rincón, Carolina se quedó de pie, y Johann continuó mirando las musarañas. Suspiré ruidosamente y me esforcé por comprender al chico: Dos días oculto, sin nada que hacer sino esperar la llegada de los «seguris» son demasiados para cualquiera, incluido yo. Si Johann estaba solo y desesperado, era lógico que terminara emborrachándose o inyectándose algo; si era traficante, como parecía, no era extraño que le sobrara algún material en reserva.

—Bueno, no es tan malo como parece, Carolina. —Traté de consolarla, porque su cara se había vuelto de piedra—. Esto no hará más que retrasarnos unas horas, un día a lo sumo. No es tan importante.

La verdad es que sí lo era. Un día más significaba exactamente eso: un día más. Traducido significaban veinticuatro horas de tensión; de esperar a que el chico se recuperase; de que los «seguris» no terminaran encontrándonos; de que los nervios no pudieran con nosotros. Veinticuatro horas corriendo a favor de las pesquisas de los cyborgs. Las posibilidades en contra se triplicarían, y yo lo sabía. Carolina también, por supuesto, no era fácil tratar de engañarla.

—Espera aquí e intenta hablarle —ordené a la chica. Me quité la chaqueta, arrojándola sobre cualquier parte—. Voy a tratar de ver qué se ha inyectado y hace cuánto tiempo.

Salí de la habitación e inmediatamente encontré lo que estaba buscando: Un frasquito de metal que todavía estaba tibio, tres cápsulas vacías, una hipodérmica en el suelo. Mierda, el niño se había acabado de inyectar unos segundos antes de nuestra llegada. Posiblemente mientras subíamos las escaleras; si hubiéramos subido por el ascensor tal vez hubiéramos llegado a tiempo de impedirlo. Mierda, mierda, mierda, la dosis todavía no había hecho todo su efecto, y si como me temía era un long fly, a Johann le quedaban todavía más de trece horas de viaje. Media cápsula más y adiós, chico listo, yo cuidaré de tu novia. Me volví hacia la sala, la pistola pesaba en el sobaco.

—No hay nada que hacer —anuncié a Carolina—.Acaba de inyectarse un mínimo de dos cápsulas. Todavía está en el camino de ida al nirvana. Paciencia y a esperar, a menos que...

Carolina me miró con una chispa de esperanza. Johann estaba diciendo algo, posiblemente contaba corderitos.

—A menos que... ¿sabes si tiene por aquí algo de «despierta-muertos»?

—¿El antirreactivo nitroso? No lo sé, es muy posible. Pero si ha tragado tanta cantidad no le hará efecto.

—Tal vez sí, tal vez no. En todo caso servirá para despertarlo un poco. Hay que buscar por todas partes. Ya sabes cómo es, una cápsula de plástico verde.

Diez minutos más tarde estábamos inyectando el «despierta-muertos» en el brazo derecho de Johann. La cantidad era insuficiente, pero de otra manera corríamos el riesgo de dejarlo tieso allí mismo. El muchacho se estremeció y empezó a sudar. Al cabo de tres minutos empezó a vomitar y manchó el horrible cuadro de la pared. Siete minutos más tarde tiritaba de frío. Al cuarto de hora sus ojos lagrimeaban pero habían ganado un poco de lucidez. Reconoció a Carolina y me miró como si no me hubiera visto en su vida, cosa que en cierto sentido era cierta.

—Oh... oh... —Tartamudeaba—. Los «seguris»... Los«seguris»... ¿Han venido los «seguris»? ¿Me han matado los «seguris»?

Vaya, así que el chico había agarrado su pequeño trauma. Indiqué a Carolina que lo calmase, porque corríamos el peligro de que la reacción fuera negativa y que empezara a experimentar una pesadilla que le llevara a hacer alguna tontería. Carolina obedeció y él pareció apaciguarse un poco.

Hice café, y al cabo de una hora Johann nos explicaba que se había sentido muy solo durante los dos últimos días y que se había refugiado en la droga. Todavía estaba flotando y la lengua se le trababa a menudo, pero al menos podíamos entender lo que decía. Dios, temblaba como si le hubiésemos sacado de un bloque de hielo. Cuando se puso en pie, tardó en coordinar movimientos, pero pronto, todavía aturdido, pudo andar por la habitación. Entonces oímos la sirena, rotunda, amenazadora, mortífera. Nos quedamos paralizados por el estupor, porque sabíamos lo que ignificaba aquel sonido:

Ellos habían llegado.

—¡Los «seguris»! —gritó Carolina— ¡Dios mío, ya están aquí!

Los dos corrimos hacia la ventana y nos asomamos. Johann se quedó de pie, anonadado, con la cabeza hundida entre los hombros. La expresión de su cara daba pena. Abajo, la calle seguía tan desierta como antes, pero a lo lejos apareció la mancha negra de un coche patrulla.

—¡Maldición! —gruñí yo, con la cara lívida y las piernas temblando —. ¡Atrapados como ratas aquí arriba!

—¿Qué vamos a hacer, Steel? —sollozó Carolina, con la voz quebrada. La responsabilidad de darle una respuesta me pesó como una losa sobre los hombros. La situación no era muy halagüeña, desde luego, pero traté de recuperar la calma. Lo primero era apartarnos de la ventana. No debía resultar muy agradable recibir un tiro desde la calle, entre otras cosas porque así les ahorraríamos trabajo a los sabuesos. Luego recordé que no venían por nosotros, que a quien buscaban era a Johann, y si bien Carolina y yo seguíamos estando en peligro, era el chico el que llevaba la peor parte. Me volví hacia él, y me quedé realmente sorprendido cuando vi que no estaba allí.

—¿Dónde diablos se ha metido?

Carolina se volvió ante mi observación y comprendió inmediatamente. Tenía los ojos rojos.

—¡Johann!

Corrió hacia la puerta, yo recogí la chaqueta del suelo y la seguí. La puerta estaba abierta, y desde el descansillo pudimos oír la carrera apresurada de Johann y los jadeos que le producía el esfuerzo. Carolina echó a correr escaleras abajo y yo me abalancé sobre ella y la detuve; ambos rodamos por el suelo.

—¡Maldición! ¿Quieres escucharme? —Ella trataba de zafarse de mi presa, pero yo la agarraba de una forma salvaje. El olor de su cuerpo era realmente embriagador. Sentí que la cabeza me daba vueltas y que el hombro me dolía—. ¡Cálmate, Carolina!

Estaba decidido a abofetearla cuando ella dejó de oponer resistencia. Se derrumbó en mis brazos y pude observar que pesaba más de lo que parecía a simple vista. Tenía la piel suave y caliente.

—Escúchame. Escúchame un momento. Está haciendo la única cosa lógica que puede hacer: tratar de huir. Aunque no estuviera drogado, tendría menos de un cero por ciento de probabilidades de salir con vida. Si vamos tras él, si salimos corriendo por esa puerta, los «seguris» dispararán contra nosotros y no será una, sino tres, las víctimas. ¿Comprendes?

Ella asintió. La solté y pudo permanecer de pie sin mi ayuda. Los dos estábamos cubiertos de sudor y jadeábamos como animales. Johann ya debía estar abajo, en la calle, rodeado de cyborgs. Extrañamente, no escuchamos ningún estampido. Bajamos silenciosamente la escalera y a la altura del primer piso encontramos una ventana rota que daba a la calle contigua.

—¡Vaya! —dije yo—. El muchacho ha sido inteligente a la hora de escaparse. Espero que no se haya partido la crisma en el momento de saltar.

No lo había hecho. Cuando nos asomamos a la ventana, apenas pudimos ver cómo un coche se ponía en marcha y escapaba a toda velocidad. Era un Ferramonti blanco y al volante iba Johann, que aparentemente se había recobrado bastante de los efectos de la droga. Casi inmediatamente, de la otra calle vino el sonido de una sirena que se multiplicó por tres al poco tiempo.

Asomamos la nariz en la puerta y pudimos ver que la calle había quedado tan desierta como antes. Corrimos hacia mi coche y pronto estuvimos relativamente seguros en él. Las sirenas se alejaban hacia el este.

—¿Y ahora? —pregunté a Carolina.

—¡Dios mío! ¡No podemos dejarle morir así!

Claro que no podíamos dejarle morir así, pero tampoco podíamos hacer otra cosa. Maldita sea, todavía no sé por qué puse el coche en marcha y seguí el sonido de las sirenas. Mientras estuvieran aullando enloquecidas querrían decir que Johann todavía estaba vivo.

El Ford Cobra se situó a pocos metros de distancia del último coche patrulla, que iba rezagado unos cien o doscientos metros de los otros dos coches perseguidores. Intenté adelantarlo, pero no pude. Los «seguris» me cerraban el paso impidiéndome hacerlo.

Yo ya sabía lo que iba a pasar. Lo había visto otras veces. Cuando el coche de Johann estuviera a tiro, uno de los «seguris» sacaría su largo brazo por la ventanilla y dispararía sobre la parte trasera. No fallaría, por supuesto, y el coche se vería obligado a detenerse.

Cuando el infeliz intentara seguir huyendo a pie, ellos bajarían de sus coches, le darían un poco de tiempo y luego harían fuego sobre él. Así de fácil. Y detrás de todo aquello estaba yo, sintiéndome impotente ante los acontecimientos, con un bombón como Carolina sollozando y mordiéndose las uñas a mi lado, sin poder hacer nada.

El coche de delante aceleró, y yo procuré pegarme a él. Uno de los «seguris» se volvió y a través del parabrisas dijo algo que no entendí. Posiblemente estaría advirtiéndome de que redujese la velocidad y que dejara de hacer estupideces. Mandé una mirada de odio hacia el maldito cyborg y continué pisando el acelerador. Entonces escuchamos el estampido y el chirrido de los neumáticos disueltos. Carolina se pegó contra el cristal, tratando de ver lo que pasaba.

Casi inmediatamente, el coche de delante se paró en seco. Yo desvié la marcha para no chocar con él y detuve también el mío. A cinco metros quedaban los otros coches patrulla, y un poco más adelante el de Johann echaba humo por la parte de atrás. Los «seguris» estaban de pie, andando lentamente, estrechando el cerco. Aunque no podía ver a Johann, supe que estaría allí, corriendo de un lado para otro, sin comprender nada, sin coordinar los movimientos, completamente saturado de droga. Sentí pena por el chico.

Uno de los «seguris» levantó el brazo. Empuñaba la pistola y se asemejaba a una brillante estatua negra. Antes de que disparase, Carolina soltó un grito, pulsó el teclado y la puerta de su lado se abrió hacia arriba.

Demasiado tarde traté de detenerla. La puerta volvió a su posición inicial, cerrándose herméticamente con un click que indicaba que el sistema hidráulico funcionaba a la perfección. Tratando de no perder la calma, presioné la tecla azul que abriría mi puerta, pero no funcionó. Muy nervioso, pulsé una y otra vez,pero la puerta seguía sin abrirse. La puerta de al lado tampoco funcionó. Empecé a experimentar una horrorosa sensación de deja vu cuando a través del parabrisas vi a Carolina corriendo con dificultad hacia el «seguri», casi a cámara lenta, con los taconcitos de charol impidiéndole la carrera.

Inmediatamente el cyborg disparó, y un chorro de luz roja brotó de la pistola y corrió hacia donde debía estar Johann. Carolina gesticuló, moviendo alocadamente los brazos, pero no se detuvo. Me aplasté contra el cristal y sentí su frío contacto en la cara, lo golpeé con impotencia. Carolina siguió corriendo. De atrás vino una raya roja y de pronto la muchacha estuvo envuelta en una brillante luz anaranjada y luego, sencillamente, dejó de estar allí.

La puerta se abrió entonces hacia arriba con un chasquido. Como si todo aquello no hubiera sido más que la broma macabra de una mente enferma.

agosto 20, 2008 10:18

La Sombra de Grumm — Mateo, David

Valencia Street Circuit GP de Europa

El nombre mola. El trazado que han hecho por las calles adyacentes al puerto mola. Circular por el pavimento del circuito mola (o molaba, porque desde el lunes ya no se puede). No mola tanto que las gradas estén situadas en la zona donde el sábado puede calfar entre treinta y cinco y cuarenta grados centígrados y que sólo se les haya puesto cubierta a los señoritingos que ocupan la grada VIP. Que los hospitales se preparen para recibir una buena remesa de lipotimias porque parece que de aquí al sábado no refresca. Y lo que ya no mola nada es que para salir y entrar a mi casa durante el fin de semana voy a necesitar un helicóptero, porque si aguzo un poco el oído creo que podré escuchar el motor de los coches.

Según la organización, mi barrio es la zona T6 a T11 del aparcamiento del circuito. Creo que los gitanillos de las Casitas Rosas ya se están frotando las manos ante el overbooking de presas fáciles al amparo de la playa, así que los que se vengan a los poblados marítimos que no se piensen que esto es jauja y canden bien los coches, que a su regreso pueden llevarse una sorpresa bastante desagradable.

La organización dice que de la Malvarrosa o los parkings habilitados para los autobuses en la Universidad Politécnica al Circuito hay un paseo agradable. Yo digo que ni de coña. Que la gente se traiga zapitallas cómodas para andar y ropa fresquita, que la calle de la Virgen uno no se la recorre en cinco minutos.

Por lo demás, y volviendo al tema de los helicópteros para los sufridos vecinos de los poblados marítimos, que nadie me venga diciendo que nos tenemos que sacrificar, que un día pasa rápido, etc etc… porque lo más fácil es que se le mande a tomar por culo. Yo no me voy a quedar en casa porque los señores de los coches monten su festival en las calles de mi ciudad, así que espero que el Ayuntamiento haya tomado buena nota de otros eventos y no nos ponga en las entradas a los poblados cuatro energúmenos que no se molesten ni en pedir los documentos acreditativos para entrar o salir del barrio. Respecto a que los medios de transporte público hayan aumentado su cadencia… en fin… Valencia no destaca por tener la línea de autobuses más dinámica de España. Yo hace tiempo que no cojo el autobús (más que nada porque me gusta acudir a tiempo a mis citas), pero la EMT se caracteriza por las aglomeraciones de usuarios, la lentitud de los vehículos y, sobre todo, el retraso entre las diferentes unidades de línea. Es decir, que si duplican el servicio, puede que el autobús deje de pasar en intervalos de una hora para pasar cada media hora, a no ser que supriman durante el fin de semana otras líneas y sea imposible ir desde Malilla al barrio de Benimaclet.

Pues nada, ahora solo cabe esperar a que llegue el fin de semana, rezar para que el ayuntamiento se comporte y no suframos los mismos quebraderos de cabeza que padecimos durante la visita de su Santidad Benedicto XVI y alguien en Valencia recuerde que los habitantes del marítimo tenemos que seguir con nuestras vidas, con nuestras urgencias, con nuestros problemas y nuestras historias… y que estos no se detienen por mucha Fórmula 1 que haya en Valencia.

by David Mateo (noreply@blogger.com) at agosto 20, 2008 09:18

agosto 19, 2008

CRISEI — Marín, Rafael

NUNCA DIGAS BUENAS NOCHES A UN EXTRAÑO (1)



«¿Quién nos guardará de nuestros guardianes?»
Juvenal




Era una monada de criatura. Toda una belleza. Y podéis creerme. Entiendo mucho de mujeres, aunque no sea capaz de comprender a ninguna de ellas en concreto. Aquella preciosidad era una de las chicas más bonitas que yo había visto nunca. En serio. Era magnífica. Tenía el pelo de color rubio, cortado milimétricamente a la altura de la barbilla, y las guedejas doradas le caían graciosamente a un lado y a otro de una cara perfecta de niña. Los ojos brillaban con el azul más claro que pueda imaginarse, y eran enormes. Curiosamente, no estaban desprovistos de pasión. Los ojos azules, ya se sabe, son unos ojos extraños. Al carecer de pigmentación no permiten leer en ellos. Son de ese tipo de ojos que refractan tu mirada y no te dejan saber qué hay oculto detrás de ellos. Los de aquella chica eran distintos. Tenían un deje angelical, un brillo de algo inocente y puro.

Eran los ojos de una niña en la cara de una niña, y todo combinado con un espigado cuerpo de mujer. El resultado era francamente encantador. Parecía una obra hecha para ser contemplada en cualquier momento, a cualquier hora del día o de la noche, pero preferentemente con el mínimo de ropa posible. Yo estaba tan entusiasmado mirándola de arriba a abajo que ni siquiera escuchaba lo que estaba diciendo. Cuando quise volver a captar la onda, ella había terminado de hablar. Escasamente pude apreciar que tenía una voz maravillosa, muy parecida a la de las locutoras de televisión.

La miré a los ojos y meneé la cabeza afirmativamente. Un largo historial como investigador por cuenta ajena me había enseñado que los clientes empiezan preguntando si tu nombre es el que ellos creen y si eres en realidad un héroe de alquiler dispuesto a meter la nariz en sus vidas privadas y echarles un cable cuando es necesario. Afirmé otra vez con la cabeza mientras me inclinaba hacia adelante, apoyando la barbilla sobre las manos para tratar de ver mejor las piernas de la chica.

—¿Y...? —pregunté levantado un ojo. Las piernas eran larguísimas y estaban forradas hasta las rodillas por una falda de seda sintética de un maravilloso color rosa. No sé si la chica se dio cuenta de lo que yo estaba mirando, pero el caso es que cruzó las piernas. El efecto fue bárbaro, pero me obligué a no mirar más y a concentrarme en lo que seguramente iba a ser un nuevo caso. Costó trabajo, porque las piernas eran realmente increíbles.

—Es... Es por cosa de mi novio —titubeó ella por fin, alisándose una manga del vestido y fijando la mirada en la punta de charol de sus zapatos.

Ah, el novio, claro. No podía faltar. Debí haber supuesto que semejante monumento no andaría por el mundo sin su gorilita de ojos tiernos. Sobre todo ahora que había tanta escasez de mujeres. ¿Y qué esperaba yo? ¿Que viniera buscándome por mi hermoso rostro? Era lógico pensar que no, y esto siempre duele un poco, especialmente para una mente paranoica como la mía. Así que me encontraba de nuevo en el caso del novio perdido, descarriado y metido en líos. Lo de siempre. La variante estaba en que algunas veces la oveja descarriada era una esposa, una hija o un padre alcohólico o drogadicto, y que el cliente era un marido, un hermano o un amante desesperado que temía, con razón, que todo el asunto fuera a terminar de mala manera. Al menos, esta vez el cliente era una chica guapa. Con un poco de suerte podía incluso ser una chica liberal a la que no le importara emasiado aliviar los bajos instintos del coyote que quería contratar como redentor de adolescentes estúpidos que piensan que es igual de fácil salirse que meterse en un lío. Todavía no sabía en qué jaleo se había metido el novio de aquella belleza, pero fuera cual fuese, no tenía perdón por lo que había hecho. Un tipo que se dedica a jugarse el pellejo y no se da cuenta del bombón que puede tener en sus manos se merece de sobra terminar hecho puré por obra y gracia de los cyborgs de la Guardia de Seguridad. Y estoy hablando en serio.

—Temo que esté metido en problemas —estaba diciendo la muchacha. Yo, como siempre, me asombré de la cantidad de cosas que se pueden pensar en un segundo. Pegué oído a sus palabras y traté de no mirar lo bien que movía la boca. No lo conseguí,claro. Era pedirme demasiado.

—¿Seguro que está metido en problemas? —pregunté yo. Deseaba de todo corazón que el lío fuera bien gordo, porque así tendría ocasión de conocer mejor a la muchacha—. ¿No habrá decidido abandonarte? ¿No tendrá otra chica por ahí?

Ella negó rotundamente con la cabeza. No pareció importarle que la tutease.

—No. Seguro que no. Sólo que... Sólo que él...

Me hizo un gesto con el índice señalando hacia arriba. Temía que hubiera micrófonos ocultos o cámaras de video-tape por alguna parte. Negué con la cabeza y la insté a que continuara hablando. Aunque no siempre nado en dinero, sí soy un investigador eficiente, con una licencia escrupulosamente puesta al día. Los malditos «seguris» nunca habían tenido oportunidad de recelar de mí. Si hubiera cometido alguna vez el más ligero desliz, ya estaría frito hace tiempo.

—Johann, mi novio. Es traficante.

—¿Quieres decir traficante de drogas? ¿Heroína?

Ella dijo que sí con la cabeza. Yo me llevé las manos a la mía y resoplé. Pipiolos de mierda metiéndose en líos. ¿No sabían que los «seguris» son únicos en su estilo detectando cualquier clase de porquería para envenenar a la gente? Cada «seguri» es por sí solo un auténtico laboratorio con piernas.

Basta una mota de opio en una habitación relativamente grande para que sus órganos sensores la detecten en menos de lo que se tarda en contarlo. La media era de treinta segundos. Y no son tipos que se anden con chiquitas a la hora de aplicar la Ley. Todo resulta asquerosamente sencillo: Pena de muerte para cualquier delito. Aplicación inmediata, bang. Solamente el homicidio tiene la oportunidad de un juicio imparcial, sin la ayuda tecnificada de la computadora.

—En realidad no sé por qué lo hace. De verdad —dijo ella, con la voz quebrada, casi a punto de llorar. Lo que me faltaba era hacer de pañuelo a una chiquilla nerviosa que iba a perder los nervios de un momento a otro. Una posterior mirada a las piernas de la chiquilla nerviosa hizo que no deseara otra cosa sino poder consolarla al viejo estilo Hollywood.

—No somos pobres —continuó—. Tenemos una renta bastante cuantiosa, soy químico, que nos permite incluso ahorrar unos miles de florines cada año. Pero Johann prefiere demostrar que un hombre puede ser más astuto que un cyborg y sus malditas computadoras. Por eso se metió en esto. El ni siquiera es adicto. Ni yo.

Yo tampoco había probado nada en mi vida. Y eso que la droga es legal en todo Amsterdam. La droga comprada al Estado, naturalmente, a un precio bastante elevado. La otra, la que vendían los traficantes, era ilegal, pero se vendía a más bajo precio (era más refinada: auguraba varios días de placer) y la demanda era mucha. Ni siquiera los cyborgs podían contener a todos los traficantes de Amsterdam. Se reproducían como ratas. Esto hacía que niños pijoteros como el tal Johann se metieran en el lío de su vida tratando de conseguir unos cuantos billetes extra y la emoción suficiente como para detener un tren en marcha. En cierto modo, lo comprendía. Yo hacía lo mismo en otro estilo. Si me dedicaba a esta locura del investigador a sueldo era más por jorobar a los«seguris» y su maldito tecnicismo que por ganar un dinero que en realidad casi no compensaba los riesgos de una profesión tan estúpida.

—Hace casi dos meses que está metido en esto. Y ahora no sabe cómo salir.

No pude por menos que felicitar al tal Johann por su habilidad. Diablos, dos meses es mucho tiempo funcionando. Los «seguris» habían desintegrado a traficantes con menos de dos semanas de carrera a las espaldas. Se presentaban de noche o de día, con los ojos metálicos analizándolo todo alrededor y disparando sus pistolas láser sin preguntar siquiera. Si la endiñaban espectadores inocentes, tanto peor para ellos, por supuesto. Dos meses es mucho tiempo.

—Alguien llevó el soplo a la Guardia de Seguridad hace dos días. Era drogadicto y había tenido problemas con su dosis o algo por el estilo. No lo sé.

Tendría que estar desesperado al intentar una locura así. Un desequilibrado mental, probablemente. El infeliz creería que los «seguris» irían a proporcionarle una nueva dosis y lo único que le hicieron, conociéndolos, fue descerrajarle un tiro entre los ojos. Puro estilo cyborg.

—Ni creo que sepas nunca qué ha sido de él —dije yo—. A esta hora, tu amigo el delator no abultará más que un montón de excrementos. Dios mío, los «seguris» debieron sentenciarlo en el justo momento en que se convencieron de que hablaba en serio y de que no tenía nada más que decir.

Ella afirmó con la cabeza. Estaba muy seria, pero supe que ya no iba a desmoronarse.

—Escúchame, muchacha... ¿Cómo dijiste que era tu nombre?

Me miró casi sorprendida. No esperaba que yo no recordara cómo se llamaba. Al respecto yo le hubiera aconsejado que en adelante esperara a que la vieran bien de arriba a abajo y que luego hiciera las presentaciones.

—Carolina. Carolina Strautman.

—Escúchame, Carolina. A esta hora los «seguris» habrán encontrado al gilipuertas de tu novio y lo habrán reducido a polvo y cenizas. No merece la pena preocuparse por él; preocúpate por ti. Si no estás limpia, los tendrás tras tus pasos en un santiamén.

—Estoy limpia. Johann siempre procuró dejarme al margen. Ni siquiera sé cómo operaba.

—Bien.

—Pero todavía puede que haya una esperanza de sacarlo de este lío. Los «seguris» ajusticiaron ayer al socio de Johann. Ya sabe. Le dispararon antes de que tuviera tiempo de escapar.

Como hacían siempre. Yo había visto muchas, muchísimas veces a los cyborgs en acción, pero no me había acostumbrado todavía a verles desenfundar sus pistolas láser. Disparaban una sola vez, sin fallar nunca. Estaban programados para hacer blanco en un cien por cien de los casos. A veces, cuando eran dos los fugitivos, se limitaban a colocar el rayo bifocal y a dejarlos tiesos a los dos a la vez. Una raya roja surcaba el aire, se dividía en dos y alcanzaba a los pobres diablos en el mismo momento. La primera vez que vi el rayo bifocal en acción tuve pesadillas durante una semana. La terapia para ibrarme de ellas fue ver otra vez en acción a los «seguris». La cotidianidad del miedo, creo que lo llamó mi psiquiatra.

La chica rebuscó en su bolso y siguió hablando.

—El soplón sólo conocía al socio de Johann, no a él. Los «seguris» no tienen ninguna pista de la participación de Johann en el negocio. Puede que no lo encuentren nunca. No hay relación entre Johann y el tráfico de drogas.

Me eché a reír. Ella me miró muy sorprendida, casi molesta. Yo paré la risa y la miré seriamente. Era endiabladamente hermosa. Tanto, que sentí remordimientos de decirle que no daba ya un chelín por la vida de su muy amado Johann. Los sistemas de deducción de los «seguris» no tenían ni un solo margen de error; tarde o temprano, Johann sería descubierto y volatilizado por un láser. La experiencia me había enseñado que esto sería pronto. Muy muy pronto.

—¿Y qué pinto yo en todo esto? —pregunté por fin, sin atreverme a decirle que era una carrera inútil la que íbamos a emprender, que ya todo estaba sentenciado.

—Busco su ayuda.

—Y yo te la ofrecería de buen grado. El único problema es que no sé cómo hacerlo. No soy Flash Cordón: No puedo enfrentarme yo solo a un ejército de «seguris».

Ella sonrió. Sacó del bolso un paquete recién abierto de Pall Mall y me ofreció un cigarro. Denegué el ofrecimiento con otra sonrisa.

—¿No fuma? —preguntó incrédula.

—El tabaco es una droga que mata lentamente —sentencié mirándole las rodillas. Ella encendió el cigarro inclinando la cabeza (tenía unas pestañas larguísimas), y se cubrió la cara de humo.

—Tampoco tengo mucha prisa en morirme.

Dio dos o tres chupadas al cigarrillo mientras ponía en orden sus pensamientos. Ahora parecía una mujer cerebral. Una modelo profesional de las de antes, con sus gestos cuidados y elegantes, y no la niña nerviosa del principio. A decir verdad, no parecía nerviosa en absoluto.

—Señor Steel, quiero que me ayude a sacar a Johann de la ciudad. Quiero que nos lleve a Rotterdam, donde viven sus padres. Podemos decir que le hemos contratado para que los encuentre, que no sabemos nada de ellos desde hace meses, lo cual es cierto. Así podremos salir de aquí.

Sonreí. Los «seguris» nunca se han caracterizado por su estupidez, y pocos han sido los que han logrado salir de la ciudad sin el salvoconducto en regla. Por lo demás, ¿quién quiere salir de Amsterdam? Toda Holanda es igual, dividida en núcleos ciudadanos dominados por Madre y con cyborgs repartidos por todas partes. No merece la pena molestarse en escapar. No, sabiendo que en todos los lugares va a pasar lo mismo. Miré a Carolina al fondo de los ojos azules. Era perfecta.

—Puedo pagarle —insistió ella—. ¿Veinte mil?

Diablos, veinte mil era mucho dinero, yo diría que incluso demasiado dinero para un trabajo de esta envergadura, que no requería pesquisas en profundidad ni excesos físicos. Veinte mil florines nuevos sólo por sacar al tal Johann y a ella de la ciudad y volver. Mucho dinero para un caso que ya estaba perdido de antemano. Con una cliente así yo estaba dispuesto a trabajar gratis, pero no se lo dije. No me importaría arriesgar la vida si al final de la historia, como en las películas de ciencia ficción, ella me recompensase con un beso. Sonreí otra vez. Carolina me caía realmente simpática.

—Te cobraré el precio normal. No soy Don Quijote pero te cobraré el precio normal, ¿de acuerdo?

Ella se puso tan contenta que creí que se iba a echar en mis brazos, pero no lo hizo. Apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal de la mesa y me miró con aspecto feliz. Los ojos le desprendían chispitas de color azul pálido.

—Bien, podemos empezar ahora mismo —dije yo poniéndome en pie—. ¿Sabes dónde está Johann?

Ella se puso de pie también; era más baja que yo, y tenía una figura deliciosa. Se colocó el bolso en el hombro y me miró con gesto de agradecimiento.

—Ajá. Está escondido en un apartamento alquilado cerca de la antigua desembocadura del Ij, ¿sabe dónde es?

Me coloqué la chaqueta.

—Sí. ¿Lleva mucho tiempo escondido?

—Dos días. ¿Por qué? ¿Sucede algo?

La miré tratando de no darle importancia al asunto. Por nada, le dije, pero estaba realmente preocupado. Dos días escondido significaban dos días sin acudir a su trabajo, fuera cual fuese. A la hora de sumar dos y dos, los «seguris» daban mucha importancia a este tipo de pistas. Recogí la pistola del primer cajón del escritorio y la sopesé en mi mano. Era una Luger automática modificada para isparar balas explosivas. Muy grande y muy incómoda, pero también muy precisa. Con ella uno casi se sentía a salvo de los «seguris». Sólo casi. Comprobé el cargador y por el rabillo del ojo pude ver que ella me estaba observando.

—¿Para qué la pistola? —preguntó con una voz asombrada, como si la pistola fuera un objeto de culto.

—Siempre la llevo encima. No es que me guste, pero la ley obliga a todos los Investigadores a sueldo a llevarlas. ¿Has visto alguna vez a un «seguri» sin su pistola láser? —Ella se echó a reír—. Pues lo mismo ocurre con nosotros. Para las inspecciones de rutina se fijan más en nuestras armas que en nuestros documentos. De verdad.

La siguiente pregunta era inevitable.

—¿Ha disparado alguna vez con eso?

Y entonces tuve que explicarle que no llevaba el arma por deporte, sino por obligación. Y que yo no tenía espíritu de «seguri» y que no andaba liándome a tiros con la gente. Que nunca me habían contratado para matar a nadie, y que el que intentara hacerlo terminaría convirtiéndose en mi primera víctima, porque para asustar y matar ya se encargaba bastante eficientemente nuestra gloriosa Guardia de Seguridad. Que esperaba no tener que disparar nunca sobre nadie, y que lo que más me gustaría hacer en el mundo es volarle la cabeza a un «seguri» de un disparo, pero que como no tengo alma de loco, ni de suicida, no lo hacía, porque le tengo mucho apego a la vida. Ella se quedó conforme, con los ojos abiertos de admiración, no sé si hacia mí o hacia el arma. Parecía realmente impresionada.

Me adelanté, muy caballerosamente, y abrí la puerta, cediendo el paso. Ya en el ascensor, me atreví con la pregunta.

—¿Qué edad tienes, Carolina?

Ella se puso roja como un indio (si es que queda ya alguno), y bajando los ojos ontestó:

—Veintitrés años.

La miré incrédulo. Traté de no parecer demasiado suspicaz.

—¿Seguro?

Ella titubeó.

—Bueno... veintiuno.

Era la primera vez que veía a una mujer sumarse años y no quitárselos. Bien, bien, al menos me quedaba el consuelo de no poder decir aquello de «podría ser tu padre», porque no le llevaba más que nueve años.

agosto 19, 2008 23:45

Historias de cronopaisajes y de fomas — Arias, Salvador

T. H. WHITE (1977) – El libro de Merlín

Hace un buen rato leí Los idilios del rey (o Camelot) de T. H. White, una tetralogía sobre el rey Arturo. De forma póstuma, se publico El libro de Merlín, que completaba la serie. Por algún motivo, White abandono el proyecto e incorporo algunos elementos a la edición definitiva de La espada en la piedra, y la versión es más un preliminar, que White nunca reviso.

El libro de Merlín comienza justo donde termino Los idilios... cuando Arturo se encuentra en su tienda, a la víspera de su batalla final con Mordred. Entonces, ante el aparece Merlín, y juntos se van a un pintoresco consejo conformado por los animales que Arturo conoció cuando era joven. En ese consejo los diversos animales y Merlín han discutido sobre la naturaleza humana. Pero antes de terminar la discusión Merlín convierte de nueva a Arturo en animal, primero en hormiga y luego en ganso. Estas transformaciones fueron después incluidas en La espada en la piedra, aunque la historia de los gansos fue bastante modificada en los detalles--esta versión es mucho más melancólica--. Regresando a su forma Arturo y el consejo discuten nuevamente sobre la naturaleza humana. Finalmente Arturo regresa a su tienda, y en la víspera de la batalla trata de hacer las paces con Mordred.

De cierta forma, muchos elementos ya se incorporaron a Los idilios... por lo que uno no gana mucho en la profundidad de la historia, mientras en Los idilios... parece que Arturo llega a las mismas conclusiones que el consejo de animales--cosa que es bien directa con la forma como termina Los idilios...--lo que tenemos es más detalles de lo que acontece de forma posterior, de la batalla final entre Arturo y Mordred y la suerte de Lancelot, Ginebra y los últimos caballeros de la Tabla Redonda. Una interesante, aunque menor, adición a Los idilios... en ese aspecto.

A pesar de todo siempre nos sentimos fuertemente con esa sensación que estamos frente a un borrador. Es una verdadera lastima que nunca se completo!

by Salva (noreply@blogger.com) at agosto 19, 2008 18:54

Noticias ciencia-ficción — Noticias Ciencia Ficción

"Exile and Glory" de Jerry Pournelle


Se ha publicado en el mercado anglosajón Exile - and Glory de Jerry Pournelle, que contiene dos novelas completas, ambientadas en el mismo universo, tituladas High Justice y Exile to Glory.

En estas obras, la Tierra, en un futuro cercano, sufre una grave ausencia de recursos, por culpa de gobiernos corruptos, que se perpetuan en el poder, manteniendo al pueblo en la ignorancia y la pobreza, y por estructuras de poder que impiden la tecnología creativa, capaz de resolver los problemas del planeta. Pero dichos gobiernos y estructuras de poder todavía no pueden controlar el espacio, donde audaces nuevas técnicas pueden ser utilizadas, y en el que unos pocos individuos - ex-políticos, empresarios progresistas y personas huidas de la justicia terrestre - luchan por alcanzar nuevos destinos, fuera del sistema solar.

by Noticias Ciencia Ficción (noreply@blogger.com) at agosto 19, 2008 18:53

POR SI ACASO: PREVINIENDO DESASTRES — López Muñoz, Miguel A.

JUGUETES (micro relato improvisado)

Millones de rechazos aumentan periódicamente su resistencia a ser anulados por una imperiosa orden ministerial. Pero eso no es todo, pues también se suman a este caos una infinita crisis, una mañana brumosa, y el llanto desesperado de un niño que no encuentra su juguete favorito. Todo ello cuestiones de enorme repercusión social, pues nuestros gobernantes del mañana son los niños del hoy, y una mañana sin juguetes puede abocar, en un futuro inminente, a una crisis de rechazos.
Pero realmente, mientras las máquinas sigan realizando nuestro trabajo, tendremos tiempo para subsanar estos errores… tiempo, pero, ¿tendremos voluntad para semejante esfuerzo; creeremos que valdrá la pena, o preferiremos una vida de ocio y molicie, a expensas del bienestar futuro?

Porque ninguna paloma con una rama de olivo en su pico vendrá a anunciarnos el fin de nuestras desdichas: ¡porque no creemos ser desdichados, realmente! Como no conocemos otro estilo de vida, el nuestro nos parece el idóneo… ¿para qué? Visitantes de más allá de nuestra experiencia conocida nos harán replantearnos muchas cosas, cosas para las que ahora no tenemos parámetros definidos con que poder valorarlas.
Aún así, todo es fantasía y aleatoriedad en nuestro pequeño mundo creado por nuestros cerebros unidos conformando la Unimente...
Y por eso vivimos en paz y armonía, sin preocuparnos por los juguetes, las brumas ni los rechazos. Viviendo con la ayuda de nuestras máquinas, que cuidan de nuestros cerebros, mientras éstos descansan en meditación más allá de la realidad reconocida por el resto de seres del Universo conocido.

by JAVIER (noreply@blogger.com) at agosto 19, 2008 18:49

Noticias ciencia-ficción — Noticias Ciencia Ficción

Posible serie de televisión basada en "El Mundo del Río"


Chris Lotto de Ralph Vicinanza Agency ha anunciado que ha vendido a Hallmark Productions los derechos, para una posible adaptación televisiva, de la famosa serie de Mundo del Río de Philip José Farmer.

(Fuente: SF Scope)

by Noticias Ciencia Ficción (noreply@blogger.com) at agosto 19, 2008 18:41

Aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta — Costantini, Francisco

A los escritores de Químicamente impuro


Carta desesperada a los demás colaboradores del blog. Hacer clic aquí para leerla.

by Francisco Costantini (noreply@blogger.com) at agosto 19, 2008 15:16

La Sombra de Grumm — Mateo, David

Tres años de Sombra de Grumm.

Con el texto de antes de ayer, rebasamos los tres años de blog. En ocasiones menos activo, actualmente en plena efervescencia, incluso durante el mes de agosto. A veces me sorprendo yo mismo de que haya gente al otro lado que me aguante con fidelidad, cuando en la mayoría de las entradas no me aguanto ni yo mismo. Sois unos santos, de verdad.

Lo bueno de cumplir años en agosto, es que es una fecha discreta. No me gusta introducir pensamientos muy personales en el blog, aunque a veces es inevitable porque el instinto o las sensaciones que a uno le embargan pesan demasiado. Debo confesar que soy tímido. No me gusta escribir sobre mí mismo, ni sobre los sentimientos que pasan por mi cabeza. Si tuviera que escribir libros sobre David Mateo, simplemente no escribiría. Además, siendo sinceros, tampoco habría mucho que contar. Aún así, me desagrada desnudarme ante el mundo (y decir esto ya me produce una parte de sonrojo que resulta bastante agobiante), pero el blog me ha permitido dar salida durante tres años a una serie de inquietudes, pensamientos y chorradas que de otra manera no los habría compartido con nadie.

Cuando me pongo a escribir un libro, veo a mis personajes en otra dimensión diferente. Hay escritores que intentan reflejarse en ellos, que vuelcan sus sentimientos en ellos. A mí, en cambio, simplemente me gusta dibujarlos, darles vida y soltarlos en la gran jungla del procesador de texto. En cierta forma te conviertes en un intérprete, ya que canalizas pensamientos y sentimientos a través de esos seres animados que germinan en los latifundios de la cabeza.

Intento dedicarle cada día una horita al blog, ni más, ni menos. Es la primera faena al levantarme. A veces vuelco pensamientos del día anterior, otras veces extrapolo temas que he leído en algún foro. De vez en cuando las entradas surgen impulsivas, sin pensarlas demasiado. En ocasiones, me planto delante de la pantalla, miro la hoja en blanco y me digo: ¡¡Dios mío, y ahora qué cuento!! Lo lógico es que esos días le meta caña a Quesada, os cuente la batallita con la distribuidora de turno o cargue las tintas contra el sistema y la mafia editorial… son temas recurrentes en mi blog, una serie de clichés que se repiten y se seguirán repitiendo en los días de vacío.

Lo cierto es que trato de mimar el blog. Para mí es una entidad viviente que lo sostenéis únicamente vosotros. Al igual que mis libros, lo hago para mí, para disfrutar yo. En eso soy un poco egoísta. Pero también pienso que si yo disfruto escribiéndolo, otros disfrutarán leyéndolo. Hace tiempo aprendí que traicionarse a sí mismo y escribir algo que difiere de tu pensamiento inicial puede conllevar un resultado negativo que deje insatisfecho a los demás y, por